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Todo baila en la cabeza de los ciclistas del Giro, que vuelan a Calabria desde Sofía la noche del domingo, y se preparan para ascender por la península hasta las montañas de la frontera y la guerra con Austria en un viaje de 20 días. Es día de descanso. Pocos duermen bien, y ni los orfidales les ahorran las pesadillas a muchos, conmocionados aún por el bum catacrac, crujido de huesos astillados y dientes, rostro ensangrentado, modelo para eccehomo, de Adam Yates, quejidos, de la caída sangrienta de la segunda etapa, llegando a Veliko Tarnovo durante la excursión búlgara. Para Thomas Silva, de 24 años, el día de la pesadilla de todos fue el de su anhelo cumplido, duerme profundo y solo le desvelan sueños que son rosa lindos, como la maglia que viste.
No habrá un Tom Cruise que disfrute de vuelos rasantes sobre la playa de La Croisette de la patrulla acrobática de la Fuerza aérea francesa, como ocurrió en el estreno en 2022 de Top Gun: Maverick. Harrison Ford, o una estrella similar, no subirá las escaleras del Palacio de Festivales al ritmo de una melodía icónica, como hizo el mencionado en su despedida del arqueólogo del látigo en Indiana Jones y el dial del destino, en 2023. No se proyectarán las grandes películas animadas de Pixar, Disney o Universal. No habrá un desfile de modelos y celebridades al ritmo de las canciones del rey del rock como en 2022, cuando se proyectó Elvis. No vendrá un Quentin Tarantino a desplegar su enorme cultura fílmica como sí pasó en 2019 con Érase una vez en... Hollywood. En Cannes de 2018 se lanzó Han Solo: una historia de Star Wars. Mad Max: furia en la carretera dejó al público con la boca abierta en 2015, y su secuela, Furiosa: de la saga Mad Max, también se estrenó en el certamen, en 2024. Desde 2017, y aquel año se vivió como una excepción, Hollywood nunca había faltado a su cita en la Costa Azul. Hasta este mayo. Y tiene mal arreglo.
Es frecuente que Puerto Rico se quede al margen cuando el asunto a tratar es su literatura. Tanto en España como en América Latina, es muy poco conocida pese a su potencia y calidad. Con excepciones, por razones de política editorial, lo que se escribe en Puerto Rico se queda en Puerto Rico. El olvido es generalizado. En un libro tan emblemático como Las venas abiertas de América Latina, Eduardo Galeano no menciona a la isla una sola vez. No había afán de ofender, huelga decirlo. Es mera cuestión de invisibilidad. Muchas veces, demasiadas quizás, Puerto Rico se queda simplemente fuera.
Es probable que a usted le suene esta fórmula bien porque la emplea cuando las relaciones se tornan demasiado íntimas, o porque ha salido con alguien que se comporta de esta manera. Una relación amistosa, amorosa o familiar va cobrando fuerza hasta que una de las partes, en el momento en el que siente que se están forjando vínculos demasiado íntimos, se aleja instintiva e instantáneamente como forma de defensa. La terapeuta Kati Morton habla de personalidades ‘pez globo’, un concepto que creó cuando su psicóloga le dijo que posiblemente sus relaciones nunca llegaban a buen puerto porque temía mostrarse vulnerable. “Eres como un pez globo. Si alguien se acerca demasiado y empiezas a sentir que estás dejando al descubierto tu vulnerabilidad, sacas las espinas en lugar de comunicarte”, le dijo. Sandra Ferrer, psicóloga sanitaria, asegura que este tipo de comportamiento, pese a que a priori parezca contradictorio, tiene mucho sentido. “Conforme nos sentimos decepcionados, rechazados, abusados, abandonados, ninguneados o no correspondidos en relaciones pasadas, los seres humanos vamos desarrollando estrategias adaptativas para sobrellevar de la mejor manera el dolor que experimentamos en los vínculos y evitar sentirnos de nuevo así”, asegura. “Estas estrategias fueron funcionales en su día, pues su misión era protegernos. El problema es que esos mecanismos de defensa a los que llamamos protectores se solidifican con el tiempo y, lo que tenía un objetivo de hacernos sentir a salvo, acaba volviéndose en nuestra contra. Necesitamos actualizar esos mecanismos que en su día nos ayudaron a no sentir ese dolor punzante”, explica.
