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El endurecimiento antiinmigración de Feijóo es ya peligroso. Exacerbado en su intento de capitalizar la crisis de Ceuta para el extremismo, alimenta el riesgo de derivar en simple racismo, o trasluce un recóndito impulso de este género. Y lo activa en los propensos a esa idiotez.

La crisis migratoria de Ceuta ocupa el centro de la actualidad informativa, del debate político y de la conversación ciudadana. Desde el 30 de julio, EL PAÍS ha desplazado a una decena de enviados especiales a la ciudad autónoma con el objetivo de ofrecer a los lectores una cobertura completa y rigurosa. Se trata de una situación muy compleja que, desde hace casi dos meses, afecta a la sociedad ceutí y que se debe afrontar con respeto y solidaridad. Por eso, el periódico ha hecho un notable esfuerzo de contención para informar de manera equilibrada y ha dado voz a todos los actores implicados en la crisis: los ceutíes, los inmigrantes, las fuerzas de seguridad y las organizaciones humanitarias.
Por segunda vez en la historia, la humanidad está tomando conciencia de que la vida sobre la Tierra puede terminar en cualquier momento. No por un cataclismo natural, sino por la acción de los propios seres humanos. La primera ocasión en que se supo de tan enorme y desgraciada noticia fue en agosto de 1945, tras las explosiones nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki, aunque los físicos que trabajaron en la construcción de la bomba, con Robert Oppenheimer al frente, conocían perfectamente el potencial destructivo que tenían entre manos, y observaron el 16 de julio, ‘solo para sus ojos’, el primer hongo nuclear en Alamogordo, el campo de pruebas del proyecto Manhattan en Nuevo México, apenas tres semanas antes de que el resto de la humanidad se enterara de tan cataclísmico acontecimiento.



Cuando hace años estaba de moda volver de las vacaciones con el rostro muy bronceado, los primeros días de septiembre los veraneantes se limitaban a lucirlo en las fiestas, en las terrazas, en las primeras reuniones con los amigos reencontrados. En aquel tiempo el sol no era todavía un enemigo declarado de nuestro cuerpo. El bronceado daba constancia de los días felices pasados en la costa bajo el sol del verano y según en qué playa se hubiera obtenido, marcaba un signo de distinción. El bronceado marbellí era a mi juicio demasiado torrefacto y no tenía la fineza del que procedía de la Costa Brava, Menorca, Santander o La Toja. Hacia mitad de septiembre la piel tomaba un tono verdoso y cuando ese color desagradable se instalaba por completo en los rostros podía decirse que el verano había terminado. Como los anteriores este también ha sido un verano apestoso, de una crueldad extrema con olas encadenadas de calor asfixiante. Las playas abarrotadas de carne humana puesta a asar y las sucesivas oleadas de las masas turísticas que invadían todos los espacios como en una huida ciega hacia ninguna parte producían una sensación apocalíptica. Por fortuna, el otoño suele venir al rescate. Después de los violentos aguaceros comienzan a alargarse las sombras, hay leña en los cobertizos, humean las chimeneas en los tejados, el mosto de la vendimia brota en los lagares y el humus fermentado ablanda nuestros pasos por el bosque en busca de setas. El otoño llega para salvarnos con los delicados matices de su luz de moscatel; los amarillos, rojos, morados, violetas que llenan el paisaje son los mismos que se posaron en la paleta de Klimt, de Van Goth, de Monet, de Renoir cuyos colores se instalan como uno de sus cuadros en la ventana. Y sin darte cuenta ya es de noche y oyes la lluvia fina, persistente en los cristales, que dará paso a una mañanita de niebla dorada por un sol muy amable. Bandadas de garzas cruzan el cielo hacia el sur y en los valles suena la berrea de los ciervos.
Algunos invitados se caían de la lista, muchos otros se debatían sobre qué hacer. Sus motivos eran políticos y en el centro del debate estaba en la procedencia del dinero que hacía posible la reunión internacional de artistas, músicos, escritores, cineastas, arquitectos o coreógrafos. Era 1972 y los Encuentros de Pamplona, financiados por la familia Huarte, propietaria de la constructora que hizo el Valle de los Caídos, parecían tener a todos en contra: al Gobierno de Franco, a la Iglesia católica y el Opus Dei, al Partido Comunista de España y a la banda terrorista ETA. Aquellas jornadas, a pesar de todo, incluidos dos atentados, salieron adelante y marcaron historia, porque en la capital navarra se dieron cita 350 creadores que llenaron las calles de acciones, celebraron charlas, conciertos, proyecciones. Fue algo insólito y único que marcó un hito en la cultura española, como recuerda al teléfono el ensayista y poeta Ramón Andrés.

