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Vecinos, turistas y demás transeúntes todavía los miran con algo de extrañeza. Apostados en glorietas y en las aceras más anchas de la capital, algunos de los habituales quioscos de prensa lucen una nueva cara. Vinilos, revistas especializadas, ilustraciones, brownies y cookies, café de especialidad y hasta bisutería, que se conjugan con los principales periódicos y revistas impresas, son los productos que potencian la reconversión de un negocio venido a menos en los últimos años. “Para que sea rentable esto hay que echarle muchas horas y trabajar con mucha mercancía”, adelanta el quiosquero Fausto Palmieri. Según los datos de los quioscos que integran la Asociación de Vendedores Profesionales de Prensa de Madrid (AVPPM), en enero de 2016 la capital contaba con 497 puntos de venta. En enero de este 2026, la cifra había descendido a 262. La diferencia es de 235.





Solo habían transcurrido seis meses de la muerte de Franco cuando llegó a los kioscos el primer Interviú, con una modelo enfundada en un vestido empapado, del que traslucían sus pezones. Era el 22 de mayo de 1976, menos de tres semanas después del lanzamiento de EL PAÍS. La revista ofrecía un cóctel, hasta entonces, inaudito en la prensa española: desnudos explícitos a modo de reclamo, con investigaciones e informaciones políticas sensibles en el interior. “Todavía no había Constitución, ni una libertad de expresión bien definida. Hubo secuestros de la revista, el primero en Navidad de ese año, con una portada donde aparecía una chica vestida en plan Marilyn con Papá Noel y el titular El dinero de los Franco”, recuerda Alberto Gayo, periodista de Interviú entre 1998 y 2018, el año de cierre.
El pasado nos ha llegado filtrado por los poderosos. Afortunadamente, muchos de sus estereotipos comienzan a caer. En la última década, uno de los arquetipos más revisados ha sido el de la bruja. Buena parte de quienes han desmontado el cliché de la bruja anciana fea y encorvada, son mujeres. Ahí están novelas como Canto yo y la montaña baila, de Irene Solà, o Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor. En ese mismo impulso de revisión se sitúa el trabajo de la fotógrafa Bego Antón (Bilbao, 1983), ganadora del Premio Revelación de PHotoEspaña en 2017. Formada en periodismo y con una trayectoria centrada en la fotografía documental, Antón se interesa por comunidades, creencias y estilos de vida fuera de la norma.
En el año 2026, la humanidad ha conseguido que la mayoría de los cánceres tengan cura, ha rodeado la Luna y la Inteligencia Artificial escribe mejor que la mayoría de los universitarios. Pero en las farmacias españolas los boticarios siguen recortando con un cúter el cupón precinto de los medicamentos financiados y pegándolos con celo en una hoja para mandarlos a la Administración y que se los reembolse.
La irrupción de la inteligencia artificial (IA) generativa ha puesto en guardia a los creadores de contenidos. Para que estos modelos funcionen, deben ingestar extensísimas bases de datos con todo tipo de documentos. A ese material se le aplican algoritmos que establecen patrones. Esa es la llamada fase de entrenamiento. Editores, traductores, ilustradores y actores de doblaje, entre otros, consideran injusto que empresas como OpenAI (desarrolladora de ChatGPT o DallE), Anthropic (Claude) o Microsoft (Copilot) estén lucrándose de sus creaciones sin haber pagado derechos de autor.
No más dioses, no más duendes, no más magia. El comienzo de la modernidad ilustrada implicó el desbancamiento de las ideas religiosas, las supersticiones o cualquier creencia sobrenatural: la razón, guiando al conocimiento científico, llevaría a la civilización al progreso. Max Weber llamó a este proceso desencantamiento del mundo. La máquina de vapor aplastaba a los profetas y a los trasgos.



La periodista e investigadora palestina Mariam Barghouti (Atlanta, 32 años) es una de las voces de referencia de la información sobre Cisjordania y la ocupación israelí, que cubre para medios como Al Jazeera, The Guardian o la BBC. Invitada por el CCCB y la UOC como residente de su programa internacional en Barcelona, donde permanecerá hasta julio participando en distintas actividades sobre la situación en Palestina, aceptó la propuesta para poder tomar distancia. “Dentro de la tormenta no tienes el privilegio de reflexionar. Te acabas fijando en episodios concretos de violencia, en lugar de analizar el sistema que los produce”, dice Barghouti. “Y además era en Barcelona, uno de los pocos lugares donde me siento segura siendo palestina”.

El padre de Olivia Pérez-Collellmir nació en una casa frente a la Sagrada Familia. “Aquellas vistas lo marcaron tanto que con el tiempo se hizo arquitecto”, cuenta la compositora catalana. “De pequeña me llevaba a hacer las rutas modernistas mientras me enseñaba a leer las piedras”. Por entonces, a los seis años, ya tocaba el piano. Más tarde, con el título del conservatorio y una licenciatura en Filosofía, se mudó a Massachusetts para estudiar en Berklee. Allí, a golpe de colaboraciones con orquestas, su nombre empezó a sonar en las salas de concierto. “En Boston encontré mi voz como compositora y la confianza para sacar toda esa creatividad que llevaba dentro”.
Vacunarse contra la nostalgia no es incompatible con echar la vista atrás y señalar aciertos; se pueden celebrar los logros del pasado sin santificarlo y señalar sus defectos sin demonizarlo. En esto pensaba mientras veía el pasado domingo el programa que dedicó Anatomía de... a Homo zapping.
Durante años, Attahiru Bala, un profesional de la salud en la zona rural de Bwen, en Nigeria, siguió una estricta rutina diaria para asegurarse de que sus linternas frontales y lámparas de pie permanecieran completamente cargadas para estar preparado ante emergencias nocturnas. En este pequeño pueblo de la región de Baruten, al norte del país africano, no hubo suministro de electricidad hasta hace tres años, cuando una compañía comenzó a instalar una microrred de energía solar. Un año antes de que se hiciera la luz en Bwen, Bala vivió una noche infernal. “Tuve una emergencia para atender un parto por la noche, pero olvidé que no había cargado mis lámparas”, narra.