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El ataque a Irán iba a ser cosa de unas semanas, cada día se anuncia que Irán ya ha sido destruido (deben de reconstruirlo por la noche), pero resulta que ahora el dinero no les llega. El Departamento de Defensa de la Casa Blanca, que el aspirante a Nobel de la Paz ha renombrado Departamento de Guerra, acaba de pedir 200.000 millones de dólares. Su secretario, Pete Hegseth, lo ha argumentado así: “Hace falta dinero para matar a los malos”. Yo siempre lo he dicho, si es que solo es cuestión de dinero. Y no les quiero ni contar el que hace falta para que vivan los buenos, sobre todo si los buenos quieren vivir bien. Porque los buenos, por ejemplo, comen langosta. Yo la he comido una o dos veces en mi vida, así que muy bueno no debo de ser. Pero según la plataforma de transparencia Open The Books, solo en septiembre, último mes del año fiscal, Hegseth se fundió 93.000 millones, cifra histórica, la mitad de lo que pide ahora. Y una parte fue en cosas como un piano de cola Steinway & Sons de 98.000 dólares para la casa de un mando de aviación. Es verdad que en un momento dado puede usarse como arma de guerra, lanzándolo desde el aire, pero hay otros dispendios menos comprensibles: en un mes, 6,9 millones de dólares en langosta y dos millones en centollos reales de Alaska. Ni Departamento de Guerra, ni de Paz, mejor Departamento de Crustáceos. Además Trump es de color naranja, le encantaría. En todo caso el nombre está disputado, porque también se les fueron 124.000 dólares en máquinas de helados y 139.000 en dónuts. No puedes evitar imaginar a Homer Simpson sentado ante los mandos de la guerra de Irán. Aunque Pete Hegseth, exmarine y expresentador de la Fox, es uno de esos individuos que ahora, y no importa cuándo lea esto, está haciendo flexiones, y seguramente enfadado, siempre está enfadado.

El Palau de la Virreina està massa ben proporcionat per comparar-lo amb el castell del vampir tortuós on Mark Fisher denunciava que s’havia reclòs la cultura política de l’esquerra contemporània, que et xucla les ganes de viure a força de culpa i linxament moral. Però pujo la doble escalinata d’aquesta joia de l’arquitectura civil catalana, a la part alta de la Rambla de Barcelona, i penso que el fantasma de Fisher podria flotar molt a gust entre aquests murs, ell que deia que el present està embruixat pels futurs que se’ns van prometre però mai van arribar. Sigui com sigui, el seu esperit és prou poderós per fer que passin coses un divendres primaveral a les set de la tarda: no queda ni una cadira lliure a la sala d’actes de la Virreina per assistir a la sessió de Desig postcapitalista, un cicle de conferències que homenatja el curs homònim que Fisher no va poder acabar perquè es va suïcidar. Entre el públic reconec acadèmics, polítics, poetes i podcàsters, la majoria és jove i milita en una estètica vagament desafecta que em transporta als anys en què vaig estudiar a la Facultat de Filosofia de la UB, al Raval. A mitja conferència, la politòloga Alícia Valdés diu: “Totes coneixem la frase que es diu que és de Jameson, que també es diu que és de Fisher, que després es diu que és de Žižek, la de “és més fàcil imaginar…”, uix ara tindré un lapsus… bé, ja ho sabeu, la frase”.

