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No hay mejor plan en los días lluviosos que pasarse la tarde debajo de una manta eléctrica para ver una película o continuar con el libro que descansa en la mesita de noche. Entre la banda sonora de la lluvia de fondo y la calidez del hogar, se crea el ambiente perfecto para planes como estos. Pero, muy a nuestro pesar, no podemos quedarnos siempre en casa, pues las obligaciones llaman.




A nuestros peques les encanta la lluvia, sobre todo para saltar en los charcos, chapotear sin parar, ponerse perdidos y volver a casa con las botas llenas de barro. Y, aunque a veces nos toque sacar la fregona después de sus aventuras, no nos importa siempre que mantengan los pies sequitos y disfruten del juego con el mejor calzado posible.






Nuestro hogar se ha convertido, en gran medida, en el centro de operaciones tanto de nuestro ocio como de nuestro trabajo. Para manejarnos cómodamente en el día a día, solemos depender de monitores, tabletas o soportes de metal para el ordenador. Sin embargo, cuando nos toca viajar o trabajar fuera de casa, no siempre contamos con todas estas facilidades.






Aunque estos días las temperaturas nos han dejado un tiempo más propio del verano que del otoño, el frío poco a poco irá ganando terreno. En breve no nos despegaremos de las bufandas ni de los paraguas para salir a la calle, y convertiremos nuestros hogares en refugios cálidos. Es, por tanto, el momento adecuado para irse preparando para la llegada inminente de la temporada gélida.





La vida de la maestra Sabrín Masarwa, palestina con ciudadanía israelí, transcurría entre su casa en Taibe, cerca de Nazaret, y la escuela en la localidad judía de Ganei Tikva en la que enseñaba lengua árabe a alumnos de 12 a 15 años hasta 2024. Hoy reside en Londres: no quiere vivir en su país tras la caza de brujas ideológica que sufrió y la soledad que sintió entonces.

Roma siempre ha sido una especie de zona franca para las mafias italianas, no era territorio de nadie y todas podían operar en ella, aunque en realidad desde hace décadas tiene su propia orografía criminal autóctona. Varios clanes se reparten la ciudad, en un equilibrio en el que los tiros y los homicidios son esporádicos, sobre todo para no alarmar a la política y a las fuerzas del orden. Pero desde hace unos meses eso ha cambiado: van 13 bombas en cinco meses, casi la mitad la semana pasada. De noche y sin heridos, en tiendas, salas de juego, concesionarios, portales, señales de aviso. No es normal. Pero casi lo es menos que apenas sea noticia, en un país acostumbrado a ver de todo. Hablando con EL PAÍS esta semana, Roberto Saviano decía que en cualquier otra capital europea “se abriría un debate nacional, el alcalde dimitiría”, pero a menudo en Italia la violencia es un ruido de fondo, como el tráfico. En el centro de Roma, invadida por los turistas, ni se escucha. Ahora bien, en el este de la ciudad, donde sucede todo, vive un millón de personas, y no son las afueras, es clase media. Pero es el terreno de los Senese.