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Sentir hambre puede modular nuestro estado de ánimo. Diversas investigaciones han demostrado que el hambre puede volvernos más negativos, más irritables e, incluso, más agresivos. El impacto emocional del hambre puede tener, incluso, un efecto sobre nuestras decisiones. Así lo demostró un estudio israelí de 2011 que dio nombre al conocido como “efecto del juez hambriento”. Lo que vieron los autores del estudio es que la severidad de las sentencias dictadas por los jueces se endurecía a medida que se acercaba la hora del almuerzo, para luego volverse significativamente más indulgentes después de la pausa para la comida y el descanso. Esta relación tan estrecha llevó incluso a la invención de un término en inglés para hacer referencia a este fenómeno, hangry —una combinación de hungry (hambriento) y angry (enfadado) —, que se coló en enero de 2018 en el Diccionario de Oxford.

Para Maximilian Kasy (Viena, 43 años), la pregunta verdaderamente importante, y aterradora, sobre inteligencia artificial es: ¿quién la controla? Catedrático de Economía en la Universidad de Oxford, este matemático y experto en técnicas de aprendizaje automático acaba de publicar The Means of Prediction: How AI Really Works and Who Benefits (Los medios de predicción: cómo funciona realmente la IA y quién se beneficia), editado por la Universidad de Chicago, un libro en el que sostiene que los conflictos fundamentales de la IA no surgen de la lucha entre humanos y máquinas, sino entre los que controlan esta tecnología y todos los demás.
Alberto Ginés, primer oro olímpico de la historia de la escalada, anunció el miércoles en sus redes sociales el encadenamiento de la vía el Bon Combat (Cataluña), de dificultad 9 b. Su anuncio fue una sorpresa a medias: todos saben que su potencial en la roca es inmenso, pero también es sabido que su trayectoria deportiva se circunscribe a las estructuras artificiales de resina y no a las vías naturales que se encuentran en el medio natural, en la roca.

La historia empezó como empiezan siempre estas historias, sin que nadie se dé cuenta. O, al menos, el que tenía que estar al loro. El 11 de diciembre de 1997 los abogados Joan Laporta y Sebastià Roca presentaron un documento con la firma de 150 socios para promover una moción de censura contra Josep Lluís Núñez, en el cargo desde 1978. Histórico. La avanzadilla de un desembarco. La fuerza de una plataforma llamada Elefant Blau, iluminada por Armand Carabén, desafió luego el orden establecido. O sea, 22 años de nuñismo más tres de propina con Joan Gaspart. Aquella votación la perdió 40/60, como se pierden y se ganan siempre en el Barça (veremos el domingo). Pero alumbró una fuerza antisistema en el club liderada por un personaje salido de una novela de Juan Marsé.
Desde el principio, Paul McCartney (Liverpool, 83 años) se empeñó en ser “el beatle simpático”. Un tipo positivista, siempre con el pulgar hacia arriba. Un multimillonario que decidió enviar a sus hijos a colegios públicos, para que salieran de la burbuja. Un hombre aparentemente normal, que alardeaba de estar accesible al mundo.

Después de ver en televisión que venden cursos para sobrevivir a una hecatombe, decidí que, entre saber abrir un cerrojo y beber agua de una piscina sin morirme, prefiero casarme con un desconocido, así que opté por ver Casados a primera vista, en Telecinco. Espóiler: no lo intenten en sus casas, ni lo uno ni lo otro.
La palabra amor suena bien en todos los idiomas, porque nombra un sentimiento esencial ligado a nuestra idea de felicidad. Pero el amor no es un regalo de los dioses, por más que se le represente como un caprichoso Cupido, sino un misterio insondable, un propósito de largo alcance que exige grandes esfuerzos. Un impulso complejo que el filósofo británico John Armstrong analiza en casi todas sus vertientes en su libro Los requisitos del amor. Una filosofía de la intimidad, salpicado con ejemplos de la literatura universal, de la pintura, la música y hasta la ciencia y la política. Armstrong se confiesa, con todo, un perdedor en la batalla por conquistar el amor duradero, lo que no le impide estudiar su fisonomía al detalle.

Regresan los tipos duros. Al menos, al terreno de la política y no solo a los partidos más de derechas, de los que (caballos, chuletones y simbología guerrera mediante) nunca se marcharon. Desde hace algunos años ganan presencia en espacios de izquierdas, y lo suyo no es tanto un desplazamiento ideológico como una estrategia comunicativa. Hoy muchos líderes y referentes progresistas buscan proyectar una imagen disciplinada y agresiva mediante una estética que no se desvía un milímetro de aquella masculinidad más ortodoxa o tradicional que hasta hace poco era cuestionada.
Dos ciudadanos franceses secuestrados en el Sahel están a punto de ser liberados tras varios días de cautiverio. Antes de dejarlos ir, los terroristas les piden un favor: ¿pueden evaluar su experiencia? Uno de ellos, algo avergonzado, apunta que le hubiera gustado tener un colchón solo para él. La escena ficcional y caricaturesca de la serie francesa Bajo control (2023) condensa un rasgo de la actualidad: hoy, prácticamente cualquier experiencia puede ser reseñable.
La mecha la prendió una publicación en redes sociales. A comienzos del mes de febrero, Jason Ignacio White, exjefe de fermentación del restaurante Noma de Copenhague, compartió en su perfil de Instagram un comentario en el que explicaba una situación que presenció mientras trabajaba en el multipremiado establecimiento danés. Según White, una estudiante en prácticas se quemó la cara con vapor al abrir el horno y, en lugar de prestarle ayuda inmediatamente, parte del personal de Noma se rio de ella. A este testimonio le siguió una avalancha de historias de abuso sufridas por estudiantes y trabajadores del restaurante, protagonizadas, en su mayoría, por su jefe de cocina y propietario, René Redzepi (hay varios testimonios que apuntan a otros miembros de Noma que ocuparon puestos de responsabilidad y que también exhibieron comportamientos abusivos hacia el personal).