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El pasado viernes, Julio Rodríguez, vecino de la Avenida del Mediterráneo 50, en el distrito Retiro, se despertó con una nueva calle frente a su edificio. Se había ido a la cama pasada la medianoche porque el ruido de los camiones no lo dejaba pegar ojo, algo que le sucede comúnmente desde que en febrero de 2025 comenzaron las obras del intercambiador de Conde de Casal, y estaba seguro de que hasta entonces debajo del balcón del piso en el que vive con su madre de 94 años solo había una explanada llena de contenedores y materiales de construcción. Pero no estaba soñando: ahí estaba la calle que todavía olía a asfalto caliente, con sus señales amarillas recién pintadas y un atasco que llegaba desde la M-30. “¿Cómo puedes levantarte con una nueva carretera frente a tu vivienda sin que nadie te hubiera informado?”, se pregunta. Como el resto de los vecinos, se enteró de casualidad por la prensa de que esa noche se había cerrado el túnel de Conde de Casal hasta febrero de 2027 y que de madrugada se había abierto un nuevo carril para que el tráfico pasara mientras tanto por la superficie.

Eva Baltasar (Barcelona, 1978) recibe en su casa de Cardedeu, a unos 40 kilómetros de Barcelona, en esa frontera difusa donde el área metropolitana se convierte en bosque. Acaba de publicar Peces (Random House, en castellano; Club Editor, en catalán), una novela sobre una relación tóxica entre una escritora y una vendedora ambulante de pescado. Desde el éxito inesperado de Permafrost, monólogo interior de una mujer aislada y suicida que ahora se representa en versión teatral en el Espai Texas de Barcelona, Baltasar se ha convertido en una de las voces más influyentes y leídas de la literatura catalana. Habla despacio, piensa mientras responde y corrige sus frases sobre la marcha. “Soy muy voluble”, dice. “Lo que pensaba en enero quizá ahora ya no lo pienso”, decía a finales de abril. A saber qué opinará a mediados de mayo.

Los ávaros eran un pueblo que procedía de las estepas asiáticas, sucesores de los hunos, y que se establecieron en el este de Europa a partir del siglo VI. De ellos, no había ningún rastro en la península Ibérica hasta que María Teresa Ximénez de Embún, del Museo Arqueológico de Alicante, y su equipo comenzaron a excavar el yacimiento de Cabezo del Molino, en Rojales (Alicante). En una elevación de solo 31 metros sobre el nivel del mar y adyacente al río Segura, localizaron una necrópolis con 46 tumbas y 87 individuos en su interior. Cinco de los varones enterrados allí podrían ser, casi con total seguridad, jinetes ávaros, poblaciones esteparias que, en teoría, nunca cruzaron los Pirineos. Por tanto, “¿qué hacían allí esos restos, en Alicante, a pocos kilómetros de Murcia?”, se preguntaron estupefactos los arqueólogos.


Como demuestra el profesor y escritor Jordi Rincón en las páginas de La sabiduría de los clásicos, los filósofos del mundo antiguo nos dejaron reflexiones brillantes que, curiosamente y por extraño que pueda parecer, siguen más vigentes que nunca tres milenios después, en la era de internet, los smartphones y las redes sociales. Al fin y al cabo, los desarrollos tecnológicos han cambiado el mundo, pero nosotros, los seres humanos, seguimos siendo los mismos.










