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Desde hace unos meses, el Govern va dejando caer la idea de que es necesario reformar el sistema de escuela inclusiva, que propugna la escolarización de alumnos con trastornos y discapacidades en centros ordinarios y no de educación especial. Es un debate incómodo, pero se ve obligado a abrirlo ante los graves fallos del modelo: el número de alumnos con necesidades no para de crecer, pero los recursos no aumentan al mismo ritmo. La consecuencia es que,en muchos casos, esos alumnos no están bien atendidos y los maestros se sienten desbordados y exhaustos; la escuela inclusiva ha sido, de hecho, el principal detonante del conflicto educativo que arde con fuerza desde el curso pasado en Cataluña.

Durante muchos años, Catalunya en miniatura ha sido una vía fácil para descubrir el patrimonio arquitectónico catalán, con su recorrido de maquetas que muestran también la geografía y la cultura del país. En 1983, cuando este parque se inauguró, debió ser un proyecto fascinante, pero hoy en día la experiencia se queda solo en la superficie si se compara con las posibilidades de la realidad virtual. Esta tecnología ha redoblado las posibilidades de conocer y comprender el patrimonio y la Generalitat de Catalunya ha puesto en marcha un ambicioso proyecto para ofrecer una nueva forma de ver y vivir los monumentos bajo el nombre de Els ulls de la història, una mirada inmersiva que permite completar la experiencia de las visitas, aprendiendo cómo se vivía y cómo eran en el pasado monumentos históricos.

La celebración del 11 de Setembre ha precisado históricamente de ideas fuerza para ser un éxito en las calles. El antifascismo y la Guerra Civil obraron el milagro de que en 1937 y 1938 incluso la CNT-FAI desfilara con toda la izquierda ante el monumento a Rafael Casanova. Un año más tarde se zanjó el debate sobre si Casanova era un “traidor al servicio de una monarquía extranjera” o un valiente patriota: la escultura fue retirada por orden de Miguel Mateu Pla, primer alcalde franquista de Barcelona. Sin embargo, la dictadura no pudo evitar desde los años sesenta tímidas concentraciones alrededor del espacio vacío.
Una de las cosas más desconcertantes de The Last Resort, la serie con la que Martin Parr (Epsom, Reino Unido, 1952-Bristol, Reino Unido, 2025) retrató las vacaciones de la clase trabajadora británica, es que apenas provocó protestas cuando hace 40 años se mostró por primera vez en Liverpool, muy cerca del lugar donde había tomado sus fotografías. La polémica llegó después, cuando las fotos viajaron hasta la muy refinada Serpentine Gallery de Londres, para enfrentarse a un público de críticos y aficionados al arte que vio allí una representación grotesca y humillante de esas clases obreras; algo que al parecer a sus propios protagonistas se les había escapado. El debate quedaba abierto, y sigue estándolo: ¿estaba Parr mostrando crueldad y falta de empatía hacia los menos desfavorecidos, convirtiéndolos en objeto de una mirada deshumanizada o, más bien al contrario, había decidido mostrar desde una perspectiva crítica las devastadoras consecuencias de las políticas de Margaret Thatcher?

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He de confesar que cuando mi jefa me propuso hacer un tema sobre máscaras tubulares, mi primera reacción no tardó en llegar:




