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Lo mejor que se puede decir de la operación de desembarco en Tenerife de los pasajeros del MV Hondius, el barco que ha sufrido un brote de hantavirus, es que está procediendo con normalidad. La clave ha sido, y sigue siendo, la cooperación de las autoridades españolas con la Organización Mundial de la Salud (OMS) y los mecanismos europeos de protección civil, dos instituciones internacionales que utilizan la mejor ciencia disponible como guía para resolver las amenazas que plantean los virus emergentes en nuestra sociedad globalizada. Resulta lamentable que el procedimiento se haya visto empañado, y casi entorpecido, por una oposición política miope o malintencionada, con mención especial al presidente canario, Fernando Clavijo.
Thomas Hobbes creía que la verdadera fuente del poder no era la fuerza de los ejércitos sino la capacidad de controlar el lenguaje, de decir qué significa qué. Miramos el mundo con las palabras tanto o más que con los ojos. Una buena campaña puede convencer a la población de que una cosa ha ocurrido o una persona es de fiar, pero quien controla el significado de las palabras y la importancia de los hechos controla el razonamiento mismo. Esto ocurre porque el lenguaje no es un objeto real que existe en la naturaleza. Es un convenio, una herramienta imperfecta que nos sirve para comunicar intenciones y coordinar movimientos, pero no para describir el mundo exactamente tal y como es. “Tira las luces, las definiciones y di de lo que ves en la oscuridad —decía el hombre de la guitarra azul en el famoso poema de Wallace Stevens—, que es esto o que es aquello, pero no uses los nombres podridos”. Lo que importa es un álgebra social que depende del significado de las palabras y del valor de las cosas. Qué y quién merecen nuestra atención. Es el tema fetiche de nuestra santa Simone Weil, y de C. Thi Nguyen, uno de los pensadores más originales de mi generación.
No hace falta leer a Bourdieu para saber que, desde antiguo, la cultura ha funcionado como un marcador de clase. Con dinero puedes comprar un reloj Richard Mille como el que llevan los futbolistas o una mansión en Marbella. Sin embargo, pocas cosas exhiben más estatus que tener una librería alicatada hasta el techo con libros de La Pléiade. La propia noción de alta cultura funcionó durante cerca de tres siglos como una frontera invisible y el acceso a los tesoros de la literatura o de la música se administró, no pocas veces, con mano desleal.

La dramática aventura del crucero MV Hondius tiene una vertiente sanitaria respecto de la cual los ciudadanos apenas podemos hacer otra cosa que informarnos y confiar en nuestras instituciones. Pero tiene otra antropológica y política que vale la pena analizar. Todo lo que en los últimos días hemos aprendido sobre esta nueva amenaza —la existencia de los hantavirus, el carácter excepcional de la variante Andes, su baja morbilidad y su alta mortalidad— ha activado en nosotros la memoria reciente de la pandemia del coronavirus y reeditado temores muy radicales de los que aún no nos hemos curado, pues están demasiado cerca y forman parte además, me atrevería a decir, de la condición humana.
El 7 de mayo fui al desahucio de Mariano. 67 años. Su casa de siempre. La Iglesia lo echaba. Con ayuda policial. Fue la primera vez que vi un desahucio. Fui porque soy del barrio (La Latina), porque era el quinto intento, y porque Mariano podía ser nuestro padre, nuestro vecino, cualquiera de nosotros. Fui por empatía. Éramos mayoría mujeres jóvenes en aquel cordón. Frente a mí, un agente de la Policía Nacional llevaba atada una pequeña bandera de España en la porra. Le dije que me daba vergüenza ver la patria en una porra. Me miró. Y sonrió. Hay símbolos que no nos cubren a todos. Instituciones que no nos protegen a todos. Un pacto social que, al parecer, no nos incluye a todos. Al final, ni la Iglesia tuvo misericordia, ni el Estado tuvo vergüenza. Mariano sigue siendo de aquí. La pregunta es si este país todavía es de Mariano.