Sorprendió que el pasado 30 de abril, cuando se debatió en el pleno del Congreso la reforma constitucional para blindar el derecho al aborto, Vox eligiera para intervenir en el debate a Joaquín Robles, portavoz en la Comisión de Educación, y no a Lourdes Méndez Monasterio, de la Comisión Constitucional. El primero es licenciado en Filosofía y profesor de instituto: la segunda, doctora en Derecho y veterana activista contra la interrupción voluntaria del embarazo. Fue su radical rechazo a la misma lo que le hizo en 2015, cuando era diputada del PP, romper la disciplina de voto de su grupo para acabar años más tarde ocupando un escaño por Vox.
El viernes 1 de mayo, festivo, la Guardia Civil puso en marcha un complejo dispositivo para asaltar un buque mercante que, según la información recibida, podía transportar en sus bodegas un gigantesco alijo de cocaína. En esa tarde, plácida para muchos, ocho guardias civiles uniformados de oscuro, con cascos y chalecos antibalas, desembarcaron del buque Duque de Ahumada del instituto armado a bordo de una lancha que les llevó hasta el barco que supuestamente llevaba la droga. Fue una hora de travesía en la que el oleaje zarandeaba la lancha, según registró en un vídeo otra embarcación auxiliar que participaba en el operativo. Hasta que, por fin, se colocaron en el costado del barco sospechoso, bautizado Arconian. El carguero, con el casco pintado de verde y rojo, y de una longitud similar a la de un campo de fútbol, navegaba frente a las costas de Dajla, a antigua Villa Cisneros, en el Sáhara Occidental, y a 200 millas náuticas (370 kilómetros) al sur de las islas Canarias.
El siglo XXI para las universidades europeas vino de la mano de la Declaración de Bolonia y de su promesa de un Espacio Europeo de Educación Superior (EEES). Bajo el marco legal del Acuerdo General de Comercio de Servicios de 1995 de la Organización Mundial del Comercio, y el propósito político de la Unión Europea contenido en la “Quinta Libertad”: la libre circulación de conocimientos, las sociedades europeas empezaron a cambiar su mirada sobre la universidad. Un proceso tan exitoso como impreciso en sus términos.
YouTube, TikTok o Instagram afrontan una avalancha de contenido generado por IA y dirigido a público infantil. Es fácil de crear y rápido. Se multiplica de manera industrial. Pero tiene los fallos propios de la generación de vídeo con IA: inconsistencias visuales, incoherencias narrativas y de verosimilitud. Aún es pronto para que haya estudios al respecto, pero ya han surgido voces de especialistas que hablan del impacto de este tipo de vídeos en el aprendizaje cognitivo de los más pequeños.
Todo baila en la cabeza de los ciclistas del Giro, que vuelan a Calabria desde Sofía la noche del domingo, y se preparan para ascender por la península hasta las montañas de la frontera y la guerra con Austria en un viaje de 20 días. Es día de descanso. Pocos duermen bien, y ni los orfidales les ahorran las pesadillas a muchos, conmocionados aún por el bum catacrac, crujido de huesos astillados y dientes, rostro ensangrentado, modelo para eccehomo, de Adam Yates, quejidos, de la caída sangrienta de la segunda etapa, llegando a Veliko Tarnovo durante la excursión búlgara. Para Thomas Silva, de 24 años, el día de la pesadilla de todos fue el de su anhelo cumplido, duerme profundo y solo le desvelan sueños que son rosa lindos, como la maglia que viste.
No habrá un Tom Cruise que disfrute de vuelos rasantes sobre la playa de La Croisette de la patrulla acrobática de la Fuerza aérea francesa, como ocurrió en el estreno en 2022 de Top Gun: Maverick. Harrison Ford, o una estrella similar, no subirá las escaleras del Palacio de Festivales al ritmo de una melodía icónica, como hizo el mencionado en su despedida del arqueólogo del látigo en Indiana Jones y el dial del destino, en 2023. No se proyectarán las grandes películas animadas de Pixar, Disney o Universal. No habrá un desfile de modelos y celebridades al ritmo de las canciones del rey del rock como en 2022, cuando se proyectó Elvis. No vendrá un Quentin Tarantino a desplegar su enorme cultura fílmica como sí pasó en 2019 con Érase una vez en... Hollywood. En Cannes de 2018 se lanzó Han Solo: una historia de Star Wars. Mad Max: furia en la carretera dejó al público con la boca abierta en 2015, y su secuela, Furiosa: de la saga Mad Max, también se estrenó en el certamen, en 2024. Desde 2017, y aquel año se vivió como una excepción, Hollywood nunca había faltado a su cita en la Costa Azul. Hasta este mayo. Y tiene mal arreglo.