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No había día que no volviera la bruma ni noche que no sintiera los gritos de la sima. De tanto sufrir, como casi toda su quinta, dejó de soñar. Al menos podía escribir. “Las guerras de nuestros antepasados son cada vez más”, afirmaba en 1975 Miguel Delibes, que aún no había podido librarse de ese peso. Tampoco pudieron mis padres, la siguiente generación, nacida en los contornos del conflicto. Heredaron el silencio como marca y estigma más visible. Por más que mirasen al cielo, sus desnutridos cuerpos de niños no se separaban del suelo. Había que olvidar, vivir pegado a los días porque la guerra civil podía volver o continuar, quien sabe. El miedo, su función principal durante la dictadura, tampoco faltó a su cita en la Transición. Aquel recuerdo oficial, hecho de granito y olvido, fue cediendo por su propio peso hasta quedar enterrado bajo la arena de las playas y de los adoquines. El tiempo, a pesar de todo, no se detuvo aquel verano de 1936 y el salto, del tecnicolor a la era digital, es hoy abismal. La mayor parte de mis alumnos o mis propios hijos, no tienen una transmisión directa, ni en su propio entorno ni en el educativo, de la Guerra Civil española. Acceden a través de internet, donde las guerras de nuestros antepasados “molan” cada vez más. Aunque el objetivo último sea captar su atención, la lógica ha cambiado. Se cumplen noventa años del comienzo del hecho histórico más importante del siglo XX español, una guerra que ha pasado a ser, sobre todo, cultural.

Aliança Catalana ya ha empezado a devorar al partido de Carles Puigdemont. Cuanto más crezca en las encuestas la nueva formación, más se despegará Junts del Gobierno de Pedro Sánchez. Nunca como ahora había estado el espacio de Puigdemont en una zona de tanto riesgo político. Este lo ha apostado todo a su amnistía, y no está claro que logre superar el envite de Sílvia Orriols, como heredera en disputa del vacío que dejó la vieja Convergència.
En la playa de Liencres siempre hay olas. Es una larga flecha de arena que termina en punta, justo donde se unen el río Pas y su agua dulce con el Cantábrico más rabioso. Todas las fuerzas confluyen en esta playa, e incluso los días que ondea la bandera verde, el mantel del mar tiene ondulaciones. Cuando pasa esto, en vez de tablas de surf y cuerpos hercúleos, lo que hay en el agua son bañistas convencionales, y por eso se ve algún que otro guantazo en la orilla, porque los bañistas convencionales no sabemos leer el mar como los surfistas, ni anticipar el ritmo de su elevación ni su cadencia, y nos quedamos quietos en esa zona donde no cubre pero tampoco puedes sumergirte, mirando cómo se acerca la ola, cómo crece más y más, hasta que cierras muy fuerte los ojos.
En las últimas décadas se ha fraguado en el sistema sanitario público español lo que podría definirse como una tormenta perfecta. Por un lado, se registra un aumento de la demanda sanitaria debido al rápido crecimiento de la población y por el envejecimiento general, que genera una mayor prevalencia de enfermedades crónicas. Por otro, este fenómeno ha coincidido con el inicio de la jubilación masiva de la generación de profesionales que levantó el sistema público, sin que se haya previsto de forma adecuada su sustitución. El resultado es un déficit de facultativos que el Ministerio de Sanidad estima para el año próximo en unos 9.000, y que contribuye a engrosar problemas como las listas del espera, sobre las que el 81% de ciudadanos creen que han empeorado o siguen igual, según un reciente sondeo del CIS.
