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Primera novela del mago Pynchon desde Al límite (2013) y, a juzgar por su edad provecta, presumamos que la última. Y sí, era de prever que el calado de esta entrega fuese menor que el de sus míticas obras maestras, La subasta del lote 49 (1966), El arco iris de gravedad (1973) o Mason & Dixon (1997), amparadas casi todas ellas por la más ortodoxa estética de la posmodernidad, y no cabía a estas alturas esperar nuevos trucos. A oscuras, sin embargo, es una extraordinaria criatura pynchoniana, promiscua y miscelánea como sus antecesoras, una fiesta concurrida y pasada de vueltas que actúa de caja de resonancia de su obra entera, a la que no alude de forma explícita o desde la tentación de la autoparodia sino con la traviesa intención de despedirse de ella involucrando a su lector, que pronto entiende que le ha sido encargada una labor detectivesca, la de seguir las pistas que en el texto han ido dejando las novelas anteriores.

Son muchas las vidas que ha tenido Safo desde la Antigüedad hasta nuestros días. Si según Christine de Pizan, en La ciudad de las damas, a la muerte de Platón encontraron bajo su almohada unos poemas de Safo, seguro que Lawrence Alma-Tadema se inspiró en la lírica de Alceo cuando pintó a la bella Safo con cabellos ceñidos de violetas y dulce sonrisa. Aristóteles alabó su don de palabra y Ovidio nos recuerda que ella misma se lamentaba de no ser bella, de baja estatura y de piel morena. Muchos han visto en ella a la verdadera reveladora del amor en Occidente, “esa pequeña bestia dulce y amarga”; otros se han valido de su figura en la reivindicación de la igualdad de género. Quizás es ahí donde hallamos más usos y abusos de la poetisa de Lesbos, para unos una tríbada impúdica amante de mujeres que debería arder toda la eternidad en el infierno, para otros la sacerdotisa de un culto que propagaba la revolucionaria y justa idea de que ni se nacía mujer ni se llegaba a serlo si una no quería. Ambos extremos nada tienen que ver con la realidad.

Preguntas. La casera ha descontado dinero de la fianza y lo justifica diciendo que como no subió en los años anteriores el alquiler se redime. También ha descontado el importe (sin aportar las facturas, solo con unas fotos que hizo de lo que iba a comprar) de cosas que tiene que reponer. Estoy reclamando, ya que no es justo que se quede el dinero de esa manera. A. Boreal
La tarta de manzana se puede hacer de mil formas: clásica, moderna, a la americana, tatin, en crostata… pero hay un formato que nos entusiasma por ser extremadamente crujiente: el pastis gascon. Esta fórmula francesa, que se llama así por venir de la región de Gascuña, une el refinamiento de su masa con la extrema sencillez de su relleno, que lleva poco más que manzana, mantequilla y azúcar.
Unas son de madera. Otras están elaboradas con chapón, corcho o palillos. Algunas tiran de papel, cartulina y pegamento. También hay yeso, plástico e incluso impresión 3D. En tiempos de imágenes digitales, renders e inteligencia artificial, las maquetas de arquitectura parecen elementos del pasado, pero están vivas. Su vigencia sigue intacta. Sirven para explicar el proyecto al cliente y al constructor al tiempo que permiten al arquitecto analizar la obra, sus fases, sus espacios. “Construirla te levanta del ordenador, frena el tiempo y te permite pensar”, cuenta Álvaro Carrillo quien ha reunido una treintena de estas construcciones a escala en el Museo y Centro de Arte Contemporáneo de Málaga (MuCAC) en la exposición Archipiélagos. Arquitectura sin centro, en la que ejerce de comisario. Una muestra que se puede visitar hasta el 30 de agosto y que sirve, además, para conocer cómo una joven generación de estudios nacionales explora los límites de la arquitectura y experimenta con materiales a partir de presupuesto ajustados y conceptos como la sostenibilidad. Equipos que entienden la profesión desde la colaboración, islas con biodiversidad propia pero conectadas entre sí por el mismo ecosistema.
En principio, no hay nada extraño en que Aitana Sánchez-Gijón (57 años) salga con Maxi Iglesias, 22 años más joven que la actriz. O que Carmen Lomana, de 77, haya declarado recientemente en la revista Woman: “Me gustan los hombres más jóvenes, con los de mi edad no me pongo ni al teléfono porque me aburren en general”. Estos hechos han dado para artículos y tertulias televisivas, en los que todo el mundo normaliza que las mujeres maduras puedan emular la trama de El graduado (1967).
En 1934, Florián Rey rodó una segunda versión del filme La hermana San Sulpicio. Basada en la novela de Armando Palacio Valdés, esta historia ya había sido llevada al cine por el mismo realizador en 1927. La primera versión, claro, era muda, así que Rey puso en marcha la segunda para el lucimiento vocal de Imperio Argentina. La cantante y bailarina bonaerense interpreta a una monja bella, chispeante y de gran voz que pasa unos días en el balneario de Marmolejo. Ese emplazamiento, naturalmente, es ficticio. La película se rodó, en realidad, en el balneario de Cofrentes, que fue inaugurado en 1908 y rápidamente se convirtió en el lugar de moda para la burguesía valenciana. Cofrentes es un pueblo de mil habitantes a cien kilómetros de Valencia, en la comarca del Valle de Ayora.
Vivo en Palencia, una pequeña ciudad con mucha tradición agrícola en la que es más fácil salir a comer un ramen que unas lentejas de la Vega de Saldaña. Ni en las ciudades de provincia nos libramos de que la oferta en los restaurantes sea clónica de cualquier otra ciudad española. Vivimos la época de la copia en la que ya no sabemos cuál es el original. Los bares se parecen, las cartas son todas iguales. Carles Armengol lo documenta en su libro Matar un bar: perdemos los bares tradicionales a medida que los sustituimos por copias sin personalidad. La paradoja de la globalización es que, al destruir la autenticidad, generamos una demanda de ella, muchas veces cubierta con simulacros y esta destrucción atraviesa todas las capas de la gastronomía.
La gastronomía forma parte de la cultura material de una sociedad. Desde que nos sentamos a la mesa por primera vez, incluso cuando esta no existía como tal, hemos estado diseñando utensilios que nos ayudaran a transformar y cocinar los alimentos, a conservarlos, transportarlos, prepararlos y servirlos, incluso en las situaciones más incómodas. Útiles, hermosos y extraños objetos pueblan nuestros banquetes a lo largo de la historia como reflejo de los gustos y las necesidades pasadas, por lo que conocerlos, valorarlos y saber contextualizarlos ayuda enormemente a la hora de conocer los pormenores de nuestra evolución alimentaria.