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La guerra de las palabras es el título de un libro del profesor de Historia y Asuntos Internacionales de las Universidad de Princeton, Harold James; un recorrido por un lenguaje político infectado, dice, de palabras “demonizadoras” y de otras que han alcanzado el límite de su utilidad. Palabras y más palabras que dejan de servir para entenderse en la tribuna del Congreso y en los bares con los amigos.
El cambio climático ha llegado al hemisferio norte. A la vieja Europa, con países habitualmente más preparados para el frío que para oleadas de calor frecuentes e intensas. El consenso científico comienza a asegurar que este verano será el más fresco que quede de nuestras vidas porque los que le sigan serán más abrasadores aún. No se trata de una excepción. Paradójicamente esta situación pilla a la opinión pública en una especie de “fatiga climática”, en la que, ante el volumen de otros problemas (guerras, tecnología, geopolítica…) el pacto verde europeo pierde fuerza.
El 10 de noviembre de 2019, la presidenta electa de la Comisión, Ursula von der Leyen, viajó de Bruselas a Berlín para entregarme el Premio Axel Springer por La era del capitalismo de la vigilancia. Parecía consciente de la importancia histórica de aquel momento en el que Europa era la única fuerza geopolítica capaz de frenar la caída precipitada hacia la distopía digital.

Una pareja imposible comenzó a convivir en enero de 2023 en un bajo de Carabanchel. María Sesma, 50 años, había conocido a través de las redes sociales a Jesús López, un hombre de 49 años, conductor de autobús, separado y padre de una niña de nueve años. Empezaron a quedar para pasear a sus perros. En esas caminatas, María le contó que era abogada, hermana de juez y que podía ayudarle a cambiar el acuerdo de separación para tener más horas con su hija. Él le pagó 1.600 euros. Pasado un tiempo, ella le recomendó que se trasladara a su casa, que era mayor que el piso en el que vivía él, y que eso le ayudaría a ganar puntos a la hora de conseguir más tiempo con su pequeña. Solo le cobraría 400 euros de alquiler y ella en breve se mudaría a otra vivienda en Sanchinarro. Aquel experimento acabó con María con la cabeza deformada y Jesús en prisión acusado de querer matarla.

Fa trenta anys va acabar la primera temporada de la veritable Succession catalana: Nissaga de poder. El dilluns 15 de juliol de 1996, en horari especial, es va emetre un capítol més llarg de l’habitual. En aquella ocasió no es veuria durant la sobretaula, com cada dia entre setmana i abans del programa de la Mari Pau Huguet, sinó després del Telenotícies nit. I com a l’escena prologal del primer capítol de la sèrie, tal com passaria dos anys després al final de la tercera i última temporada, no hi havia cap dubte narratiu sobre quin era el tèrbol nucli d’aquella història de crims i passions entre vinyes i llençols: la relació incestuosa que en el passat havien mantingut els dos protagonistes principals, els pèrfids germans Mateu (Jordi Dauder) i Eulàlia Montsolís (Emma Vilarasau). Aquell secret de família, que actuaria com el fet tràgic que condemnava el destí de la nissaga, també era la clau del que aquella nit els espectadors no van poder resoldre: un nou assassinat. No era el primer ni seria l’últim. No se sabria qui era l’assassí ni tampoc la víctima. O havia mort el fill de l’incest —l’Eduard Estivill/Montsolís, interpretat per Eduard Farelo— o l’odiós Fèlix Montsolís —el primogènit del Mateu, a qui el seu pare havia fet fora de l’empresa de caves perquè era un desastre i estava podrit per l’odi que neix de la manca d’estima. En tot cas, de morts, a la sèrie, en vam anar ben servits.
“Si te toca plaza en Mallorca te echas a temblar”. Pablo Rodríguez, portavoz de la Central Sindical Independiente y de Funcionarios (CSIF) del sector justicia, asegura que los tribunales de Baleares viven una crisis de personal porque encontrar vivienda en el archipiélago es como buscar una aguja en un pajar. La presión inmobiliaria está ahuyentando a los auxiliares, gestores y tramitadores procesales. Son la columna vertebral de la justicia. Pero con sueldos de entre 1.600 y 2.000 euros vivir en las islas se hace difícil; planear comprar una casa es construir un castillo en el aire.
Las palabras nunca están quietas, se mueven. Aunque hay quien intente mantenerlas inmóviles. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, firmó una orden ejecutiva en marzo de 2025 en la que designó el “americano” como el idioma oficial del país. El argumento resultaba sencillo: “Un idioma nacional es básico para una sociedad unificada y cohesionada”. Su retórica fue menos intensa que la de otro mandatario Theodore Roosevelt cuando, en una carta fechada en 1919, escribió: “Aquí solo hay espacio para un idioma, y ese es el inglés, pues pretendemos que esta prueba de fuego forme a nuestra gente como estadounidenses, de nacionalidad estadounidense, y no como residentes de una pensión políglota”. Trump no tardaría en rebautizar el Golfo de México como el Golfo de América.

Fue en una noche del verano de 2023 cuando a Pablo Jiménez, biomédico atraído por la revolución de la IA, se le ocurrió una idea que activaría su carrera como emprendedor. Trabajaba en una empresa de software y sabía lo difícil que resultaba localizar potenciales clientes, sobre todo en el sector industrial, reacio a dejar huella digital. Su solución consistía en entrenar un modelo de IA capaz de encontrar esas empresas.
Dos velocidades distintas marcan el paso del tiempo en el Waldorf Astoria. Una es la del histórico reloj comisionado por la reina Victoria para la Exposición Universal de Chicago de 1893, que despliega su imperial encanto en el callejón Peacock, conexión entre las avenidas de Lexington y Park. Con escenas deportivas talladas en sus costados y una estatua de la libertad en miniatura como pináculo, marca la hora para las llegadas y salidas de los huéspedes, da turno cada tarde al sonido del piano donde Cole Porter compuso Night and Day y delimita las reuniones de negocios que dominan las mañanas. Son las Waldorf en punto: turismo, arte y poder.
Los museos españoles nacen a finales del siglo XIX y surgen, por una parte, del coleccionismo real y aristocrático y, por otra, de los ideales de un grupo de intelectuales pertenecientes a la Institución Libre de Enseñanza, en un intento de democratizar y difundir la educación entre todas las clases sociales. Además, el patrimonio nacional sufrió una ruptura entre la cultura material —funcional, industrial, popular y anónima— y el arte, entendido en su dimensión simbólica, intelectual, elitista y autoral. Así, los tejidos y el textil, vinculados al trabajo de las mujeres, fueron relegados al primero de ellos, quedando desactivados en términos sociopolíticos.