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El fuerte crecimiento de la población en los últimos años y el éxito de España como destino turístico han permitido a la economía española mantener un crecimiento notablemente superior al de los países de su entorno en años difíciles. Ese flujo ha sostenido el consumo, ha ampliado la fuerza laboral y ha hecho posible que el empleo alcance un récord de 22 millones de ocupados. Pero esa misma presión demográfica, que bordea los 50 millones de residentes y los 100 millones de turistas, ha tensionado el mercado de la vivienda, los servicios públicos y las infraestructuras, porque su desarrollo no ha ido acompasado a la nueva realidad española. No se han reforzado los cimientos del país y en algunos puntos amenaza colapso bajo el peso de la demografía.
La muerte el pasado viernes de dos agentes de la Guardia Civil en la costa onubense cuando perseguían una narcolancha es un trágico recordatorio, en plena campaña electoral, de uno de los principales problemas de Andalucía: la expansión del crimen organizado por todo su litoral, con Huelva como punto más débil. El aplastante poder del narcotráfico en la economía y la sociedad de una de las zonas más castigadas de España pone en jaque la seguridad del Estado y condiciona el futuro de amplias zonas de la comunidad autónoma.

Quien probablemente constituyera la figura más representativa de lo que se denominó la “nueva política” fue quien primero lanzó una “alerta antifascista” el 2 de diciembre de 2018, tras conocerse la irrupción de Vox en el Parlamento andaluz. Luego, él mismo, formando ya parte del Gobierno central, corrigió en sede parlamentaria en 2020 su propia alerta, al espetarle al líder de la oposición que a la suma de escaños de PP, Vox y, por aquel entonces, Ciudadanos nunca le alcanzaría para ganar una investidura. Hoy, el que emitiera tan contradictorios mensajes regenta una taberna, mientras que sus hijos políticos, solo un poco descarriados de la senda del padre, andan organizando la enésima refundación de la izquierda-a-la-izquierda-de-la-izquierda, por transcribirlo con la grafía heideggeriana. Como pequeña muestra de los tumbos que anda dando ese sector político en nuestro país no está nada mal. Aunque lo peor tal vez sea que fue a sus brazos a los que decidió arrojarse la otra izquierda, la oficial y mayoritaria, hace ya más de un lustro. Brazos de los que, por lo visto, no parece dispuesta a distanciarse ni lo más mínimo ni bajo ningún concepto, haga lo que haga y diga lo que diga dicho sector.
Pocos viajes a China han llegado tan cargados de expectativas —y de incertidumbre— como el que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, emprende este jueves a Pekín. La última vez que ambos mandatarios se vieron las caras fue en Busán, Corea del Sur, en octubre pasado, en los márgenes de la cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico. Aquella reunión, que los dos presentaron como un éxito, fue en realidad un ejercicio de aplazamiento mutuo. Ambas partes compraron tiempo. Trump, para intentar construir una cadena de producción autónoma de tierras raras, ese conjunto de minerales críticos sobre cuyo suministro mundial China ejerce un control prácticamente absoluto y cuya interrupción podría paralizar sectores enteros de la economía americana, incluida su capacidad militar. A cambio, Pekín obtuvo algo muy concreto: el levantamiento parcial de los controles a la exportación sobre determinados semiconductores avanzados, en especial los procesadores de alto rendimiento para inteligencia artificial —los llamados GPUs—, que China necesita para no quedarse en la carrera por el dominio de la inteligencia artificial. La cumbre de Busán ya delineó que, aunque Trump empezó su presidencia lanzando todo su arsenal arancelario contra China, no podía mantener el enfrentamiento en los mismos términos. De modo que el acuerdo de Busán fue táctico, y no estratégico, postergando los problemas sin resolverlos. En aquel encuentro, el mayor escollo, el futuro de Taiwán, quedó aparcado y China logró arrancar el compromiso de que la siguiente cumbre sería —y pronto— en Pekín.

