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Después de tirar del pelotón durante un buen trecho, de imponer un ritmo que desmigó al grupo y que seleccionó a los más fuertes y también a los más rápidos para el primer sprint de la Volta, Marc Soler (Vilanova i la Geltrú, Barcelona; 32 años) aparece por el bar del hotel Eden Roc de Sant Feliu de Guíxols con el chándal del equipo, ataviado con gafas y desprendiendo un olor similar al linimento, toda vez que ya ha pasado por la sesión recuperadora de masaje antes de cenar. “Nada, nada, no estoy cansado. Solo ha sido un ratito”, resuelve el ciclista del UAE con una amplia sonrisa que acompaña con un discurso pausado y razonado, lejos de esa imagen de persona arisca que se le ha atribuido.
Cuando el fotógrafo se disculpa por si no le estará haciendo adoptar alguna posición incorrecta, Imre Dobos sonríe lobunamente y la sonrisa se refleja en la guarda de su sable: como con Chuck Norris (Rip), con él no existe la posibilidad de un gesto de combate que no sea absolutamente preciso, perfecto. Imi Dobos (Budapest, 67 años) es maestro de esgrima, fundador de la Escuela Húngara de Esgrima de Barcelona, que cumple 30 años, y un acerado experto que ha dedicado toda la vida a la búsqueda de la excelencia con su arma y que ha enseñado a más de 10.000 personas los secretos de su disciplina. Alto y atractivo es un hombre amable y tranquilo aunque en el fondo de sus ojos de gato percibes una extrañeza magiar y una alerta; que no baja la guardia vamos.
“Sois unos ‘heteruzos’ de mucho cuidado”. Candela Peña llegó a su nueva cita con La revuelta y, como siempre, dijo mucho más que esas seis palabras juntas, porque es verborreica, expansiva y una risa con piernas. Cada vez que aparece, le da un tiempo bárbaro a decir y a hacer infinidad de cosas; de paso nos sacude a todos un rato con su discurso y, como si todo eso fuera poco, adopta divinamente el papel de madre cansada de repetirle al niño que tiene que recoger su habitación.
La oscuridad tapa la vergüenza y democratiza los cuerpos que se mueven por el Búnker, la discoteca más grande de este Berlín imaginario. Pero podría ser cualquier club de cualquier otra localidad del mundo. Ya lo decía Nik Cohn en los setenta, en el artículo que inspiró Fiebre del sábado noche (1977), da igual si eres carpintero, si sabes vestirte o bailar bien encajas de lujo en la pista, no importa tu contexto. En estos circuitos se encuentra Nilab —estilado Nila, sin la b, para ocultar sus orígenes—, una post-adolescente que aún en la época actual, encuentra su mimesis en la vida y metamorfosis de Kafka, porque “¿quién iba a entender mejor las vicisitudes de un hombre atrapado en el cuarto de la infancia, bajo una apariencia deshumanizada, que una niña afgana intentando salir adelante?”.

Dieciocho metros cuadrados. Una cama individual, una cocina mínima, una mesa, un armario pequeño, una nevera (también pequeña), una lavadora y hasta un piano. Todo en un único espacio. Para muchas personas ese escenario sería sinónimo de estrechez, renuncia o precariedad. Pero para la comunicadora y experta en finanzas personales Cristina Dayz (Barcelona, 1993), que acaba de publicar el libro Aprende a gastar (Aguilar, 2026), supuso justo lo contrario, una liberación. La experiencia de Dayz, que vivió dos años en ese espacio, podría parecer anecdótica, pero condensa una idea cada vez más presente en el debate contemporáneo sobre el consumo y el bienestar: la posibilidad de que la felicidad no esté en acumular, sino en simplificar.


El vehículo eléctrico contó el año pasado con un par de incentivos que afectan a la campaña de la renta que acaba de empezar. Se trata del ya extinto Plan Moves 2025, que murió el 31 de diciembre —será sustituido en el presente ejercicio por el Auto+—, y la deducción de un 15% en el IRPF sobre una base máxima de 20.000 euros —se ha prorrogado para 2026—. El primero de ellos fue un programa criticado por todo el sector por sus largas colas de espera, que hacían que el usuario tuviese que esperar de media entre uno y dos años desde el momento de la compra para recibir la ayuda.

De frente tiene forma de embarcación, se encuentra a orillas del río Manzanares y fue ideado como lugar de esparcimiento para los madrileños en los años treinta. Fue la primera playa artificial de España —conocida como la playa de Madrid—, inaugurada en 1932 en el Monte del Pardo y concebida para democratizar el descanso veraniego mediante un espacio público. Un lugar con arena fina, donde tomar el sol en tumbonas o resguardarse del calor bajo las sombrillas, nadar o practicar deportes acuáticos en un embalse de 80.000 metros cúbicos de agua procedente del Manzanares. El complejo deportivo, que ocupaba unas 22 hectáreas, fue diseñado por el arquitecto Manuel Muñoz Monasterio —coautor, junto a Luis Alemany Soler, del antiguo estadio Santiago Bernabéu y de la plaza de toros de Las Ventas—. Para los madrileños, aquello era tener playa. La alegría duró poco: llegó la Guerra Civil española y la mayor parte del complejo fue destruido. En 1947, Muñoz Monasterio lo reconstruyó, adaptándolo a la estética de la dictadura.


Sabemos que han pasado por aquí por la polvareda que levantan al cruzar a la carrera las cartas de los restaurantes. Al primer aviso de primavera en el horizonte, todo el mundo corre a ser el primero en servir tirabeques, habitas tiernas o guisantes lágrima, como si la primavera fuese un tren que sólo pasa una vez en la vida.
Las negociaciones entre Iberia y los representantes de sus trabajadores encaran la recta final para acordar las condiciones del expediente de regulación de empleo (ERE) de carácter voluntario con el que se prevén hasta 996 bajas, el 9,4% de una plantilla de 10.568 trabajadores. La empresa ofrece 35 días por año trabajado a los menores de 60 años (a 31 de diciembre de 2026) que pidan salir. El límite para la baja incentivada, explican fuentes cercanas a las conversaciones, es de 30 mensualidades (dos años y medio) y el mínimo, de una anualidad.
Hay un tipo de local que todo el mundo dice amar, pero casi nadie sabe gestionar. El sitio donde el mismo grupo de jubilados toma cada día el café de las nueve, los vecinos bajan a por un bocata de tortilla francesa a media mañana, puedes tomar un vermut y unos berberechos en la terraza al sol, para comer tienen buenos guisos o un plato del día con pan, bebida y helado y por la noche te puedes tomar un vino rico por 15 euros la botella (o pegarte un homenaje con un champagne francés tres veces más caro si es lo que te apetece). Bodega Josefa, en el barrio del Farró de Barcelona, reabrió hace dos semanas la persiana que había cerrado hace ocho meses exactamente con ese espíritu.
