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¿Te crees muy lista? Fui una niña parlanchina, preguntona y respondona, reñida con el argumento de autoridad. Por eso, supongo, me acusaron tantas veces de sabelotodo. Tal vez lo fuera, pero con el paso de los años he descubierto que esa vanidad abunda por doquier. Según repetidas encuestas, prácticamente todos nos consideramos más atractivos, inteligentes, simpáticos y honrados que la mediana poblacional, lo que es estadísticamente imposible. Nadie se identifica con el individuo promedio, mucho menos por debajo. Con elegancia irónica y socarrona, estos resultados prueban que, por defecto, tendemos a sobreestimarnos. No somos árbitros fiables de los méritos propios.

Cuando Ursula von der Leyen ofreció en Estrasburgo convertir a Canadá en el primer “miembro asociado” de la historia europea —una asociación reforzada, no una membresía de pleno derecho—, dio por sabido algo que rara vez decimos en voz alta: que Europa dejó de ser un lugar en el mapa para ser una manera de entender la convivencia, y que se es europeo no por nacer dentro de una frontera, sino por suscribir lo que Europa asegura defender, la democracia y el Estado de derecho, ese orden liberal que se resiste a morir. Es la versión más halagadora que solemos contarnos de nosotros mismos, la de una comunidad que no encierra, sino que acoge. Y sin embargo, minutos después, en el mismo discurso, la geografía que acababa de declararse irrelevante se volvió inevitable. Bastó con que el asunto pasara a ser la frontera sur. Von der Leyen proclamó que todas las fronteras exteriores son fronteras europeas y anunció un mecanismo de emergencia pensado para llegadas como la de Ceuta. El mapa regresaba al centro, no como aquello que se comparte para pertenecer, sino como una línea trazada para que otros no lleguen. La frontera no como criterio de pertenencia, sino como línea de defensa. Ahí está la paradoja. Alguien que ha llegado a Ceuta está, físicamente, dentro de Europa, pero lo que se encuentra no es una pregunta sobre sus derechos, sino una maquinaria que lo administra para expulsarlo. Para Marruecos solo es un arma arrojadiza, munición de un ataque híbrido; para quienes gritan “¡Que los devuelvan!”, una invasión; para quien gestiona la frontera, una cifra en una hoja de cálculo. Tres miradas distintas, pero en ninguna de ellas se habla de personas, solo de cuerpos que pueden convertirse en arma, en invasión, en cifras que se añaden o se tachan.
“Nostalgia”, dice el tango, “de escuchar su risa loca y sentir junto a mi boca como un fuego su respiración”. Me viene a la memoria otra letra: “Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida y entonces comprende como están de ausentes las cosas queridas”, palabras que en boca de Mercedes Sosa sonaban a verdad y, ahora, en la voz aniñada de Amaia duelen como un anticipo del futuro. “Solo de lo negado canta el hombre, solo de lo perdido, solo de la añoranza, siempre de lo mismo”, decían los versos de García Calvo en boca de Amancio Prada. Una piensa que si borráramos de las canciones la mirada añorante del pasado nos quedaríamos prácticamente sin cancionero. Experimenté mis primeros chispazos nostálgicos siendo muy niña por los boleros que cantaba mi madre mientras trajinaba en casa. Su voz pequeña y suave vuelve a mí cuando los canto, aunque mi voz es el de una señora casi veinte años mayor que ella cuando murió. También la música pop, en continua celebración del presente, ha dejado baladas memorables que entonan lo que habrá de perderse. No digamos el folk, más cercano a la tierra y a los paraísos perdidos. Al recordar Serrat sus veranos en Aragón ponía palabras a mis recuerdos: “No es que me vaya porque me he olvidado / es que perdí el camino de regreso”, cantaba a su madre.
Los hutíes son unos milicianos despiadados, que reclutan a niños y atacan a civiles en un país, Yemen, que es uno de los más pobres del mundo, afirma la ONU. Decir que los yemeníes pasan necesidad es un eufemismo; lo suyo es pura hambre. El 83% de la población del país vive por debajo del umbral de la pobreza, calcula Naciones Unidas, pero en el tercio del territorio en el norte y noroeste que controlan esos rebeldes chiíes aliados de Irán las mareas de desheredados tienen prohibido hasta mendigar. Esa miseria, las chanclas que calzan tantas veces esos milicianos, engañan. Como Teherán frente al coloso estadounidense, los hutíes no son un enemigo pequeño para su némesis, Arabia Saudí, la gran potencia regional suní.
Dos mujeres tienen la posibilidad de detener el rodillo de la extrema derecha en las elecciones regionales de este domingo en Alemania. Manuela Schwesig, candidata socialdemócrata del SPD, es la favorita para revalidar la presidencia del Estado de Mecklemburgo-Pomerania Occidental. Elif Eralp, candidata de los poscomunistas de Die Linke, compite a brazo partido con los radicales de Alternativa para Alemania (AfD) y con los democristianos de la CDU para ser la más votada en los comicios de Berlín. Las encuestas dan por hecho que Eralp podría formar Gobierno con los socialdemócratas y Los Verdes.
La cúpula de la Comunidad de Madrid se quedó descolocada el 28 de julio, cuando supo que al día siguiente saldría a la luz la existencia del ático de Chamberí. En menos de 24 horas, todo el mundo sabría que el Gobierno de Isabel Díaz Ayuso había comprado bajo radar una vivienda de lujo por 6,3 millones de euros en uno de los barrios más exclusivos de la ciudad, junto al Museo Sorolla. Una zona de avenidas anchas, plátanos de sombra y colegios con nombres de santos, donde empresarios pujantes y aristócratas venidos a menos comparten mesa y vermú en El Yate, un bar de decoración náutica que evoca eternamente al verano. Los miembros de un gabinete de crisis liderado por la presidenta se intercambiaron mensajes durante todo el día y se reunieron más tarde, sin ser conscientes todavía de la magnitud del problema.
Josefina cree recordar que se conocieron en un baile en el pueblo leridano de Torrefarrera, de donde es ella. Ángel había llegado joven de Murcia para trabajar en el campo, como ella, recolectando fruta. Se casaron, tuvieron amigos, no tuvieron hijos y vivieron su vida en el pueblo. De eso hace más de 70 años. Él ahora tiene 96 años, y ella 95. En 2020, durante la pandemia de covid, Ángel se rompió el fémur y lo llevaron a una residencia. El hombre risueño y movido que había sido se empezó a apagar: apenas hablaba y dejó de caminar. Los servicios sociales del pueblo decidieron sacarlo del centro y devolverlo a casa, con un grado tres de dependencia, y bajo los cuidados de una trabajadora que iría dos veces al día. “No le gustó nada la residencia. Mientras podamos aguantar, estaremos en casa, el jefe no quiere volver a ir ahí”, dice Josefina, sentada en una butaca de su salón mientras Nora, la trabajadora, ayuda a Ángel a levantarse de la cama.

