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Empieza la semana grande de la literatura gallega. Es tiempo de lecturas, recitales, festivales infantiles, encuentros literarios… En los colegios e institutos, se organizan todo tipo de actividades. Ya sólo por este bullir creativo merece la pena. Resulta hermoso ver a una sociedad volcada celebrando su lengua, reivindicando el gallego como idioma vivo y creador, transmisor de historias y relaciones de afecto, recuperando universos literarios y acercando la riqueza de un patrimonio común.
“Mereces la silla eléctrica”. No hace mucho, mientras volvía a casa en un bus abarrotado, vi a una mujer teclear este comentario junto a tres emojis de fueguitos, como si enciendese tres proféticas hogueras. Me sorprendió la rapidez con la que dictó sentencia. Vio un vídeo poco trascendental sobre una persona famosa, tecleó sin pensar, como en un acto reflejo; guardó su móvil en su gabardina y me sonrío de forma dulce pidiéndome espacio para salir en la próxima parada. Si no hubiese visto lo que escribía aquella melena envidiable, habría pensado que estaba ante una viajera educada pese al agobio de verse en el 33 un miércoles a las dos de la tarde. Me equivocaba. Así que esto no iba de foreros amenazando al personal en pijama desde habitaciones con olor a calcetín acartonado. La gasolina del peor odio de internet también circula perfumada en buses a plena luz del día.
Sorprendió que el pasado 30 de abril, cuando se debatió en el pleno del Congreso la reforma constitucional para blindar el derecho al aborto, Vox eligiera para intervenir en el debate a Joaquín Robles, portavoz en la Comisión de Educación, y no a Lourdes Méndez Monasterio, de la Comisión Constitucional. El primero es licenciado en Filosofía y profesor de instituto: la segunda, doctora en Derecho y veterana activista contra la interrupción voluntaria del embarazo. Fue su radical rechazo a la misma lo que le hizo en 2015, cuando era diputada del PP, romper la disciplina de voto de su grupo para acabar años más tarde ocupando un escaño por Vox.

Si Andalucía fuera un país, sería una potencia media de la Unión Europea por superficie y población, con un peso comparable al de Portugal o Austria. Con su vasto territorio y sus 8,6 millones de habitantes, es una tierra de contrastes que ha vivido y vive en una inevitable dualidad: la oriental y la occidental, la del litoral y la del interior, la rural y la urbana, la mediterránea y la atlántica, la que sesea o cecea (o ninguna de las dos). Una tierra de desiertos, olivares, prósperos cultivos bajo plástico y una pujante industria aeronáutica y turística; que alberga la majestuosidad de la Alhambra o la Mezquita y 10 de los 15 barrios más pobres de España. Una tierra que busca con ahínco la modernidad sin dejar atrás su acervo cultural, que soslaya clases sociales o ideologías y en la que el laicismo y la religiosidad se entreveran sin conflicto. Pero, por encima de todo, es una tierra de luz.
El pasado viernes, Julio Rodríguez, vecino de la Avenida del Mediterráneo 50, en el distrito Retiro, se despertó con una nueva calle frente a su edificio. Se había ido a la cama pasada la medianoche porque el ruido de los camiones no lo dejaba pegar ojo, algo que le sucede comúnmente desde que en febrero de 2025 comenzaron las obras del intercambiador de Conde de Casal, y estaba seguro de que hasta entonces debajo del balcón del piso en el que vive con su madre de 94 años solo había una explanada llena de contenedores y materiales de construcción. Pero no estaba soñando: ahí estaba la calle que todavía olía a asfalto caliente, con sus señales amarillas recién pintadas y un atasco que llegaba desde la M-30. “¿Cómo puedes levantarte con una nueva carretera frente a tu vivienda sin que nadie te hubiera informado?”, se pregunta. Como el resto de los vecinos, se enteró de casualidad por la prensa de que esa noche se había cerrado el túnel de Conde de Casal hasta febrero de 2027 y que de madrugada se había abierto un nuevo carril para que el tráfico pasara mientras tanto por la superficie.
