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A veces, en casa no siempre tenemos el tiempo y los productos necesarios para actividades tan básicas como recurrir al hielo cuando más lo necesitamos. Sabemos que las cubiteras son muy socorridas y que, en último término, se puede ir a comprar más hielo al supermercado cercano o la gasolinera más próxima. Sin embargo, cuanto todo lo anterior falla, resulta muy conveniente invertir de una sola vez en un pequeño electrodoméstico que nos salvará en los momentos donde las olas de calor aumenten las ganas de tomarnos el refresco o batido favorito “casi” congelado. Nos referimos a la compra de una máquina de hacer hielo doméstica. La que hemos fichado es top ventas en Amazon.





Johanna Mecke, una estudiante alemana de 25 años, decidió adelantar este año sus vacaciones en España para esquivar el calor del verano. “Vinimos la última semana de mayo y fue perfecto. Tuvimos playa y temperaturas veraniegas, pero no superamos los 30 grados”, relata en una llamada telefónica. Viaja con frecuencia al país desde que cursó un semestre en Granada, pero esta vez preparó el viaje con más cuidado que otros años. Comparó precios, buscó ofertas, y al final optó por alojarse en un Airbnb en vez de un hotel y alquilar un coche híbrido para contener el presupuesto. “Si viajar fuera más barato, lo haríamos por más tiempo”, resume. Su experiencia refleja algunos de los cambios que empiezan a apreciarse entre los visitantes europeos y ayuda a explicar por qué dos de los principales mercados turísticos nacionales, Alemania y Francia, pierden impulso este año.




Adela Hervás, de 63 años, lleva desde 1985 pagando religiosamente un alquiler por su piso de Cornellà de Llobregat (Barcelona). El alquiler, de 228 euros al mes, le ha permitido poder sacar adelante a sus dos hijos ella sola. Pero también invertir en ir mejorando la vivienda sin pedir nada a ninguno de sus cinco caseros. Ella ha puesto de su bolsillo el dinero para renovar la instalación eléctrica, poner una puerta blindada o encargar unas persianas nuevas. Jamás había tenido ningún problema. Hasta hace cinco años, cuando Adela y otros vecinos vieron cómo el dueño, una filial de un gran fondo internacional, los llevaba a juicio por unos impagos de la comunidad que, según explican, nunca se produjeron. Era solo el principio de lo que definen como una “presión continua” para dejar sus casas. Por lo pronto, ha llegado una demanda de desahucio. Ahora ella y otros tres vecinos, que llevan desde principios de los ochenta en el inmueble, han decidido contraatacar y denunciar a su casero por acoso.
Tiendas cerradas y grandes calles comerciales casi desiertas. La imagen sorprende a los turistas que visitan ciudades como Berlín o Múnich. La vida comercial se pausa por un día, el domingo. Una jornada destinada al descanso en la que tampoco se puede hacer ruido. Ahora, una reforma del Gobierno alemán que abre la puerta a una mayor flexibilidad para abrir en domingo reaviva el debate sobre una tradición centenaria que cada vez cuenta con menos apoyo y sobre la que numerosas voces señalan que fomenta una competencia desleal, ya que por internet sí se puede comprar el domingo.

Pascal Soriot (París, Francia, 67 años) aprendió en el barrio y en el barro a pelear por los suyos. Las trifulcas eran habituales en la banlieue de París en la que creció, y hasta los 16 años se remangó en una buena parte de ellas. Lo ha contado una y otra vez en entrevistas. No es algo de lo que esté orgulloso, pero dice que a veces hay que defenderse y defender al grupo, una lección de la que ha echado mano al menos una vez en los 14 años que lleva al frente de AstraZeneca. Esta semana, un derechazo publicado en el Financial Times lo ha devuelto a los titulares. La farmacéutica británica, la segunda empresa con mayor valoración en Bolsa de Reino Unido, y la estadounidense Bristol Myers Squibb, según el medio, llevaban meses negociando una posible fusión.
10 de julio. Un matrimonio extranjero que pretende instalarse en Ibiza se desplaza en coche por un camino rural al norte de la isla. Están buscando colegio para su hijo y ese día se dirigen a visitar uno. Él es James, Fergie, Chambers, que heredó una fortuna de una de las familias más ricas de EE UU, los propietarios del grupo Cox (centrado en las telecomunicaciones), que factura 20.000 millones de dólares al año. Tiene 41 años, es activista propalestino y se ha definido a sí mismo como marxista-leninista y revolucionario. Ella es Stella Schnabel, actriz, productora e hija del cineasta que dirigió, entre otras, Antes que anochezca, la película que le valió a Javier Bardem una nominación al Oscar en 2001. “De repente”, relata Stella Schnabel a EL PAÍS en un hotel de Madrid, “aparecieron cinco coches: tres delante y dos detrás. No tenían distintivos policiales. Se bajaron tres mujeres y tres hombres. Dijeron que eran agentes de la Policía Nacional y que tenían que detener a Fergie por una acusación de lavado de dinero. Se lo llevaron inmediatamente. Yo me quedé totalmente en shock, aunque con el clima político que hay en Estados Unidos aquello era algo que siempre estaba en mi cabeza”.

El exilio es uno de los nombres del viaje. Más de 70.000 personas emprendieron ese incierto viaje en los últimos días de julio y se jugaron la vida en Ceuta para intentar alcanzar el precario estatus de emigrantes en Europa. La población de ese enclave español en el Norte de África se duplicó por unas horas y encendió todas las alarmas. Esa inédita y multitudinaria Marcha Azul, en busca del Mediterráneo y de la bandera europea, sorprendió a las autoridades marroquíes, a las españolas y a las de la UE. Fue una crisis letal: al menos 142 migrantes fallecieron en el intento. Y efímera: unos 2.000, si hay que fiarse de las cifras del Ministerio del Interior, siguen en Ceuta; 70.000 se han marchado ya de vuelta por el hambre, por la constatación de que saltar al Viejo Continente era imposible, quién sabe si por algo más. El grueso de ese episodio estaría solucionado, dicen los cronistas de Madrid. Pero una buena crisis es como el gato de Schrödinger; nunca se sabe si está vivo o muerto. La frontera ceutí, atestada de policías y militares, desmiente cualquier aspiración de vuelta a la normalidad. Y las calles de Ceuta cuentan otra historia: un enjambre de jóvenes, al menos unos 5.000, sigue ahí desafiando las estadísticas oficiales, además de unos cientos de subsaharianos. Han pasado hambre. Duermen en los parques, en las playas, en algunas naves industriales precariamente habilitadas, con ese aire de campamento militar, casi de campo de concentración.

Cuando salió de la recepción de la Fiesta del Trono en la residencia real de M’diq (Rincón del Medik, en la era del Protectorado español) sintió que su país se estaba vaciando. Miles de jóvenes caminaban en la oscuridad en la noche del 30 de julio desde la cercana Tetuán en dirección a la frontera de Ceuta, apenas 30 kilómetros al norte. Tahar Ben Jelloun (Fez, 81 años), el escritor marroquí más reconocido, piensa que el Mediterráneo ya no es el mar calmado —el mar blanco, como se lo denomina en árabe—, sino un mar teñido por la sangre de la inmigración clandestina.