Como cada vez es más difícil separar lo real de lo virtual, quise creer que había una IA desequilibrada tras la última polémica del Xokas. Influencer, para quien tenga la suerte de no conocerle, cuyos hitos mediáticos han sido congelar basura para no tener que bajarla a diario y considerar “un crack” a un amigo que se mantenía sobrio para aprovecharse de “pibas colocadas”. Pero no era IA, ha pasado. Les ilustro. Después de que la actriz Ester Expósito dijese en el podcast de La Pija y la Quinqui que no quiere dialogar con nazis, el streamer, no sabemos si dándose por aludido, respondió que no merece la pena estar con alguien como ella por su “pensamiento político”. Que “es mejor estar con un seis”. Como si hubiese una posibilidad de que sucediese, cuando solo juntar sus nombres en la misma frase provoca que se ericen los vellos. Ya no digo nada de que les ponga número a las mujeres, pero me intriga qué cifra se pondría a sí mismo.
El verano de 2010 mi madre mutó en forofa de La Roja. Digo mutó porque el fútbol, ese tostonazo que le trastocaba los horarios de la tele todos los santos miércoles y domingos, la aburría soberanamente, pero las razones de una madre son sagradas y la mía, ese año, tenía una poderosísima para comerse sus palabras. Mi hermano Raúl, su pequeño del alma, un aparejador condenado al paro sine die por la burbuja inmobiliaria, lo había empezado abriendo un bar de copas para intentar salir del hoyo, y el fútbol se había convertido en el mejor reclamo para llenarlo hasta la bola de fieles que acudían a ese templo a adorar una pantalla gigante. Mi madre, que del balón no sabría ni papa, pero de tonta no tenía una cana, entendió de inmediato las reglas del juego. Un gol propio significaba otra ronda para mojar la euforia. Uno ajeno, otra para templar la rabia. Una derrota, otra para ahogar las penas. Y una victoria, directamente, triplicar la caja. Por todo eso, para el verano del Mundial de Sudáfrica, mamá era ya más futbolera que Shakira. Iba con España, claro, pero hubiera ido con el mismísimo diablo para que su niño facturara el máximo. Como que vio la final vestida con una camiseta de La Roja, cantó el gol de Iniesta que ríete tú de Juan Carlos Rivero y no bajó a bañarse y bailar el Waka, waka a la fuente del barrio porque una cosa es sacrificarse por los hijos y otra hacer el ridículo delante las vecinas.
A cada cual lo suyo: hay que reconocer a Podemos que denunciara en 2017 la creación de una plaza ad hoc para David Sánchez. Ahora, tras la sentencia que condena al hermano del presidente del Gobierno a nueve años de inhabilitación por prevaricación, el portavoz de Podemos Pablo Fernández explica que “es un caso clarísimo de enchufismo por su influencia”, pero, “dicho esto”, tiene “intencionalidad política”: “A mi juicio, si no llega a tratarse del hermano de Pedro Sánchez, no le hubiesen condenado a nueve años de inhabilitación”. Es uno de los abundantes ejemplos que confirman el aforismo del politólogo griego Stathis Kalyvas sobre el espectáculo que ofrece la transformación de los agitadores radicales en tibios apologetas.
Lo que sucede en Cataluña no es novedad, se repite encuesta tras encuesta: los pulsos políticos están cambiando. Los resultados de la última encuesta del CEO de la Generalitat sitúan a Aliança Catalana como tercera fuerza, aunque entre líneas se puede intuir que puede ir a más. Su líder, Sílvia Orriols, que se siente actriz protagonista, se hace eco: “El día después de la encuesta del CEO, Junts anuncia que reactiva la comisión encargada de sancionarme por atacar el velo islámico en el Parlament. La venganza es un plato que se sirve frío, amigos, os quemaréis”. No le faltan razones para estar eufórica.
Si el Ministerio de Igualdad ha detectado gastos ajenos a la finalidad de los fondos para combatir la violencia de género, corresponde exigir transparencia, rigor y responsabilidades. Pero el debate no puede quedarse ahí. Estos fondos nacieron para reforzar la prevención, la atención especializada y la protección. Sin embargo, persisten listas de espera, escasez de recursos, precariedad y carencias en la atención, especialmente a mujeres migrantes y con discapacidad. Cada euro mal utilizado es una oportunidad perdida para proteger a una mujer y un argumento para los discursos negacionistas.