Durante su etapa (2018-2021) como jefe de gabinete de Pedro Sánchez, Iván Redondo (San Sebastián, 45 años) creó a su alrededor una ola de misterio y una “imagen rasputiniana”, como él mismo admite, que llevó a algunos dirigentes del PP —partido con el que ya había trabajado— a reclamar, en privado, una réplica en su cuartel general. Un lustro después de abandonar La Moncloa publica El manual (Contraluz) donde, a ratos, sigue siendo algo críptico —“Unos consultores son como el agua, otros como el calor. Algunos son una melodía y otros, el ritmo...”—, y en el que habla siempre de sí mismo en tercera persona. En el libro expone una versión de su recorrido que muchas veces no coincide con la de algunos de sus antiguos compañeros de palacio.

Cuando Pablo Neruda estaba en París en 1939 preparando la expedición del Winnipeg, el barco que llevaría a 2.200 republicanos españoles al exilio en Chile, se enteró de que Miguel Hernández había sido detenido por la dictadura franquista. Se dirigió entonces a Germán Vergara Donoso para que intercediera por el joven poeta de Orihuela. El diplomático chileno trabajaba en Madrid como encargado de negocios de la legación de su país. Era una persona conservadora, pero alejada del fascismo. Se implicó personal y profesionalmente. Envió comida y dinero al autor de El rayo que no cesa durante su encarcelamiento, ayudó a su mujer, Josefina Manresa, y se carteó con el ministro falangista Rafael Sánchez Mazas para pedir la conmutación de la pena de muerte a la que había sido condenado en un consejo de guerra el 18 de enero de 1940.




Al caer la tarde, una plaza cualquiera en Pekín es un hervidero. Después de cenar, que en China sucede en torno a las seis, la gente sale a tomar el aire, dar una vuelta y moverse un poco: el dicho popular habla de dar 100 pasos tras la ingesta para vivir 99 años. En una esquina de la calle Gongti Norte, a un paso del Estadio de los Trabajadores, sede del equipo local de fútbol, el Beijing Guoan, se congregan cada noche animados grupos de baile, ceñudos jugadores de ajedrez chino y aficionados al chasqueo de látigo. Más que una plaza, es un universo microscópico de gente corriente, un lugar idóneo para ―sin ningún rigor científico en un país que supera los 1.400 millones de personas― tomar el pulso a la cuestión política más candente: la visita esta semana a China del presidente de Estados Unidos, Donald Trump —se prevé que sea entre los días 14 y 15—. La temperatura es deliciosa, decenas de personas se juntan bajo los plátanos y la música de baile empieza a sonar.
Los países de la OTAN más expuestos a la amenaza rusa observan con preocupación el alejamiento del garante de la seguridad europea. El desdén del presidente estadounidense, Donald Trump, hacia los aliados, con anuncios como la retirada de 5.000 soldados de Alemania, hace sonar las alarmas en las capitales del flanco oriental de la Alianza. Temen que la crisis del vínculo transatlántico cuestione el principio básico de defensa mutua y envíe un mensaje de debilidad del que Moscú tomará buena nota.
El estrecho de Gibraltar concentra el 10% del tráfico marítimo mundial. Algunos cálculos cifran en más de 100.000 los mercantes que lo cruzan cada año. A eso habría que añadir los veleros, los ferris que conectan Europa con África, el trasiego de las narcolanchas, la flota pesquera, las pateras y hasta los barcos turísticos dedicados al avistamiento de ballenas. Tanto motor emitiendo ruido debe tener consecuencias. El seguimiento a decenas de ballenas piloto de aleta larga (Globicephala melas) muestra ahora que elevan el nivel de sus vocalizaciones para superar la contaminación acústica. Sin embargo, el trabajo, publicado en el Journal of Experimental Biology, también desvela que no logran incrementar sus decibelios por encima de los generados por los humanos.