Tras casi dos años de acostarse sobresaltados con noticias de última hora sobre la coacción económica del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y sus amenazas de anexión, los canadienses se desayunaron esta semana con una invitación esperanzadora de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, para que Canadá se convierta en miembro asociado de la Unión Europea. Un estatus aún por definir, pero que abre la puerta a una menor dependencia de Estados Unidos, y que los canadienses han acogido con relativo agrado, cautela y cierto escepticismo.
Una docena de años después, Diego Pablo Simeone y José Mourinho vuelven a medirse este domingo en el Metropolitano (16.15; Movistar). La última vez que se enfrentaron en un partido oficial fue en las semifinales de la Champions de 2014, ganadas por el Atlético al Chelsea tras imponerse en Stamford Bridge (1-3). En la ida del Vicente Calderón, al que el luso había regresado tras su primer periplo en el Real Madrid, ambos técnicos desplegaron todo un partido pizarrero de riesgos mínimos plasmado en el 0-0 final. En plena efervescencia del tiki-taka como paradigma, en la rueda de prensa previa a la vuelta de Londres, los dos entrenadores parecieron coordinados para verbalizar una apología sobre el estilo antagónico al predominante entonces.

Laura McAllister (Bridgend, Gales; 61 años) ha sido este verano una de las voces más combativas y críticas de la UEFA contra el fallido plan del presidente de la FIFA, el cuestionado Gianni Infantino, de constituir una sociedad denominada FIFA Forward Enterprise (FFE) para explotar comercialmente los Mundiales masculinos y femeninos con un 20% de capital privado. “Suponía una amenaza existencial para el fútbol, porque creo que una vez que se introduce el capital privado en la toma de decisiones del deporte, el beneficio económico pasa a primar sobre el bien del propio juego”, opina la vicepresidenta del organismo continental en una entrevista con EL PAÍS el pasado miércoles en Madrid durante la celebración del World Football Summit, el foro dedicado a la industria del fútbol mundial. El proyecto del dirigente ítalo-suizo, que contemplaba que entre los inversores potenciales estuviera Thrive Capital, fundada por Josh Kushner, cuyo hermano Jared es el yerno del presidente de EE UU, Donald Trump, levantó una oposición formidable. El rechazo fue liderado por la UEFA y forzó a Infantino a rectificar en julio. “Somos los guardianes de este deporte. Nuestra labor consiste en dejarlo en mejores condiciones cuando concluye nuestra etapa como administradores. No podríamos garantizar eso si vendiéramos —a un precio infravalorado, por cierto— una de las verdaderas joyas de la corona del deporte: la Copa Mundial de la FIFA. Por eso logramos unirnos tan rápido. Los aficionados, los jugadores, los clubes y todas las federaciones de la UEFA consideraron que era lo correcto”, defiende McAllister.
La angustia se adueñó el pasado miércoles de cientos de vecinos de los municipios castigados por la dana de octubre de 2024 en la provincia de Valencia cuando una fuerte tormenta, de aviso naranja, dejó acumulados de lluvia extraordinarios en apenas media hora y 1.000 incidencias. La estampa que ofrecían esa noche varias comarcas valencianas, también la zona cero, la más afectada por la riada que se cobró 232 vidas, era de árboles caídos, carreteras cortadas, vías inundadas y transportes paralizados durante horas. La lluvia torrencial devolvió a muchos el recuerdo de la pesadilla.