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A quienes leímos Hilbilly, una elegía rural, el libro que le hizo popular y acabó llevándole a la vicepresidencia de Estados Unidos, no nos ha sorprendido tanto que J. D. Vance se rinda —y no como placer culpable— a los encantos de Emily in Paris, serie que considera el Shakespeare de nuestro tiempo. El escritor que Vance fue antes de meterse a destructor de la humanidad era un narrador afectado, con tendencia al melodrama, una autoconciencia muy dada a la autocompasión, una idea del mundo reducida a una lucha del bien contra el mal y una incapacidad casi patológica para contar chistes o apreciar el lado divertido de las cosas. En otras palabras: era un cursi. ¿Cómo no va a emocionarle esa sublimación de la cursilería, ese merengue de la ingenuidad, esa tarta nupcial con forma de Torre Eiffel que es Emily in Paris?
Los mil menores que aún viven en la calle en Ceuta pasan los días atrapados en un limbo con verbo propio: deambular. Aunque los recorridos son variables, esos niños y niñas comparten un trayecto que realizan a diario aunque el resultado no varíe. Primero acuden en grupos pequeños al corazón de la ciudad, a la Jefatura Superior de la Policía. Pero jamás logran entrar. “Que os vayáis, ya os lo dije ayer y anteayer, no estamos filiando”, les chilló un agente a un grupo de chicos de no más de 14 años.
Este viernes se cumplieron 50 días desde que irrumpieron más de 80.000 personas en Ceuta, una ciudad situada en la costa norte del continente africano con una población acostumbrada a las noticias de inmigración y al sonido de las sirenas acudiendo a la frontera con Marruecos. Durante unas horas, la mañana del 30 de julio, la frontera española dejó de existir. Se abrieron las puertas para evitar una tragedia humana mayor —hubo casi 100 muertos— y, aunque hasta 70.000 personas regresaron a Marruecos por el mismo camino en las siguientes horas, según datos del Gobierno, más de 10.000 siguen atrapadas, en una especie de limbo. Esperan a saber si podrán quedarse en territorio español o serán devueltos a Marruecos, como prometieron tanto el Gobierno como la ciudad autónoma al inicio de la crisis.
Husam Yamal y Samir Bonaya se despertaron el sábado por la mañana muy temprano en la playa de El Trampolín, en Ceuta, donde duermen en una tienda de campaña desde que entraron ilegalmente por la frontera el 30 de julio, se asearon como pudieron y se fueron al trabajo: los dos, argelinos, de 33 y 26 años, son pintores, y a juzgar por los vídeos que muestran en sus móviles, buenos y detallistas. Los ceutíes los contratan por días, a veces por 50 euros cada uno, a veces por 20 los dos. No hay tarifa fija. Se ven obligados a aceptar lo que les ofrezcan. Para encontrar trabajo se plantaron en las tiendas de materiales de pintura y así contactaron con los clientes. Hoy ya saben dónde tienen que ir. Mientras Husam y Samir van a su trabajo, Alejandra Romero, de 40 años, vecina de la ciudad, cirujana en el hospital de Ceuta, va al suyo. Si le toca entrar de urgencias, lo hace con miedo y con una angustia considerable: desde la entrada masiva de inmigrantes, hace 50 días, una guardia es un pasaporte seguro para el enloquecimiento. “Vienen inmigrantes con traumatismos, con navajazos, con perdigonazos, con heridas por peleas: casi dos o tres al día. Graves. Y voy con miedo porque aquí no hay un cirujano plástico, ni un cirujano cardiólogo; estoy yo sola para todo. Y si uno de esos navajazos toca el corazón, no sé…”.
¿Salen las cuentas con la inteligencia artificial (IA)? ¿Se recuperará esa montaña de inversión que ya se mueve en los billones de dólares? ¿Darán los mercados el tiempo suficiente, o alguien se pondrá nervioso, empezará a retirarse y se desatará la tormenta? De entre todos los mensajes tenebrosos que hemos escuchado estos días sobre los riesgos de la IA, procedentes incluso de los propios jefes de las compañías más punteras (Anthropic y OpenAI), sorprende que ninguno haya mentado la bicha, ese peligro más obvio y tangible: el riesgo de pinchazo de burbuja, un pinchazo colosal, como colosales son las cantidades de dinero en juego.
