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A las puertas de entrar en junio, las altas temperaturas ya se han instalado en las calles y llega el momento de dejar a un lado el calzado cerrado para dar paso a sandalias y zapatos más frescos. Después de meses escondidos bajo calcetines y botas, puede que los pies no estén como nos gustaría. Aquí entran en juego las cremas para pies secos o las limas eléctricas.




Los vendedores ambulantes y los puestecitos del mercadillo empiezan a recogerse a media tarde del sábado. En las callejuelas huele a cordero asado y en las terrazas se mezclan autóctonos del barrio, obreros jubilados e inmigrantes de tercera generación, con grupos de jóvenes de aspecto hípster con ropa cara y cervezas IPA. Saint-Ouen es la primera frontera entre ese París haussmanniano, ya inaccesible para determinados presupuestos familiares, y su famosa banlieue, tristemente conocida hasta no hace tanto por las revueltas juveniles, los episodios de terrorismo yihadista y sus grandes bloques de hormigón. Pero es, también, el resultado de la inversión en los pasados Juegos Olímpicos, el símbolo de la gentrificación de la periferia parisina y el hogar del club más antiguo y carismático de la ciudad: el Red Star.
El dron de fabricación iraní que el pasado marzo impactó en la base británica de Akrotiri, en el sur de Chipre, apenas causó desperfectos a una pista de aterrizaje y un hangar, pero los daños que puede ocasionar a estas infraestructuras clave en la proyección estratégica y militar del Reino Unido son mucho mayores. Porque el ataque ha reavivado el debate sobre la presencia británica en este país —el miembro más suroriental de la Unión Europea—, que es considerada una cuestión todavía sin cerrar del proceso de descolonización.
“Santos Cerdán no ha participado, mucho menos influido, en adjudicaciones de obra pública. Jamás ha cobrado una comisión por ello”. Lo proclamaba un comunicado enviado por el PSOE desde su sede central la noche del 11 de junio de 2025, nada más conocerse una investigación de la UCO que, a partir de grabaciones de Koldo García, implicaba al entonces secretario de Organización del partido en el cobro de mordidas. “Cuando se conozca la totalidad del informe, Cerdán dará todas las explicaciones necesarias”, decía la nota. A la mañana siguiente, sin embargo, Cerdán fue forzado a dimitir y Sánchez compareció con aspecto demacrado y compungido. Dijo: “He pedido su dimisión, su renuncia al acta, y por eso quiero pedir disculpas. El PSOE y yo no debimos confiar en él”. El líder socialista necesitó unas horas para digerir las noticias de que había indicios contundentes contra su mano derecha en el partido.
“Ajustaremos la factura”; “podemos ir consensuando los conceptos”; “[dime] ok o si tengo que poner más importe”... El caso Plus Ultra, en el que se investigan supuestas irregularidades en la concesión de una ayuda pública de 53 millones de euros de dinero a la aerolínea, apunta a que los presuntos implicados en la trama utilizaban de manera habitual facturas falsas para “dotar de apariencia documental y cobertura formal a determinados pagos” difíciles de justificar legalmente, según detalla el auto dictado por el juez de la Audiencia Nacional José Luis Calama para imputar al expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero como presunto cabecilla de una trama de tráfico de influencias. En su resolución, el magistrado recoge varios ejemplos en los que, en opinión de los investigadores de la bautizada como Operación Tíbet, “se pone de manifiesto una operativa de facturación desvinculada de la realidad económica, pues únicamente va dirigida a generar un soporte documental”.

Era marzo de 2020 y España entera estaba confinada. En pleno arranque de la pandemia, había dos supuestas tramas de corrupción operando en paralelo. Una ya conocida, y hasta juzgada, la que tuvo su epicentro en el Ministerio de Transportes de José Luis Ábalos. La otra se ha destapado esta semana y, según la Audiencia Nacional, está presuntamente liderada por el expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero para vender su influencia. Las pesquisas judiciales revelan varios puntos de conexión entre ambas redes, más allá de su coincidencia temporal, como la llamada vía Ábalos para el rescate de Plus Ultra; un pago a la que fuera novia del entonces ministro, Jésica Rodríguez; o el uso de la palabra “café” como lenguaje en clave.

Bruce Dern está recostado en el sofá de la suite de su hotel de lujo en la Croisette, en Cannes, con las cortinas filtrando una luz lechosa y un gran ventanal abierto sobre el Mediterráneo, que esta mañana luce un color muy parecido al de sus ojos. Tiene una nube de pelo blanco flotando alrededor de la cabeza y una mirada que, a punto de cumplir 90 años —su cumpleaños es el 4 de junio—, conserva la curiosidad y cierta insolencia juvenil. Es una leyenda viva de Hollywood y piensa morir con las botas puestas: hace tres años sufrió un infarto, pero el año pasado rodó cinco películas y la serie Palm Royale. “No tengo intención de parar”, jura.

Si hay dos películas-fenómeno en este Cannes, son Club Kid, debut del estadounidense Jordan Firstman, proyectada en la sección paralela Una cierta mirada, y la española La bola negra, en la sección oficial a concurso. La temeraria ambición de la película de los Javis sale reforzada de este certamen, guste o no la película. Es como si los propios defectos de La bola negra (sus excesos y su cierta grandilocuencia) jugasen a su favor. La capacidad de arrastre de este fresco con Lorca y la memoria histórica queer de fondo es innegable. No se trata de la prensa española barriendo para casa; el eco internacional que está teniendo la película ha sido la sorpresa de la recta final de Cannes.