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En el apartamento del Upper West Side para el que acaba de cerrar una operación, el agente inmobiliario Avi Levi-Braha se sincera con su cliente. “En los 11 años que llevo trabajando en Nueva York, jamás había visto algo así. Conozco muchos grandes propietarios que se quieren ir de aquí. Entiendo que este alcalde tiene buenas intenciones, pero sus políticas van a acabar haciendo daño a todos”, confiesa en voz baja, como si alguien, además de su interlocutor, le estuviera escuchando.

Los datos para observar la nueva ola de acumulación de riqueza en pocas manos tras la pandemia son múltiples y procedentes de muy diversas fuentes. Uno puede mirar los números que Oxfam publicó con motivo del último Foro de Davos: la fortuna conjunta de los milmillonarios se ha disparado un 81% desde 2020. También están los clásicos cálculos de Forbes: este 2026 han concluido que los millonarios “dominan el mundo actual como jamás lo han hecho” y superan los 20 billones de dólares en patrimonio. Y tenemos el informe de diciembre del World Inequality Lab, pilotado por autoridades en la materia como Thomas Piketty, según el cual la brecha se agranda y el 10% de la población concentra ya el 75% del capital.

Cuando vio en Facebook la noticia por primera vez, pensó que debía tratarse de uno de esos bulos que corren por las redes sociales. Era demasiado inverosímil, un disparate. Pero poco después el director del colegio donde trabaja reenvió al grupo de profesores un mensaje que empezaba con el clásico tono de parte de guerra: Información del Gobierno Revolucionario. Entonces no dudó. La información era real. El director de la CIA se acababa de reunir en La Habana con los altos mandos del aparato de seguridad e inteligencia cubano.


A sus 94 años, retirado formalmente de los cargos públicos pero manteniendo el control del buró político, el último gran símbolo del castrismo, el expresidente de Cuba Raúl Castro, ve cómo el cerco estadounidense comienza a apuntar directamente hacia él. El implacable militar cubano será acusado por el Departamento de Justicia de Estados Unidos el próximo miércoles, en una medida que, junto a la asfixia energética impuesta, muestra el nivel de presión que Washington ejerce contra el régimen para forzar un cambio de timón en un país sumido en una profunda crisis económica y social.
Proa acaba de reeditar, junts, els dos volums de Camins de França, que és la millor novel·la del millor novel·lista català de la primera meitat del segle XX. Això és opinió personal, esclar, però goso posar-la al frontispici d’aquestes ratlles reivindicatives perquè sé que no estic sol. Incomptable gent de gust i cultura ho ha pensat, o inclús ho ha dit, en graus d’entusiasme diversos, sempre amb un deix de desconfiança. Joan Fuster, que es mirava la literatura catalana —principatina— des de dins i des de fora al mateix temps, ho va deixar escrit i tot. Per donar un altre principi d’autoritat, una mica més pop i bastant més esnob, podem recórrer a Gabriel Ferrater, que classificava l’escriptor entre els “novel·listes socialistes i anarquistes” i en deia: “L’únic d’ells que tenia talent és Joan Puig i Ferreter: desgraciadament la seva incultura era tan fabulosa, que gairebé no permet que el talent es manifesti. Una incultura del més baix nivell, el de les faltes de gramàtica per exemple. Puig és gairebé l’única possibilitat de gran novel·lista que ha apuntat fins ara el país i, encara que es frustrés, no és possible oblidar-la”.


El álbum del Mundial de Fútbol de Panini para este verano salió a la venta a finales de abril. Este año es más grande; tiene más páginas y más equipos. También es más caro. Ninguna de estas cosas impide que cientos de personas se reúnan un domingo de mayo en la plaza del Campillo del Mundo Nuevo de Madrid, día de Rastro, para intercambiar cromos.

La imagen es impactante. El director de la CIA —con toda su historia a cuestas de injerencia en Cuba y América Latina—, John Ratcliffe, en la misma mesa que su homólogo cubano, Ramón Romero Curbelo; el ministro del Interior de Cuba, Lázaro Casas, y el nieto de Raúl Castro, Raúl Rodríguez Castro. En La Habana. Departiendo civilizadamente y en el mismo día en el que, entre protestas populares y apagones generalizados, el régimen lanzaba un SOS: se habían agotado las últimas reservas de combustible que quedaban en toda la isla.
A simple vista, los sillones en los que se sentaban los dos hombres más poderosos del mundo para compartir un té en los pabellones de Zhonghnanhai, la inaccesible residencia de los dirigentes chinos, parecían idénticos. Pero no: en su butaca el anfitrión, Xi Jinping —de menor estatura—, se veía sobre su cojín varios centímetros más alto que su invitado, Donald Trump. En el último acto público de ambos antes de concluir una cumbre que ha copado la atención del mundo, el presidente chino miraba al estadounidense desde arriba; el republicano parecía hundido en su asiento.
Hay una zona en el cementerio de Jaravan, al sur de Teherán, a la que los iraníes llaman Lanatavad: el lugar de los condenados. Allí yacen en fosas comunes algunos de los miles de opositores encarcelados que fueron ejecutados en 1988 por la entonces joven República Islámica de Irán. Los jueves por la noche, cuando los iraníes llevan flores y fruta al cementerio en memoria de los difuntos, esos muertos siguen solos. Sus familias tienen prohibido acercarse a sus tumbas, pero las madres de esos proscritos a veces osan rezar junto a la tapia del cementerio, lejos de las tumbas sin nombre.

El condado de Havering es engañoso. Desde un punto de vista administrativo pertenece a lo que se denomina Greater London (el área metropolitana de Londres) desde 1965. Pero geográfica e históricamente forma parte de Essex, la región de la que se burla la mitad del Reino Unido por su elevado volumen exportador de hombres y mujeres para realities televisivos como La Isla de las Tentaciones (Love Island). Essex es también, en el imaginario popular, el prototipo de turista británico que recala en las costas de España.