Empieza la semana grande de la literatura gallega. Es tiempo de lecturas, recitales, festivales infantiles, encuentros literarios… En los colegios e institutos, se organizan todo tipo de actividades. Ya sólo por este bullir creativo merece la pena. Resulta hermoso ver a una sociedad volcada celebrando su lengua, reivindicando el gallego como idioma vivo y creador, transmisor de historias y relaciones de afecto, recuperando universos literarios y acercando la riqueza de un patrimonio común.
“Mereces la silla eléctrica”. No hace mucho, mientras volvía a casa en un bus abarrotado, vi a una mujer teclear este comentario junto a tres emojis de fueguitos, como si enciendese tres proféticas hogueras. Me sorprendió la rapidez con la que dictó sentencia. Vio un vídeo poco trascendental sobre una persona famosa, tecleó sin pensar, como en un acto reflejo; guardó su móvil en su gabardina y me sonrío de forma dulce pidiéndome espacio para salir en la próxima parada. Si no hubiese visto lo que escribía aquella melena envidiable, habría pensado que estaba ante una viajera educada pese al agobio de verse en el 33 un miércoles a las dos de la tarde. Me equivocaba. Así que esto no iba de foreros amenazando al personal en pijama desde habitaciones con olor a calcetín acartonado. La gasolina del peor odio de internet también circula perfumada en buses a plena luz del día.
Sorprendió que el pasado 30 de abril, cuando se debatió en el pleno del Congreso la reforma constitucional para blindar el derecho al aborto, Vox eligiera para intervenir en el debate a Joaquín Robles, portavoz en la Comisión de Educación, y no a Lourdes Méndez Monasterio, de la Comisión Constitucional. El primero es licenciado en Filosofía y profesor de instituto: la segunda, doctora en Derecho y veterana activista contra la interrupción voluntaria del embarazo. Fue su radical rechazo a la misma lo que le hizo en 2015, cuando era diputada del PP, romper la disciplina de voto de su grupo para acabar años más tarde ocupando un escaño por Vox.
El viernes 1 de mayo, festivo, la Guardia Civil puso en marcha un complejo dispositivo para asaltar un buque mercante que, según la información recibida, podía transportar en sus bodegas un gigantesco alijo de cocaína. En esa tarde, plácida para muchos, ocho guardias civiles uniformados de oscuro, con cascos y chalecos antibalas, desembarcaron del buque Duque de Ahumada del instituto armado a bordo de una lancha que les llevó hasta el barco que supuestamente llevaba la droga. Fue una hora de travesía en la que el oleaje zarandeaba la lancha, según registró en un vídeo otra embarcación auxiliar que participaba en el operativo. Hasta que, por fin, se colocaron en el costado del barco sospechoso, bautizado Arconian. El carguero, con el casco pintado de verde y rojo, y de una longitud similar a la de un campo de fútbol, navegaba frente a las costas de Dajla, a antigua Villa Cisneros, en el Sáhara Occidental, y a 200 millas náuticas (370 kilómetros) al sur de las islas Canarias.
El pasado viernes, Julio Rodríguez, vecino de la Avenida del Mediterráneo 50, en el distrito Retiro, se despertó con una nueva calle frente a su edificio. Se había ido a la cama pasada la medianoche porque el ruido de los camiones no lo dejaba pegar ojo, algo que le sucede comúnmente desde que en febrero de 2025 comenzaron las obras del intercambiador de Conde de Casal, y estaba seguro de que hasta entonces debajo del balcón del piso en el que vive con su madre de 94 años solo había una explanada llena de contenedores y materiales de construcción. Pero no estaba soñando: ahí estaba la calle que todavía olía a asfalto caliente, con sus señales amarillas recién pintadas y un atasco que llegaba desde la M-30. “¿Cómo puedes levantarte con una nueva carretera frente a tu vivienda sin que nadie te hubiera informado?”, se pregunta. Como el resto de los vecinos, se enteró de casualidad por la prensa de que esa noche se había cerrado el túnel de Conde de Casal hasta febrero de 2027 y que de madrugada se había abierto un nuevo carril para que el tráfico pasara mientras tanto por la superficie.