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Anys enrere, el departament de publicacions de la Universitat de Barcelona (UB) era un veritable desgavell, per no dir xauxa. Va haver-hi un director, persona de gran simpatia i intel·ligència, que no disposava de prou pressupost ni mitjans, i no feia res, o quasi. La UB era invisible al mercat editorial i a les llibreries, lloc en què els llibres universitaris sempre han tingut dificultat a accedir. Al temps que era actiu aquell director, Max Cahner —home amb uns mèrits que no hem d’oblidar, com fer possibles els dos diccionaris de Joan Coromines, l’etimològic i l’onomàstic, que perviuran molt més que l’Enciclopèdia Catalana— va patir una crisi personal i va demanar al rector de l’època que li atribuís una funció diferent de fer classes. El rector li va dir que visités el director de publicacions, i Cahner li va demanar de treballar al seu costat. Però com que el seu departament no tenia res a fer, aquell director va dir a Cahner: “La tasca serà senzilla: prendrem un cafè al començament del curs acadèmic, i un altre al final”. I aquesta va ser tota la feina que van fer.

Al noroeste de Madrid la ciudad sufre una arritmia urbanística. En medio de un barrio de toda la vida han surgido dos rascacielos, imponentes y modernos, desde cuya azotea se divisa cómo Madrid se va apagando hacia la A-6: la Dehesa de la Villa, Pozuelo, el Valle de los Caídos, Guadarrama. Son dos edificios modernísimos, de esos en los que los ascensores no tienen botones: pulsas en una tableta de la planta baja el piso al que quieres subir y ya te llevan solos. A la parte más alta se acaba de mudar un escritor, y si su piso parece de soltero es porque la forma encaja con el fondo: el escritor que vive en él se ha quedado soltero hace poco, y sobre la ruptura de su matrimonio trata su última novela, Islandia (Destino).

Todo está listo para lanzar la primera misión tripulada a la Luna en 50 años el próximo 1 de abril, según anunció la NASA este jueves. Para aquellos que pudieron seguir la aventura de los primeros vuelos hacia el satélite de la Tierra, es imposible evitar comparaciones entre Apolo 8, la primera expedición que orbitó la Luna, en 1968, y la inminente Artemis 2. Con casi seis décadas de distancia, se repiten los preparativos para un asalto lunar, pero las circunstancias geopolíticas son muy distintas. Hoy la competencia rusa es inexistente (la china es otro asunto) y la sensación de “carrera espacial” ha desaparecido. Y con ella, la épica pionera que caracterizó al Apolo 8.