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La Agencia Tributaria ha enviado un nuevo informe a la Audiencia Nacional tras calcular que el comisario jubilado José Manuel Villarejo, epicentro de una macrotrama de corrupción, defraudó más de 1,6 millones de euros en 2012. En su extenso análisis, de casi 300 páginas y al que tuvo acceso EL PAÍS, los funcionarios de Hacienda concluyen que el policía urdió “una compleja estructura societaria” en el extranjero —con ramificaciones en Panamá, Uruguay y Reino Unido—, que le permitió “enmascarar” los millonarios pagos que percibió por uno de sus encargos de espionaje privados. Unos ingresos que Villarejo nunca comunicó a las autoridades españolas, según aseguran los técnicos, que lo consideran “responsable” de un delito fiscal: “No declaró las rentas obtenidas en todo el mundo [...], a lo que estaba obligado por ser residente en nuestro país a efectos fiscales”.
Un reciente estudio de la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias, dependiente del Ministerio del Interior, revela que, de los 29 reclusos que el año pasado se quitaron la vida, a nueve (el 31%) les quedaba menos de un año para quedar en libertad. Dos de ellos, además, se quitaron la vida cuando faltaban menos de dos meses para que fueran excarcelados. “Aunque el riesgo de suicidio se eleva en los primeros días de internamiento (especialmente en el caso de las personas que se encuentran en prisión preventiva), se mantiene igualmente elevado a lo largo de toda la estancia en prisión y lo es no solo en el caso de las personas primarias [que han entrado por primera vez en prisión], sino también en el de las personas reincidentes”, señala en sus conclusiones el informe, al que ha tenido acceso EL PAÍS. La tasa de suicidios se sitúa en España en 8 casos por cada 100.000 habitantes, según el Instituto Nacional de Estadística (INE). Entre la población reclusa, la tasa se multiplica por siete.
La primera vez que entré en este hospital para cuidar de mi hijo hacía mucho frío. Recuerdo que las auxiliares nos daban calor con detalles como ofrecernos más mantas o preguntarnos simplemente si necesitábamos algo. Hace unas noches volví a entrar y se repitieron escenas similares: desde estar pendiente de ti en cada suspiro hasta calentarte la cena guardada cuando subes muy tarde del quirófano.
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Olvídate de la épica del cuchillo japonés y los platos listos para fotografiar: empezar a cocinar es, sobre todo, una rutina que implica errores, manchas de aceite y algún arroz pasado en el proceso. Hemos preguntado a la plana mayor Comidista y profesionales afines cómo aprendieron ellas y ellos, qué les motivó y cómo solucionaron algunos de los momentos aparentemente más complicados sin desanimarse; y de ahí han salido 12 consejos que nos hicieron –o nos hubieran hecho– la vida más fácil en esa transición. Hoy vamos con la primera entrega, que si las cosas de palacio van despacio, las de la cocina también necesitan tiempo y paciencia.





“Era un hombre único — comentó sobre Rasputín una famosa escritora rusa—. Sin igual, como un personaje de novela: vivió una vida de leyenda, tuvo una muerte de leyenda y su recuerdo está envuelto en la leyenda”. Nadiezhda Lojvítskaya, más conocida por su seudónimo Teffi, gozó de la rara distinción de ser leída y apreciada tanto por el zar Nicolás II como por Vladímir Ilich Lenin. Curiosamente, aunque también fue una de las muchas mujeres a las que Rasputín intentó seducir, con Teffi Rasputín se encontró desde luego con la horma de su zapato.

Podríamos decir que la quiche más que una receta estricta es una fórmula, o al menos esta lo es (alto ahí, puristas de la quiche lorraine). Como tal, entonces, se le pueden hacer distintas variaciones a sus tres partes: la masa y el relleno. Según los estudiosos de la quiche sería correcto distinguir en el relleno la migaine –una mezcla de huevos y algún ingrediente lácteo– de los añadidos que correspondan en cada caso como verduras, productos cárnicos, quesos, etc, pero no vamos a liarnos tanto la cabeza.

Hay cosas en la vida que no cambian, como por ejemplo, que el helado sea uno de esos postres que a casi todos nos gusta, siendo el favorito de niños y adultos. Aunque se puede comprar, no hay nada como hacerlo en casa, ya que puedes tener un control completo de los ingredientes, además de obtener un resultado más natural.



Los monasterios de Suso y Yuso, la calle Laurel de Logroño, Santo Domingo de la Calzada, el barrio de las bodegas de Haro… La Rioja es una comunidad con recursos turísticos populares. Pero apantallados por estos lugares clásicos por los que se mueve habitualmente la mayoría de turistas que visita esta tierra del vino, existe otra Rioja más desconocida, igual de interesante y, sobre todo, mucho menos masificada en temporadas altas.

Detrás de cualquier negocio siempre hay una historia que merece ser contada. Y en la trastienda de Cocidos en Barro está la de José Antonio González, un analista financiero que hace diez años decidió dejar de traducir números y datos en decisiones económicas y ponerse detrás de la barra del bar que durante años dirigió su suegro en Canillejas (Madrid). Un barrio del distrito de San Blas‑Canillejas, fundado en el siglo XIII, como recoge la divulgadora Myriam Cobos, que recibe el nombre, al igual que la vecina Canillas, por los conductos subterráneos de distribución de agua, los caños o canillas por los que salía el agua de las fuentes. Durante siglos fue un pueblo independiente, dio nombre a un marquesado en 1696 y llegó a tener ayuntamiento, iglesia —la de Santa María la Blanca—, lavadero, cementerio y servicios básicos. Del pasado queda algo de rastro en el parque de la Quinta de los Molinos o el de la Quinta de Torre Arias, con palacio incluido, y algunas edificaciones de planta baja, ya que durante mucho tiempo fue un destino de veraneo de los madrileños pudientes.
Dirección: Alcalá, 579, San Blas-Canillejas, Madrid
Teléfono: 665 61 08 10
Horario: de martes a jueves; de 13:00 a 17:00; de viernes a domingo, de 13:00 a 18:00.
Precio cocido: 26 euros