Primera novela del mago Pynchon desde Al límite (2013) y, a juzgar por su edad provecta, presumamos que la última. Y sí, era de prever que el calado de esta entrega fuese menor que el de sus míticas obras maestras, La subasta del lote 49 (1966), El arco iris de gravedad (1973) o Mason & Dixon (1997), amparadas casi todas ellas por la más ortodoxa estética de la posmodernidad, y no cabía a estas alturas esperar nuevos trucos. A oscuras, sin embargo, es una extraordinaria criatura pynchoniana, promiscua y miscelánea como sus antecesoras, una fiesta concurrida y pasada de vueltas que actúa de caja de resonancia de su obra entera, a la que no alude de forma explícita o desde la tentación de la autoparodia sino con la traviesa intención de despedirse de ella involucrando a su lector, que pronto entiende que le ha sido encargada una labor detectivesca, la de seguir las pistas que en el texto han ido dejando las novelas anteriores.

Son muchas las vidas que ha tenido Safo desde la Antigüedad hasta nuestros días. Si según Christine de Pizan, en La ciudad de las damas, a la muerte de Platón encontraron bajo su almohada unos poemas de Safo, seguro que Lawrence Alma-Tadema se inspiró en la lírica de Alceo cuando pintó a la bella Safo con cabellos ceñidos de violetas y dulce sonrisa. Aristóteles alabó su don de palabra y Ovidio nos recuerda que ella misma se lamentaba de no ser bella, de baja estatura y de piel morena. Muchos han visto en ella a la verdadera reveladora del amor en Occidente, “esa pequeña bestia dulce y amarga”; otros se han valido de su figura en la reivindicación de la igualdad de género. Quizás es ahí donde hallamos más usos y abusos de la poetisa de Lesbos, para unos una tríbada impúdica amante de mujeres que debería arder toda la eternidad en el infierno, para otros la sacerdotisa de un culto que propagaba la revolucionaria y justa idea de que ni se nacía mujer ni se llegaba a serlo si una no quería. Ambos extremos nada tienen que ver con la realidad.

La tarta de manzana se puede hacer de mil formas: clásica, moderna, a la americana, tatin, en crostata… pero hay un formato que nos entusiasma por ser extremadamente crujiente: el pastis gascon. Esta fórmula francesa, que se llama así por venir de la región de Gascuña, une el refinamiento de su masa con la extrema sencillez de su relleno, que lleva poco más que manzana, mantequilla y azúcar.
Unas son de madera. Otras están elaboradas con chapón, corcho o palillos. Algunas tiran de papel, cartulina y pegamento. También hay yeso, plástico e incluso impresión 3D. En tiempos de imágenes digitales, renders e inteligencia artificial, las maquetas de arquitectura parecen elementos del pasado, pero están vivas. Su vigencia sigue intacta. Sirven para explicar el proyecto al cliente y al constructor al tiempo que permiten al arquitecto analizar la obra, sus fases, sus espacios. “Construirla te levanta del ordenador, frena el tiempo y te permite pensar”, cuenta Álvaro Carrillo quien ha reunido una treintena de estas construcciones a escala en el Museo y Centro de Arte Contemporáneo de Málaga (MuCAC) en la exposición Archipiélagos. Arquitectura sin centro, en la que ejerce de comisario. Una muestra que se puede visitar hasta el 30 de agosto y que sirve, además, para conocer cómo una joven generación de estudios nacionales explora los límites de la arquitectura y experimenta con materiales a partir de presupuesto ajustados y conceptos como la sostenibilidad. Equipos que entienden la profesión desde la colaboración, islas con biodiversidad propia pero conectadas entre sí por el mismo ecosistema.
En principio, no hay nada extraño en que Aitana Sánchez-Gijón (57 años) salga con Maxi Iglesias, 22 años más joven que la actriz. O que Carmen Lomana, de 77, haya declarado recientemente en la revista Woman: “Me gustan los hombres más jóvenes, con los de mi edad no me pongo ni al teléfono porque me aburren en general”. Estos hechos han dado para artículos y tertulias televisivas, en los que todo el mundo normaliza que las mujeres maduras puedan emular la trama de El graduado (1967).
Vivo en Palencia, una pequeña ciudad con mucha tradición agrícola en la que es más fácil salir a comer un ramen que unas lentejas de la Vega de Saldaña. Ni en las ciudades de provincia nos libramos de que la oferta en los restaurantes sea clónica de cualquier otra ciudad española. Vivimos la época de la copia en la que ya no sabemos cuál es el original. Los bares se parecen, las cartas son todas iguales. Carles Armengol lo documenta en su libro Matar un bar: perdemos los bares tradicionales a medida que los sustituimos por copias sin personalidad. La paradoja de la globalización es que, al destruir la autenticidad, generamos una demanda de ella, muchas veces cubierta con simulacros y esta destrucción atraviesa todas las capas de la gastronomía.