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Que los protectores solares deben aplicarse durante todo el año es un tema que ya no admite debate. Da igual que el cielo esté nublado o que llueva, es un paso imprescindible en cualquier rutina. Ahora, con la llegada de la primavera y los días soleados, todavía cobra más importancia. Aun así, gran parte de la población sigue teniendo ese sentimiento de odio hacia este tipo de productos por su textura espesa y sensación pesada.




Carlos Cuerpo (Badajoz, 45 años), ministro de Economía, Comercio y Empresa, llega apurado a la cita, el viernes por la tarde, en la sede del ministerio. Tiene motivos: el Consejo de Ministros empezó con retraso debido a una tensa negociación entre los socios de la coalición sobre las medidas para hacer frente a la crisis energética derivada de la guerra en Oriente Próximo. De ese Consejo salieron dos decretos ley: el que querían los socialistas, con una rebaja de impuestos para la energía, y el que quería Sumar, con una congelación de los alquileres que deben renovarse ahora. Afrontan distinto destino, porque el primero tiene más fácil ser convalidado en el Congreso que el segundo.


Las grandes operaciones de concentración en el mundo empresarial español, últimamente, no están saliendo bien. Al fallido intento del BBVA de hacerse con el Sabadell en octubre del año pasado, ahora se suma el fracaso de la integración entre Indra y Escribano Mechanical & Engineering (EM&E). La operación buscaba crear un “campeón nacional” de defensa terrestre capaz de tirar del resto del sector, para así aprovechar al máximo los miles de millones que lloverán en los próximos años —y que ya están lloviendo— al calor del rearme europeo. La operación ha caído por el encontronazo entre los dos sujetos que la promovían, los Escribano y el Gobierno, los dos máximos accionistas de la compañía, con un 14,3% y un 28% del capital, respectivamente. Pero, ¿por qué se dio marcha atrás? Esto es lo que se sabe hasta ahora y el recorrido cronológico de la fallida operación.
Miles de infantes de Marina estadounidenses, a punto de llegar a Oriente Próximo. Misiles iraníes contra bases de EE UU y el Reino Unido en el Índico, con un alcance de 4.000 kilómetros, casi el doble del que se les suponía hasta ahora. El ministro israelí de Defensa, Israel Katz, promete bombardeos aún más agresivos. El estratégico estrecho de Ormuz, clave para la economía mundial y para el resultado de la guerra, sigue cerrado en la práctica. En medio de una retórica y de acciones bélicas cada vez más contundentes, Donald Trump ha dado 48 horas a Teherán para abrir ese paso marítimo, bajo amenaza de dejar a ese país sin electricidad, y debate si enviar tropas a suelo iraní.
Muchos analistas están subrayando en estos días, con razón, que la guerra ilegal lanzada contra Irán tiene todo el potencial de convertirse en una hemorragia para Washington. Pero, aunque muy grave, es solo el enésimo episodio de una acción autodestructiva serial y sistemática. Trump lleva 14 meses lanzando desde la Casa Blanca bolas de derribo terribles en mil direcciones: casi todas ellas prometen regresar al punto de partida para destrozar al atacante.
La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán ha colocado a la República Islámica ante la crisis más grave de sus casi cinco décadas de historia, centrando todas las miradas en el enigma del núcleo decisorio de Teherán.
Con el espacio aéreo iraquí cerrado por la guerra de Estados Unidos e Israel contra la vecina Irán, la principal puerta de entrada al Kurdistán iraquí se hace por la frontera turca de Habur. El trayecto hasta la capital kurda, Erbil, se recorre en unas cinco horas por carreteras que, entrada la noche, son iluminadas por múltiples destellos en el cielo. Algunos los provocan los rayos de una inoportuna tormenta nocturna. Otros, los drones o misiles que llegan del este, desde Irán, para impactar o ser interceptados en el aire rumbo a alguna base estadounidense o de las fuerzas kurdo-iraníes apostadas en suelo iraquí. Entre los destellos de la tormenta y de la guerra se colaron en la noche del viernes los fuegos artificiales para celebrar la inusual coincidencia del fin de año kurdo, Noruz, con el Eid que marca el fin del mes de ayuno musulmán, el ramadán. Las bolas de colores disparadas al concurrido cielo por jóvenes kurdos y árabes se siguieron de vítores, clamor de un pueblo que se resiste a ser, una vez más, arrastrado a la guerra.
El tiempo que se tarda en leer esta frase le basta a un sistema de inteligencia artificial (IA) para resumir miles de datos de espionaje recabados durante décadas: sesudos informes, fotos de satélites y de drones, antenas de GPS, cámaras de tráfico intervenidas, mensajes de WhatsApp y de correo electrónico… Con todo ello, el sistema puede marcar un punto en la pantalla con dos palabras: “Objetivo prioritario”. Un comandante estadounidense o israelí solo tendría que validar la orden para bombardear cualquier objetivo en Irán. La doctrina militar exige una “cadena de ataque” (en inglés se conoce como kill chain) supervisada por humanos. Pero la velocidad y la avalancha de información que proporciona la IA es de tal magnitud que varios expertos en el sector temen que el ser humano se haya convertido ya en un mero firmante de ejecuciones.
El consejo que acabó llevándose los titulares fue el del viernes, el extraordinario para aprobar las medidas frente a la guerra, que estuvo bloqueado más de dos horas por un plante de Sumar. Pero el que tuvo más carga política fue el del martes. Como estaba previsto, Carlos Cuerpo hizo un análisis de la situación económica y las consecuencias de la guerra. Y fue muy suave. Vino a decir que serían leves si la guerra es corta. No puso ningún dramatismo. Cuerpo es un técnico que ha dado el salto a la política, habla pausado, y evita hacer aspavientos. Después habló Yolanda Díaz, en tono más político, y pidió ponerle “alma” al mensaje hacia los ciudadanos que sufren las consecuencias. Y ahí Sánchez, que cerró el debate, lanzó, según varios de los presentes, unos de los discursos con más contenido político de fondo de los que le han escuchado sus ministros en estos casi ocho años.
Es viernes en la noche y prácticamente todo Centro Habana es un fundido a negro. Solo se vislumbran las velas o algún farolillo solar en el interior de las inmensas casas coloniales carcomidas por la sal del mar y el paso de años complejos para Cuba. El silencio total de las calles lo rompe el sexto piso de Deauville, un hotel sin turistas que se resiste a perder el encuentro de son y timba que cada fin de semana reúne a un centenar de cubanos y a algún extranjero enamorado de Havana D’Primera o Maykel Blanco. Llueva o tiemble, dicen orgullosos. Y así es: ni en uno de los momentos más convulsos del país, con apagones interminables, una crisis alimentaria y sanitaria insostenible y amenazas constantes del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de tomar la isla, se apaga el parlante.