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La educación pública valenciana afronta a partir de este lunes, 11 de mayo, su primera gran huelga indefinida en décadas —desde 1988— con 78.000 docentes de Infantil, Primaria, ESO, Bachillerato y FP llamados a secundarla después de meses de infructuosas negociaciones entre el Gobierno de Juan Francisco Pérez Llorca (PP) y los sindicatos para conseguir mejoras salariales, rebajas de la ratio de alumnos por clase, una menor carga burocrática, respeto a la educación en valenciano o un plan de climatización en los centros educativos. La huelga, convocada por los sindicatos más representativos —STEPV, CC OO, UGT, CSIF y ANPE— coincide con el final de curso y puede afectar a algo más de medio millón de alumnos, entre ellos 24.000 matriculados en segundo de Bachillerato, que en unas semanas se enfrentarán a las pruebas de acceso a la universidad. Los servicios mínimos decretados por la Generalitat obligan a todo el profesorado de 2º de Bachiller a estar disponibles para las evaluaciones a solo unas semanas de las pruebas de acceso a la universidad. Los sindicatos los han impugnado ante el TSJCV.

Cuando era adolescente, las dos cosas que más le gustaban a Carmen Esteban (Valencia, 37 años) eran pasar tiempo con niños y mirar con curiosidad y preocupación los problemas de salud mental de sus compañeras de instituto. Con esos antecedentes no sorprende que acabara siendo psicóloga sanitaria y educativa especializada en etapa perinatal, infantil y adolescencia, y trabajando en un colegio (British College La Cañada) en su ciudad natal, como psicóloga y orientadora. Su inquietud la llevó después, durante su permiso de maternidad, a crearse un perfil de Instagram con la intención de seguir conectada con las familias de los niños y adolescentes con los que estaba trabajando en ese momento. Aquello se fue haciendo más grande poco a poco, y actualmente llega a los casi 200.000 seguidores.
Todo lo relacionado con los hábitos culinarios tiene una capacidad sorprendente para iluminar muchos otros aspectos de la vida. Prueba de ello es la sorpresa —mezcla de curiosidad y leve escándalo— que todavía provoca en algunas ciudades españolas ver a turistas dando buena cuenta, a las seis de la tarde, de un chuletón o de un arroz con costra. En ¿Cuándo se come aquí?, este brevísimo ensayo que nos ocupa, el escritor y medievalista italiano Alessandro Barbero pone su atención precisamente en las horas habituales de comer y cenar en varios países europeos durante el paso del siglo XVIII al XIX y observa cómo los desplazamientos horarios que se produjeron, especialmente en el Reino Unido y en Francia, resultan particularmente expresivos cuando se miran desde la diferencia de clases y desde las siempre tensas relaciones entre la capital y la provincia. Algo que nos queda claro tras la lectura de este breve pero intenso libro es que en Europa comer simplemente cuando nos entre hambre no es una opción, al menos desde los tiempos del iluminismo.

Fuego, zona de corte, fregadero. Hoy cuesta imaginar una distribución en la que estos elementos no se organicen en torno a una encimera, ya sea dispuesta en línea o en forma de L. Pero esa lógica es relativamente reciente. La cocina moderna no surgió del gusto, sino del cansancio: de moverse demasiado, de limpiar mal, de trabajar en posiciones incómodas. De sostener una tarea interminable en un entorno que no estaba pensado para quien lo habitaba.
El empanadico (empanadón, si vas a la zona de la Franja, o pastillo si estás en Barbastro) es uno de esos obsequios por los que viajeros y visitantes que suben o bajan del Pirineo se desvían de la vía principal. Un dulce tradicional que pasó de las casas a las panaderías y, aunque todavía muchas familias tienen la costumbre de hacerlo en época navideña, casi toda la producción queda en manos de los hornos que lo siguen preparando durante todo el año.
Con la fuente de Canaletas, lugar icónico de celebración del barcelonismo, totalmente vallada y cerrada por las obras de reforma desde hace meses de La Rambla, los aficionados improvisaron. Llenaron las calles de Barcelona, pero no se marcharon muy lejos de la fuente. A escasos metros de ella, conectando con el inicio del mítico paseo de la Ciudad Condal, miles de aficionados del Barça, en su mayoría grupos de jóvenes, se congregaron en Plaça Catalunya —rodeada de furgones de Mossos d’Esquadra— para celebrar con pasión y fuegos artificiales el título de liga tras la victoria ante el Real Madrid. La plaza quedó teñida de azulgrana.