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Antes del estallido último, del rugido de éxtasis colectivo, en el estadio de Dallas, tierra de rodeos, se escucharon olés. Varios minutos de olés mientras España distraía el balón y Francia, el equipo más celebrado del Mundial, contemplaba desconcertado el final de una prodigiosa exhibición de fútbol. La Roja se clasificó para la segunda final mundialista de su historia con una función memorable con la que dejó a cero por primera vez en el torneo al equipo de Deschamps, el único equipo que había ganado todos sus partidos. Hasta que se encontró con España, el día que España sacó su versión mandona y hermosa. Como en la Eurocopa, pero distinto, porque no necesita ni a Nico Williams ni a Lamine. La selección de Luis de la Fuente se maneja ahora con un libreto inalcanzable que se pondrá a prueba de manera definitiva el domingo en Nueva Jersey, en la final de la Copa del Mundo, contra Inglaterra o Argentina (21.00, La1 y Dazn).
El enfrentamiento ya tenía suficiente carga política: dos vecinos históricos, enfrentados en la efeméride de la toma de la Bastilla, por un acceso a una final mundialista con la que Francia concatenaría tres finales seguidas y España alcanzaría la segunda de su historia. Y, por si fuera poco, el expresidente popular Mariano Rajoy decidió el sábado enturbiar aún más la previa del partido con una columna publicada en El Debate titulada “Hoy llegó el desquite”. La pieza contenía declaraciones consideradas por Francia como “racistas” y “estúpidas”, según el Ejecutivo de Sébastien Lecornu. “Tiene, además, una plantilla de altísimo nivel. Eso sí, sin franceses”, escribió entonces el expresidente. Este martes por la noche, tras la victoria del la Roja ante Francia por 0-2, Rajoy ha publicado una nueva columna en la que ha evitado disculparse. “Ellos no piden perdón por nada. Eso, por lo visto, siempre les toca a otros”, aseveró al final de la columna sin haberse disculpado previamente ni hacer ninguna otra referencia directa a la polémica.
Ya no es casualidad: en las grandes citas, Mikel Oyarzabal. En Berlín, cuando España derrotó a Inglaterra para llevar la cuarta Eurocopa a las vitrinas de Las Rozas, el delantero de la Real Sociedad, ese tipo serio que compaginó el campo con las aulas —se graduó en ADE—, apareció para firmar la victoria. Ayer, contra Francia, volvió a dejar su huella. Nada menos que para mandar a España a la final del Mundial.
Un banco, algún taca taca, y la palabra. Todos los días, y a la misma hora, un grupo de siete mujeres de entre 63 y 94 años se reúne para tertuliar en el mismo lugar: cuatro en el banco, una en la silla de ruedas y las otras dos apoyadas en su taca taca. Como un Café Gijón, pero en la plaza Santa Maria de la Cabeza de Madrid: “Venimos aquí porque esto son dos pastillas menos al día”. Este martes, como no podía ser de otra manera, la semifinal del Mundial entre Francia y España se ha comido parte de la charla. Las más jóvenes, Begoña y Rosalinda, ambas por debajo de los 70, están entusiasmadas: “Ganamos seguro si saca a Borja Iglesias y a Mikel Merino desde el inicio”, dice Begoña. “Que no, que a Merino hay que guardarlo para el final”, responde su amiga. Las más mayores observan como quien no quiere la cosa. “Mira, yo he tenido un marido que desayunaba, comía, cenaba con el fútbol. Si había partido, las mujeres a preparar los bocatas. Estaba agonizando y a encender la televisión para el fútbol. Muerto el perro, se acabó la rabia”, explica una de las mujeres, abulense de 90 años.
Queda aún más de una hora para el encuentro y Lula M. y Nora A. hacen juntas una larga cola, ambas con la camiseta de su selección, para entrar en el centro de la juventud de Barbes, uno de los barrios más multiculturales de París, donde se va a proyectar gratis el partido entre Francia y España. Saben que será complicado lograr la victoria. Los padres de Nora nacieron en Senegal y Lula vive en un distrito acomodado “algo lejos de aquí”. Ambas se conocieron en una beca Erasmus en Madrid y vienen a defender a su selección, “la de esa Francia en la que no hay franceses”, ironiza entre risas Nora, en referencia a la polémica desatada tras el artículo del expresidente Mariano Rajoy.
Y sí, España volvió a una final de la Copa del Mundo 16 años después. La de Dallas, ante Francia, fue una actuación coral del equipo, como todas las de esta edición de la Copa del Mundo, pero con mucho más colmillo. El combinado dirigido por Luis de la Fuente no depende de una individualidad, aunque sí se sostiene por dos figuras clave: Rodri Hernández y Aymeric Laporte. El centrocampista del Manchester City y el central del Athletic Club sujetaron al equipo cuando alguna debilidad asomaba e iluminaron el camino de España hasta la segunda final de su historia. Rodri es el termómetro de esta selección. Batuta en mano, pone el tiempo y frena y acelera el juego cuando él lo demanda. Y Laporte parece haberse sacudido una temporada irregular con su club y está al nivel imperial de la Eurocopa 2024.
España llega embalada a la final de la Copa del Mundo después de negar al mejor surtido de delanteros solistas de Francia, finalista de las dos últimas ediciones y campeona en 2018, abatida sin discusión después de pasear como una reina por los estadios del Mundial 2026. El partido fue un acto de afirmación universal del fútbol coral y armónico del equipo español, especialmente sensible, delicado incluso en los goles e impermeable en defensa, imposible para el desquiciado Mbappé. Ninguna selección ama tanto a la pelota como España. Tanto que se la quedó para desespero de Francia. Nadie trata mejor al balón, desde el portero hasta el extremo izquierdo, de principio a fin, de área a área, cada vez más entonada y afirmada a partir de aquel sorprendente estreno ante Cabo Verde.