Ya hace tiempo que en los palacios del poder se sabe que la fiscal superior de Madrid no traga al fiscal general del Estado, así que esa mañana temprano, cuando Álvaro García Ortiz la llama por teléfono hasta seis veces seguidas y le envía un torrente de mensajes de texto, Almudena Lastra no le responde, sino que termina de arreglarse y a eso de las 8.30 sale de su domicilio y se dirige en coche al despacho. La noche anterior, cuando su jefe de prensa le advierte, muy nervioso, de que García Ortiz anda removiendo Roma con Santiago para tratar de desmentir una noticia falsa que ha puesto en circulación el diario El Mundo, Lastra le responde: “Tranquilo, Íñigo, apaga el teléfono y vete a dormir”.
La cita para esta entrevista, al principio, estaba fijada a mediados de febrero en un hotel de Berlín. La escritora Arundhati Roy (Shillong, India, 64 años) estaba invitada a la Berlinale, el festival de cine, con ocasión del estreno de la versión restaurada de In Which Annie Gives It Those Ones (en el que Annie la monta, sin traducir al español), un popular telefilme de 1989 cuyo guion ella escribió y en el que actuó. A última hora, y estando en París a punto de subirse al avión hacia Berlín, vio que, en una rueda de prensa el cineasta alemán Wim Wenders, presidente del jurado, y otros miembros del cónclave eludían las preguntas sobre Israel y Gaza. “Me sorprendió que personas tan inteligentes tuviesen miedo de decir cualquier cosa sobre Gaza”, recuerda Roy. Y anuló el viaje y la entrevista.
Son las nueve de la noche, acaba de llegar la luz después de 17 horas en la casa de Santo Suárez, en La Habana, y el escritor Rodolfo Alpízar enciende la vieja computadora y busca fotos de otras épocas. “Tengo muy pocas”, se disculpa. Conserva una imagen de sus tres meses de nacido, en 1947; un recorte de periódico de su paso por la antigua escuela de Letras, de 1970; una de cuando se fue a la guerra en Angola, en 1976; e incluso otra del momento en que el fallecido exministro de Cultura, Rafael Bernal, le coloca una medalla en el pecho. No hay imágenes de cuando se fue a recoger café al Oriente, ni de los cortes de caña, ni de los trabajos voluntarios, las donaciones de sangre, de su paso por las Fuerzas Armadas como fundador de las tropas coheteriles antiaéreas, o de su rol como delegado del Poder Popular. Es decir, no hay un retrato que capte todo lo que le entregó a Cuba. “He hecho cuanto creí que me correspondía como hombre de la Revolución”, dice. “Y no me arrepiento, porque creí en lo que hacía, y porque nunca mis convicciones me llevaron a hacer mal a nadie”.
La guionista Gaba Agudo Adriani buscaba con el GPS la casa de una amiga en Caracas cuando acabó frente a una calle cerrada por uniformados y controles. Tardó varios segundos en entender no solo que allí vive Delcy Rodríguez, sino quién es ahora Delcy Rodríguez. Ese instante de desconcierto resume bien una sensación común ante el nuevo momento del país. Después de años atrapada en la espera del cambio, Venezuela ha entrado en una nueva etapa sin que sus ciudadanos terminen de saber dónde están parados. La realidad se movió de golpe, pero sigue envuelta en una mezcla de optimismo e incertidumbre. Algo cambió: lo difícil es definir cuánto, hacia dónde y por cuánto tiempo. Aunque sí parece irreversible.
En la recta final de marzo no es mala cosa elevar la mirada al deambular por las calles, porque de los poyetes de las ventanas y entre los barrotes de los balcones asoma mucha belleza. Como la de varias plantas suculentas que no se detuvieron en el invierno y prosiguieron la marcha para crear tejidos nuevos, hojas lustrosas e incluso flores. En este grupo hay un género muy amplio, con gran cantidad de especies: los sedos.

Manuel Filiberto de Saboya, Pablo de Grecia, Luis Alfonso de Borbón. Los tres son los jefes de sus dinastías y forman parte de una larga lista de casas históricas que ya no reinan, pero que siguen siendo protagonistas de la actualidad: ocupan titulares en medios y también horas de televisión, y comparten tiempo y actos con miembros activos de realezas europeas. Son los máximos representantes y pretendientes a ocupar el trono en países donde las repúblicas llevan instaladas y consolidadas desde hace décadas, e incluso siglos. No tienen pretensión de reinstaurar las monarquías; aunque algunos lo han soñado.
La escena se repite cada vez con más frecuencia. Un hospital que opera en zona de conflicto es bombardeado y los responsables del ataque aseguran que la instalación había dejado de ser neutral. No presentan pruebas independientes, nadie ha verificado que se cometieran actos hostiles entre sus muros, pero el mensaje se impone: si un centro sanitario alberga al enemigo, deja de ser un espacio protegido. Y así, lo que el Derecho Internacional Humanitario tipifica como crimen de guerra —el bombardeo de un hospital— pasa directamente a presentarse como una operación legítima.

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