“Cuando los políticos hablan de crear espacios urbanos de calidad, debes pensar si tú eres de suficiente calidad para ese espacio. Porque a lo mejor tú sobras”, reflexiona Manuel Delgado (Barcelona, 70 años), un pensador provocador que analiza las dinámicas urbanas desde su cátedra de Antropología Religiosa y Antropología Urbana. La religión, dice, tiene mucho que ver, pues las políticas neoliberales que arrasan las ciudades y expulsan a sus habitantes se revisten ahora de bienes morales superiores (el progreso, la cultura), al estilo de los religiosos, muy difíciles de criticar. Delgado se acaba de jubilar —ahora es catedrático emérito— tras cuatro décadas impartiendo clase en la Universidad de Barcelona. Y lo celebra publicando Todas las ciudades están poseídas (Capitán Swing), un ensayo que bebe de dos clásicos del pensamiento urbano, Muerte y vida de las grandes ciudades (Jane Jacobs, 1961) y El derecho a la ciudad (Henri Lefebvre, 1968). Responde a EL PAÍS por videollamada.

El endurecimiento antiinmigración de Feijóo es ya peligroso. Exacerbado en su intento de capitalizar la crisis de Ceuta para el extremismo, alimenta el riesgo de derivar en simple racismo, o trasluce un recóndito impulso de este género. Y lo activa en los propensos a esa idiotez.

La crisis migratoria de Ceuta ocupa el centro de la actualidad informativa, del debate político y de la conversación ciudadana. Desde el 30 de julio, EL PAÍS ha desplazado a una decena de enviados especiales a la ciudad autónoma con el objetivo de ofrecer a los lectores una cobertura completa y rigurosa. Se trata de una situación muy compleja que, desde hace casi dos meses, afecta a la sociedad ceutí y que se debe afrontar con respeto y solidaridad. Por eso, el periódico ha hecho un notable esfuerzo de contención para informar de manera equilibrada y ha dado voz a todos los actores implicados en la crisis: los ceutíes, los inmigrantes, las fuerzas de seguridad y las organizaciones humanitarias.