“En este pueblo siempre se dijo que para tener un trabajo de por vida, un buen sueldo y buenas condiciones, tenías que entrar en Varta, pero ya lo ve, todo cambia”, dice Judit Elbert. Ellwangen celebra este año el festival de las flores del Estado alemán de Baden-Würtemberg y Ebert, recién jubilada de 66 años, ejerce de voluntaria en la organización. Pero el municipio no está para muchas celebraciones. Su principal motor económico, la mítica marca de baterías y pilas Varta, quebró este verano tras 139 años de historia.


Pedro Sánchez, secretario general del PSOE, y Alberto Núñez Feijóo, presidente del PP, recalan este domingo en Barcelona con la mirada puesta en las elecciones generales del próximo año. Cataluña volverá a ser decisiva para inclinar la balanza: es sin discusión el principal granero de votos de los socialistas y es la comunidad en la que los populares necesitan obtener mejores resultados en sus registros históricos para alcanzar La Moncloa. El presidente del Gobierno ha confirmado su asistencia a la normalmente multitudinaria Festa de la Rosa del PSC, en la pineda de Gavà, mientras el popular lo hará en Badalona, feudo de Xavier García Albiol, con un discurso contra la política del Gobierno para gestionar la crisis de Ceuta y en vísperas de la visita que hará a esa ciudad acompañado del líder del Partido Popular Europeo, Manfred Weber.
Es un colgajo de lana o de algodón, una falda trasera, media falda en realidad. Es color. El jersey a la cintura arma, da empaque, arropa, protege los glúteos; podría llamarse nalguero, como hombrera o rodillera, refuerza. Cae acortinado hasta las corvas y debe anudarse con dulzura, con una sola lazada, con riesgo de que se suelte, no hay peligro si se cae, no es un cabo de amarre; nadie quiere retorcer las mangas, ese jersey un día se llevará puesto en el tronco, como es costumbre, y sobre los hombros.

“Por qué siguen en Ceuta mes y medio después amargando la vida de 80.000 españoles y degradando la imagen de la nación?”. En la pregunta de Alberto Núñez Feijóo a Pedro Sánchez en el Congreso no hubo ni una referencia a la crisis humanitaria, a los testimonios y las imágenes que ese mismo día publicaba EL PAÍS sobre las condiciones infrahumanas en las que han sobrevivido desde finales de julio hombres, mujeres y niños en la playa del Trampolín. La situación de todas esas personas es totalmente ignorada en los discursos de los populares, los mismos diputados que en junio pasado aplaudían complacidos el discurso del Papa. Retumban todavía en el hemiciclo sus palabras sobre la “dignidad” del extranjero y su apelación a una “conciencia” y una “ética” que escasean en los mensajes indistinguibles de la derecha y la ultraderecha.
Casi al tiempo que Alternativa por Alemania (AfD), el partido de extrema derecha, ganaba las elecciones en el pequeño land de Sajonia-Anhalt (2,12 millones de habitantes) con un estrepitoso y nada habitual 44% de los votos, el pensador germano Peter Sloterdijk establecía un paralelismo entre esa formación política y el partido nacionalsocialista de los años treinta del siglo pasado. Decía, en las páginas de Ideas: todo empezó con los votantes de los nazis diciendo que estaban descontentos con lo que ocurría en el Bundestag (Parlamento), siguió con la prensa popular clamando que aquello era una “casa de charlatanes”, y el resultado fue el acceso al poder de Hitler. En cierto modo, AfD es muy similar al Partido Nacionalista Obrero Alemán (NSDAP) “desde el punto de vista de esa supuesta inocuidad de sus comienzos”. Ese Estado federal pertenece a la antigua Alemania del Este (República Democrática de Alemania).