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Antonia Talavera Pérez (Madrid, 93 años) y su marido eran amigos de José Ortega Spottorno, fundador de EL PAÍS y Prisa, así que siguieron muy de cerca el nacimiento del periódico. El 4 de mayo de 1976, día en el que el diario salió por primera vez, corrieron al kiosco para comprar un ejemplar. “Todavía lo conservo. Lo compramos por amistad, pero también por ideología. Queríamos un cambio y EL PAÍS era el cambio”, dice sentada en el salón de su casa, un piso abarrotado de recuerdos en la madrileña calle de Serrano. En estos 50 años han cambiado muchas cosas. Debajo de la casa de Antonia, por ejemplo, había una carnicería y una floristería. Ahora solo hay tiendas de lujo. Su marido falleció hace tiempo. “No me preguntes cuándo, se me olvidan las fechas”, se disculpa. Se conocieron trabajando en el Hospital La Paz. Ella era enfermera y él, cardiólogo. “Antes de que muriera, intentaron que nos fuéramos de esta casa. Parlamenté y conseguí que nos dejaran quedarnos. Y aquí sigo”. Ahora es la única vecina que queda en el edificio. “Ya no vive nadie, no veo a nadie”, lamenta. Pero hay algo que no ha cambiado para ella: desayuna cada día en la mesa de su cocina leyendo EL PAÍS.


Soy periodista especializado en análisis de productos y, en los últimos años, he probado y comparado decenas de dispositivos y accesorios para medios como El País. Mi forma de evaluar parte de algo muy concreto: entender qué ofrece realmente un producto en relación con lo que cuesta. No sólo en pruebas puntuales, sino también en un uso cotidiano, porque es ahí donde se perciben los detalles que marcan la diferencia. Más allá de las especificaciones, me interesa cómo responde en la práctica, qué tan consistente es con el paso del tiempo y qué limitaciones aparecen cuando lo integras en tu rutina. Porque, al final, un buen producto no es el más llamativo, sino el que mejor justifica su precio en el día a día. Ese es el criterio con el que construyo cada recomendación.

Las tiras nasales se han convertido en un pequeño gran aliado tanto dentro como fuera del deporte. Como ya se ha analizado en distintos estudios y reportajes, su función principal es sencilla: ensanchar ligeramente las fosas nasales para reducir la resistencia al paso del aire. Esa apertura facilita una sensación de respiración más fluida, algo que explica por qué cada vez es más habitual verlas en atletas de élite, como Carlos Alcaraz, durante entrenamientos y partidos. No hacen magia, pero sí ayudan a que el aire entre con mayor facilidad, lo que puede traducirse en una mayor comodidad respiratoria tanto al correr como al dormir.




Quizá, de todas las características unívocas de los videojuegos, la resurrección sea la más diferencial. La resurrección, que ha derivado en el importantísimo concepto de ensayo y error (que los videojuegos han conseguido exportar a un montón de campos conceptuales) se ha convertido en la piedra angular desde la que se ha cimentado la experiencia del videojuego para un jugador. Uno se pone a jugar a un juego y al perder felizmente descubre que los errores no se pagan. Mejor dicho: se pagan —con tiempo y esfuerzo— pero no con la irreversibilidad; cuando en una serie, libro o película un personaje muere, muere para siempre. En el videojuego la muerte del protagonista es solo una etapa más en el proceso narrativo. Una etapa que, afortunadamente, los mejores diseñadores han sabido aplicar con mucha astucia.

Solo hay que ir al buscador para saber qué está en tendencia. En estos momentos, “ropa de ciclismo” es una de las categorías más buscadas, algo que no sorprende. En los últimos años hemos visto cómo la gente se ha ido sumando cada vez más al ciclismo. ¿Por qué? Es un deporte de bajo impacto que aporta un montón de beneficios a la salud física y mental.


