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Frida Kahlo y Diego Rivera están de moda, pero no porque hayan sido olvidados en los 70 años transcurridos desde su muerte. Netflix va a llevar a la pantalla su tormentosa relación, cuyos ecos aún reverberan entre los muros de la Casa Azul de Coyoacán; y en Nueva York dos de los acontecimientos de la temporada cultural girarán en torno a su simbiosis personal y artística. El estreno mundial de una ópera inspirada en la pareja, El último sueño de Frida y Diego, el 14 de mayo, y una exposición en el Museo de Arte Moderno (MoMA), titulada como si fuera un espejo de la ópera (Frida y Diego: el último sueño), cartografían los derroteros de creatividad y tensión, dolor y violencia, que tomaron sus vidas.
Cuando el pasado mes de enero el Departamento de Justicia de Estados Unidos desclasificó más de tres millones de documentos, incluyendo fotografías y vídeos, de los archivos del pederasta Jeffrey Epstein, uno de los nombres que saltó a los titulares de todo el mundo fue el de Matte-Marit de Noruega. Los documentos revelaron la profundidad de la relación entre la esposa del heredero al trono noruego con el fallecido multimillonario, con un intenso intercambio que rozaba el coqueteo. Ella pidió perdón públicamente por ello, pero ha sido este martes cuando se han conocido nuevas consecuencias para la princesa debido a ese vínculo.
También de la penuria puede surgir coraje. El Gobierno laborista del Reino Unido, empeñado en impulsar un crecimiento económico que se le resiste y amenazado en las urnas por la sombra de la ultraderecha, ya no tiene miedo a resucitar los fantasmas del Brexit. La ministra de Economía, Rachel Reeves, ha defendido este martes la necesidad de un mayor alineamiento de las normas comerciales británicas con las de Bruselas, una idea que ha sido durante estos años la bestia negra de los euroescépticos conservadores. Para ellos, acompasar la regulación nacional con la del bloque económico del que más dependen las empresas del Reino Unido era una muestra de vasallaje y renuncia a la soberanía.
Diego Botín y Florian Trittel se asoman al borde de la rada de Lorient, en Bretaña, la cuna de la vela oceánica francesa y del bloque de hormigón de la antigua base alemana de submarinos, pasean la vista por los pinares de enfrente y la placidez de las aguas de un puerto laberíntico, profundo y gigantesco, y se vuelven. “Tendremos que acostumbrarnos a esto”, dicen. “Vamos a pasar mucho tiempo aquí”.
Presentarse en Roma, a dos pasos del Vaticano, dando sermones sobre la llegada del anticristo puede parecer un poco ambicioso, pero Peter Thiel, el controvertido millonario dueño de Palantir y PayPal, ideólogo de la ultraderecha de Estados Unidos, versión Silicon Valley, predica a lo grande: el mundo se acerca al apocalipsis y solo él y los suyos pueden salvarlo. Tras impartir sus exclusivas charlas en San Francisco y Tokio, Thiel ha aterrizado en la capital italiana para un secretísimo seminario de cuatro días (título, El Anticristo bíblico), haciendo proselitismo entre las élites. Sin embargo, Roma le ha hecho el vacío. De tan exclusivo que es casi ha pasado a ser cosa de un apestado.