Cuando sonó la sirena en la calle frente a la sastrería del señor Kofi en Ikeja, Lagos, eso solo podía significar una cosa: la red eléctrica había vuelto. Su equipo había estado a oscuras casi todo el día porque se había acabado el combustible del generador. Kofi bromea diciendo que la NEPA —abreviatura local de la Autoridad Nacional de Energía Eléctrica, desaparecida hace tiempo, que en su día gestionaba la red eléctrica nacional— debía de saber que iba a recibir una visita, y que por eso “habían devuelto la luz”. Lleva 25 años al frente de su sastrería. La tienda se encuentra en la Banda A, la zona eléctrica de máxima prioridad de Nigeria, a la que se prometieron 20 horas de suministro eléctrico al día en virtud de la reforma tarifaria introducida en abril de 2024. El combustible para cubrir las carencias cuesta ahora alrededor de 1.300 nairas por litro (80 céntimos), frente a una media nacional de 1.034 nairas (60 céntimos) en enero, según la Oficina de Estadística de Nigeria.
No habrá un Tom Cruise que disfrute de vuelos rasantes sobre la playa de La Croisette de la patrulla acrobática de la Fuerza aérea francesa, como ocurrió en el estreno en 2022 de Top Gun: Maverick. Harrison Ford, o una estrella similar, no subirá las escaleras del Palacio de Festivales al ritmo de una melodía icónica, como hizo el mencionado en su despedida del arqueólogo del látigo en Indiana Jones y el dial del destino, en 2023. No se proyectarán las grandes películas animadas de Pixar, Disney o Universal. No habrá un desfile de modelos y celebridades al ritmo de las canciones del rey del rock como en 2022, cuando se proyectó Elvis. No vendrá un Quentin Tarantino a desplegar su enorme cultura fílmica como sí pasó en 2019 con Érase una vez en... Hollywood. En Cannes de 2018 se lanzó Han Solo: una historia de Star Wars. Mad Max: furia en la carretera dejó al público con la boca abierta en 2015, y su secuela, Furiosa: de la saga Mad Max, también se estrenó en el certamen, en 2024. Desde 2017, y aquel año se vivió como una excepción, Hollywood nunca había faltado a su cita en la Costa Azul. Hasta este mayo. Y tiene mal arreglo.
El caso Hartung (Netflix) es una serie como tantas otras, y eso es bueno y malo. En los seis capítulos de su primera temporada adaptaba el best-seller de Soren Sveistrup, creador de The Killing, otro del club de los guionistas que escriben sus libros para luego adaptarlos. En la serie, dos policías daneses investigan la muerte de una mujer a la que han amputado un miembro. En la escena del crimen, un muñeco hecho con castañas, clásico juguete popular, con las huellas de la hija de la ministra de asuntos sociales, una niña desaparecida meses antes. La dieron por muerta, pero…
Mientras en los despachos del Madrid se delibera si José Mourinho es la apuesta —y quién sabe si la última carta— para hacer funcionar una plantilla que consideran de calidad, la expectación crece por ver cómo reaccionará el Bernabéu el próximo jueves en el partido contra el Oviedo (21.30, DAZN) después de la rendición final en el Camp Nou. Habrá que ver si para este choque se encuentra disponible Kylian Mbappé, que se ha convertido en este desenlace de curso en un elemento de distorsión por sus ausencias, la última vía de fuga en una entidad que vive sus peores días en lustros. Ni siquiera Álvaro Arbeloa ocultó al concluir el clásico que desconoce si el delantero volverá a jugar esta temporada.
La noticia de la muerte es un trastorno violento y brusco al principio, y muy lento después. Uno siempre recuerda lo que dejó de hacer tras colgar el teléfono o recibir el abrazo, porque morirse es también el privilegio de parar el tiempo a los que se quedan. Hansi Flick, en cambio, se rebeló este domingo contra el reloj en uno de esos momentos tan extraños en los que el final de otro nos recuerda lo vivos que estamos. “Man muss die Feste feiern, wie sie fallen [Las fiestas hay que celebrarlas cuando llegan]”, dice el dicho alemán.