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La salicornia es la versión botánica de La fierecilla domada (The Taming of the Shrew, según el título original de la comedia de William Shakespeare). Esta planta halófila (que vive en terrenos con sales abundantes) conquistó las marismas de Isla Cristina (Huelva), un espacio natural protegido que se inunda por las aguas del mar durante la marea alta y donde es ardua la vida vegetal. Allí también nació y creció Manuel Díaz Cárdenas, técnico forestal de 57 años que compagina su devoción por la naturaleza con su amor por la vida humana como experto en salvamento marítimo y voluntario. Allí se enamoró de esta planta salvaje, denostada históricamente en la zona, pero con propiedades culinarias y saludables demostradas. Díaz Cárdenas se empeñó en domar esta especie, milagrosa por los terrenos imposibles donde crece y por sus propiedades. Lo ha conseguido y su trabajo ha llamado la atención de The Smithsonian Institution, responsable del mayor complejo educativo, museístico y de investigación del mundo.


Hay un rasgo común en todo régimen autoritario y todo nacionalismo expansionista, y es la voluntad de reescribir la Historia para manipularla con el fin de afianzarse en el poder y hostigar a quien se le resiste. Vladímir Putin ha aplicado desde que hace 26 años llegó a la presidencia de Rusia la máxima orwelliana según la cuál “quien controla el pasado controla el futuro, y quien controla el presente controla el pasado”, y en los últimos días la ha llevado varios pasos más allá. Putin ha renombrado la academia de los servicios de seguridad rusos (FSB) en honor de Félix Dzerzhinski, padre de la temida Cheka, la antecesora directa del KGB. Coincidiendo con esta decisión, las autoridades rusas han inaugurado una exposición donde acusan a Polonia de “rusófoba”, y lo hacen precisamente en Katyn, un lugar donde en 1940 Stalin, tras pactar con Hitler, trató de aniquilar a toda la elite social, intelectual y militar polaca. Con el homenaje a la siniestra policía política de Stalin y el borrado de los crímenes de la época soviética, el presidente ruso trata de justificar lo injustificable para que los rusos acepten la represión pasada, y la presente, ante una fantasmagórica amenaza a la supervivencia del país proveniente del exterior.
El 31 de mayo de 2011, un año antes de que Corinna Larsen, los elefantes de Botsuana y el balbuceante “lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir” marcaran el principio del fin de su reinado, Juan Carlos I, el pez más gordo de la pecera patria, empezó a morir por su propia boca. Ese martes, el aún incuestionable e incuestionado rey de España se encaró con los estupefactos periodistas que cubrían una audiencia rutinaria en La Zarzuela y les espetó a cámara: “A vosotros lo que os gusta es matarme y ponerme un pino en la tripa todos los días”. Andaba el hombre maltrecho ante su sexta operación de chasis y las especulaciones sobre su salud le sacaron de sus reales casillas hasta el punto de desenfundar la escopeta, sin calcular que la vieja táctica de matar al mensajero le saldría por la culata. El resto es Historia de España.
Nos importan mucho los datos. Tanto, que muchas veces trabajamos con algunos que todo el mundo sabe que son falsos, como las audiencias de televisión, o deliberadamente confusos, como las cifras oficiales de denuncias falsas por violencia de género.
Hay algo aún mejor que una buena pelea en internet: una buena pelea filosófica. Los dilemas ficticios nos permiten usar toda nuestra artillería discursiva sin que nadie salga herido, aunque cuando discutimos sobre una cosa solemos estar discutiendo sobre todas las demás. En las últimas semanas hemos asistido al nacimiento de un nuevo problema que ha interesado a cientos de miles, si no millones, de personas. La cuestión llevaba unos años circulando por los foros, y recuerda al dilema del prisionero o el del tranvía con reminiscencias de esa escena de Matrix donde Neo debe elegir una pastilla. Funciona como un experimento en sí misma, porque al plantearse la pregunta en forma de votación, los usuarios la resuelven.

Los argumentos para optar por Keir Starmer nunca fueron idealistas. Eran pragmáticos.
A nadie le gusta convertirse en contenido para memes, pero al presidente de Canarias, Fernando Clavijo, le ha sentado especialmente mal. Este martes aún se lamentaba en el Parlamento autonómico —“es un día triste para Canarias, para la democracia y para mí”—, un día después de quejarse de que el Gobierno central le había ridiculizado y llevado “a la anécdota y el meme”. Pero es que, claro, la anécdota y el meme venían de que había intentando convencer al Ministerio de Sanidad de la posibilidad de que unas ratas escaparan del MV Hondius y llegaran a nado a la costa española, dispuestas a propagar el hantavirus y dar inicio a una nueva pandemia. Todo porque se lo había dicho “la inteligencia artificial de un buscador de la web”, según contaba Carlos E. Cué en su crónica del sábado.

Las causas judiciales relacionadas con el narcotráfico a gran escala y el blanqueo de capitales asociado a estas organizaciones criminales crecieron un 32% solo entre 2023 y 2024, según cifras de la Fiscalía Antidroga. “Un dato revelador”, dice la Audiencia Nacional, en su propuesta para extender sus competencias de modo que pueda combatir más eficazmente este fenómeno.
Parte con todas las encuestas en contra, pero no se permite ni un segundo de desánimo. La exvicepresidenta del Gobierno y candidata socialista a la presidencia de la Junta de Andalucía, María Jesús Montero (Sevilla, 60 años), apura una campaña en la que se han volcado Pedro Sánchez e históricos del PSOE como Manuel Chaves y Carmen Romero para reivindicar las siglas y llamar a ese electorado que se moviliza en las elecciones generales y no en las autonómicas. Por encima de todos los mensajes, Montero subraya uno: el próximo domingo “los ciudadanos se están jugando los servicios públicos”. Las políticas del PP y Vox, dice, “son indistinguibles”.


Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 75 años) avisa desde el inicio de la entrevista: “Yo nunca he pretendido ser fotógrafo. Solo era un tío que tiraba fotos”. La conversación, en el bar del hotel Palace de Madrid, con un café y un vaso de leche de por medio, se jalona de un profundo respeto hacia el fotoperiodismo y el escritor (antes periodista) y académico de la RAE revela cierto síndrome del impostor, pese a que ahora PHotoEspaña expone su trabajo.
