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El verano de 2010 mi madre mutó en forofa de La Roja. Digo mutó porque el fútbol, ese tostonazo que le trastocaba los horarios de la tele todos los santos miércoles y domingos, la aburría soberanamente, pero las razones de una madre son sagradas y la mía, ese año, tenía una poderosísima para comerse sus palabras. Mi hermano Raúl, su pequeño del alma, un aparejador condenado al paro sine die por la burbuja inmobiliaria, lo había empezado abriendo un bar de copas para intentar salir del hoyo, y el fútbol se había convertido en el mejor reclamo para llenarlo hasta la bola de fieles que acudían a ese templo a adorar una pantalla gigante. Mi madre, que del balón no sabría ni papa, pero de tonta no tenía una cana, entendió de inmediato las reglas del juego. Un gol propio significaba otra ronda para mojar la euforia. Uno ajeno, otra para templar la rabia. Una derrota, otra para ahogar las penas. Y una victoria, directamente, triplicar la caja. Por todo eso, para el verano del Mundial de Sudáfrica, mamá era ya más futbolera que Shakira. Iba con España, claro, pero hubiera ido con el mismísimo diablo para que su niño facturara el máximo. Como que vio la final vestida con una camiseta de La Roja, cantó el gol de Iniesta que ríete tú de Juan Carlos Rivero y no bajó a bañarse y bailar el Waka, waka a la fuente del barrio porque una cosa es sacrificarse por los hijos y otra hacer el ridículo delante las vecinas.
Lo que sucede en Cataluña no es novedad, se repite encuesta tras encuesta: los pulsos políticos están cambiando. Los resultados de la última encuesta del CEO de la Generalitat sitúan a Aliança Catalana como tercera fuerza, aunque entre líneas se puede intuir que puede ir a más. Su líder, Sílvia Orriols, que se siente actriz protagonista, se hace eco: “El día después de la encuesta del CEO, Junts anuncia que reactiva la comisión encargada de sancionarme por atacar el velo islámico en el Parlament. La venganza es un plato que se sirve frío, amigos, os quemaréis”. No le faltan razones para estar eufórica.
Tienen algo más de 100 metros cuadrados cada una. Y, repartidos entre dos plantas, tres dormitorios, una cocina equipada y un pequeño patio. El valor comercial es de alrededor de 180.000 euros, pero la promotora inmobiliaria malagueña Arkipromo sortea dos casas con estas características a cambio de papeletas de 10 euros. Los inmuebles se encuentran ya construidos y listos para vivir en el casco urbano Cuevas del Becerro (Málaga, 1.617 habitantes), municipio a 20 minutos de Ronda y una hora de la capital malagueña, donde el precio de la vivienda se encuentra en su máximo histórico. La rifa, abierta desde este miércoles y hasta el próximo 1 de octubre, ha empezado con más de un millar de participaciones vendidas en sus primeras horas, según fuentes de la compañía. Habrá un total de 200.000 boletos, que solo podrán ser adquiridos por personas físicas mayores de edad residentes en España.
De la Odisea nos separa el abismo de los siglos y nos une la humanidad común. Adaptar el poema de Homero en el siglo XXI, como ha hecho Christopher Nolan en una superproducción que se estrena este viernes, supone un viaje a Ítaca muy complejo. El desafío no tiene que ver con la exactitud histórica para reconstruir un periodo, una obra y un autor que plantean más preguntas que respuestas, ni con que la actriz negra Lupita Nyong’o encarne a Helena de Troya —algo que ha irritado a Elon Musk y a otros ultraderechistas, que ignoran profundamente todo lo que aquel poema significa—. El gran problema a la hora de adaptar la Odisea consiste en hacer tolerable el abismo cultural que nos separa de lo que el gran helenista Moses Finley llama en El mundo de Odiseo (Fondo de Cultura Económica) “la edad de los héroes” de la cultura griega, cuando fue compuesto ese poema. Los héroes homéricos forman parte indudable de nuestro substrato cultural; pero provienen de un mundo de esclavos y espadas, de sangre y brutalidad.

Nadie discute que Brunete es un pueblo. Estamos en el oeste de la región de Madrid, a 30 kilómetros de la Puerta del Sol, donde esa palabra, pueblo, molesta en otros municipios vecinos más grandes, pero la gente de Brunete la usa, unos con orgullo y otros con resignación. Aquí viven 11.287 personas. No hay centro comercial, ni cines, ni discotecas y el Mercadona cerró hace cinco años para reubicarse en el municipio colindante de Villanueva de la Cañada, más poblado y más rico. Fue un golpe para los brunetenses. El alcalde trató por todos los medios de parar aquella huida e incluso pidió una reunión en Valencia con Juan Roig, el presidente de esos supermercados, pero fue en vano.




Miércoles a primera hora de la mañana en un hotel madrileño. El cineasta palestino Basel Adra, ganador del Oscar por el documental No Other Land, cumplió el lunes 30 años esperando horas de colas en puestos fronterizos y atravesando controles (“Es inhumano, es otra herramienta contra los palestinos”, describe) para poder participar en la Conferencia Ministerial, coorganizada por los ministerios de Cultura de España y Palestina, que se inauguró en el Museo del Prado ayer por la tarde, y en la que más de 30 delegaciones internacionales firmarán una declaración para la reconstrucción de la cultura palestina. Gracias a su estatuilla y al recorrido de su película, Adra es uno de los rostros más visibles de los artistas dentro y fuera de su país, porque además sigue viviendo donde nació, en Al Tuwani, pedanía de Masafer Yata, una inhóspita zona del sur de Cisjordania retratada en su filme. “Me reconocen en todos los puestos israelíes, eso me da miedo”, confirma. Serio —aunque sonreirá cuando se hable de fútbol y de su hija de año y medio— y acompañado de su esposa, Adra se sienta a charlar. Solo realiza una petición: que la mesa elegida sea en la zona más silenciosa porque habla bajo y en tono grave.


Han pasado 20 años desde que el 6 de julio de 2006 Aquí no hay quien viva echara el cierre a la portería de Desengaño 21. Sus vecinos nunca vivieron la larga crisis económica, la covid, una guerra en Europa y tres presidentes del Gobierno. YouTube entonces daba sus primeros pasos, y el streaming era un palabro que ninguno habría entendido. Aun así, la serie hoy domina a la perfección las nuevas pantallas y logra un hito difícilmente equiparable: sus cinco temporadas están disponibles en las siete principales plataformas de televisión en España. Allí, e incluso solo con los datos de cuatro de ellas, sus capítulos acumulan un promedio mensual de 5,9 millones de espectadores únicos en streaming, como detalla un barómetro de la consultora Barlovento Comunicación.
“Me han dicho que la primera vez que lancé la pelota por encima de la red fue a los 18 meses”, escribe Conor Niland (Birmingham, 45 años) al comienzo del muy apreciable Contra las cuerdas (Editorial Contra), un libro biográfico sobre su experiencia como tenista profesional. Entre 2000 y 2012, cuando se retiró debido a una lesión, Niland fue cabeza de ratón y cola de león al mismo tiempo. Por un lado era el mejor tenista irlandés de su generación, lo que le llevó a líderar cinco años el equipo de la Copa Davis. Por otro, ser el número 1 de Irlanda en tenis no significa gran cosa. En el ranking que puntua a los tenistas de uno para abajo, Niland, en su mejor momento, solo llegó al 129. Y unicamente los 100 primeros ganan lo suficiente como para vivir con holgura.