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La semana antes del estreno, una amiga me remitió al estudio de una diseñadora de moda joven e independiente, Rachel Antonoff, para que allí me prestasen algo de ropa de cara a las diversas entrevistas que tenía por delante. Rachel era una persona encantadora del sur de Manhattan que hacía vestidos retro de marinera, vestidos de gala sin tirantes de lamé tornasolado y pantalones cortos estampados de satén con blusas plisadas a juego. Era justo el tipo de vestimenta que me llamaba, divertida, un poco cursi, pero firmemente femenina.
La Copa del Mundo estaba allí, a medio metro del micrófono de Antonio, pero él no se atrevió a tocarla. Fue durante la celebración del Mundial. “Me dio cosa”, confesó unos días después. ¿Por qué? “Yo creo que la gente hubiese pensado: ‘¿Pero estos quiénes son?”.
A veces resulta muy difícil no dejarse atrapar por las arenas movedizas del desconsuelo. El mundo parece cada día más áspero, más cruel, más desquiciado. Llueven sobre nosotros horrores inadmisibles que, sin embargo, se admiten de la manera más ciega y natural. Nadie detiene los genocidios, pero Tomoko Akane, la presidenta del Tribunal Penal Internacional, acaba de ser sancionada por Estados Unidos porque Trump considera que el TPI es “un organismo corrupto y politizado” que atenta contra la soberanía de su país. Akane no puede entrar en EE UU y su tarjeta de crédito ha sido cancelada de inmediato. Son las primeras consecuencias de la sanción, seguro que hay más. ¿Cuándo se convirtió la realidad en esta pesadilla inacabable? Tengo un natural alegre y empeñoso, soy voluntarista hasta el aburrimiento de quienes me rodean e insisto siempre en ver el vaso medio lleno. Por ejemplo, como estos artículos se cierran con 15 días de anticipación, lo que me impide entrar en la batalla diaria, y como aparecen en un suplemento dominical, se me ha metido en la cabeza la quizá absurda idea de que con ellos debería intentar levantar el vapuleado ánimo de la gente. Buscar esquinas más amables y empáticas, fomentar la generosidad y la reflexión (también las propias). Pero lo de estar pedaleando como loca para cargar la dínamo y poner un poco de luz en las tinieblas empieza a parecerme ridículo (y me falta el aliento).

Si a Arthur Mensch (París, 34 años) le pusieran un cigarrillo Gauloises en la boca y unas gafas oscuras, podría pasar por director de la nouvelle vague. Su cometido, liderar Mistral, la gran esperanza empresarial europea en inteligencia artificial, se parece a la eterna pelea del cine de autor, que con mucho menos presupuesto trata de plantar cara a la todopoderosa industria norteamericana. Solo que esta vez Hollywood se llama Silicon Valley.
El mueble debe, sobre todo, ser útil y cómodo. Y si en él hay poesía, mucho mejor”. Con esta premisa, Pierre Paulin (París, 1927-Montpellier, 2008) se convirtió en la figura más conocida del diseño de interiores francés, que casi 20 años después de su muerte sigue volviendo a él como icono del futurismo y, muy a pesar del propio Paulin, del arte pop. “¿Pop, yo? ¡Ridículo!”, decía el personaje, que no escondía su genio. El suyo es uno de esos rostros difuminados por la fama de algunas piezas singulares, como sus coloridas sillas con tejidos elásticos sobre una simple estructura tubular. Aquellas formas orgánicas revolucionaron la concepción de los asientos y pusieron la ergonomía en el centro, pero escondieron el bosque: la obra de un hombre que pensaba no solo en términos de objetos, sino de espacios y arquitectura.

“No sé si tengo que aguantarlo o no, si tengo que normalizarlo o no. No lo sé”. Anas Aouin (Tetuán, 20 años) llegó a España por Ceuta en 2021, siendo un adolescente, en la última entrada masiva desde Marruecos antes de la ocurrida este verano. Lo hizo persiguiendo un sueño que hoy es realidad: papeles, un trabajo —en un restaurante del puerto de Málaga, cuenta con orgullo—, una vida en España. Ha habido sobresaltos y fatigas en el camino. No solo tres años en un centro de menores. También el racismo de “una parte” de España. “Solo una parte”, recalca. Pero “más ahora” con “lo de Ceuta”. “Comentarios malos”, resume, en un castellano sencillo y confiado, con fuerte acento. En su día a día hace lo posible por quitarles hierro. Es lo que llama “normalizarlo”. Aunque sigue sin parecerle normal. No le parece normal observar cómo el lenguaje se recalienta cada vez más, sobre todo en las redes sociales, al abrigo del anonimato. “Leo cosas como ‘tenemos que echarlos de aquí’. ¡Pero si nosotros también levantamos el país!”, protesta.




“Yo soy muy del PP, pero represento a todos los ceutíes. No puedo echarle la culpa al ministro por hacer lo que yo le pedí”. Son declaraciones del presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas, a EL PAÍS en agosto de 2021, tras la crisis migratoria desatada en la ciudad con la llegada de 10.000 personas en apenas dos días, y mientras su partido pedía la dimisión del titular de Interior, Fernando Grande-Marlaska. Tras visitar a Pedro Sánchez en La Moncloa, declaró: “Gracias a la reacción del Gobierno de España, con el presidente al frente, se evitó el desastre”. Hoy ambas administraciones se acusan mutuamente de “cronificar” una crisis de una dimensión mucho mayor tras la entrada a finales del pasado julio de unos 80.000 inmigrantes, casi el equivalente a la población original ceutí. El Ejecutivo calcula que permanecen en la ciudad cerca de 10.000. Las razones detrás del enquistamiento del problema hablan de todo lo que ha cambiado en un lustro dentro y fuera de España. Ni el discurso del Gobierno, ni el del PP, ni el de la comunidad internacional es el mismo que en 2021. Expertos de distintas disciplinas explican a EL PAÍS cómo la evolución del contexto político nacional e internacional ha condicionado la relación entre las instituciones que han de aportar las soluciones.
La inteligencia artificial será uno de los protagonistas absolutos de la cumbre en la Casa Blanca el próximo jueves entre el estadounidense Donald Trump y el chino Xi Jinping, los líderes de los dos países más poderosos del mundo y más adelantados en esa tecnología. El debate está servido: ambos gobiernos consideran que los avances en esos modelos son fundamentales para su competitividad económica y militar. Las diferencias no son solo geopolíticas. También, de mentalidad. Sus poblaciones tienen percepciones muy distintas sobre los riesgos y las bondades de estos sistemas. Mientras en Estados Unidos, una mayoría de personas los ve con preocupación, en China los adoptan con entusiasmo.
Un mundo en llamas se dispone a reunirse la semana que viene para el tradicional debate general anual en una ONU en ruinas.