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En la saga de películas que tiene de protagonista al liquidador de la CIA Jason Bourne (interpretado por Matt Damon), hay varias escenas en las que los agentes oyen a distancia una conversación, aislándola del ruido ambiental. Hollywood exagera, pero algunos neurocientíficos están cada día más cerca de lograrlo. Un estudio publicado en Nature Neuroscience presenta el resultado de 14 años de trabajo: un dispositivo que descodifica las ondas cerebrales generadas cuando un humano se centra en oír una parte determinada del paisaje sonoro. Aún les quedan unos cuantos obstáculos, pero han abierto un camino a la esperanza para los millones de personas que tienen una discapacidad auditiva que les impide discriminar lo que quieren oír entre el ruido.
Pasaron los flashes, los titulares, las polémicas, los looks para epatar. Una semana después de celebrarse la este año altamente criticada gala del Met, ahora arranca el motivo, la verdadera razón por la que tiene lugar la fiesta: la apertura de la exposición anual del Instituto del Traje, el departamento dedicado al arte del vestir del Museo Metropolitano de Nueva York. Y este año, precisamente y más que nunca, la muestra reivindica eso: que el vestir es un arte. Costume Art se ha venido a llamar la exhibición que, con 400 objetos y más de 1.100 metros cuadrados, habla de la importancia de lo que llevamos puesto y de cómo, más que cubrir una simple necesidad, es también parte del arte, lo configura y lo moldea.
Las alarmas están sonando y las universidades empiezan a reaccionar ante la amenaza que supone para la credibilidad de las Pruebas de Acceso a la Universidad (PAU) el aumento en el uso de dispositivos tecnológicos para copiar aprovechando la potencia de la IA. Cuatro comunidades autónomas emplearán en la próxima convocatoria de la Selectividad, en junio, detectores de frecuencia para descubrir a los alumnos que utilizan aparatos como los nanopinganillos que no se ven a simple vista (hay que sacarlos del oído con un imán) para escuchar las respuestas que les dictan desde fuera del aula, usando el teléfono móvil como antena: Galicia, Murcia, Cataluña y Aragón.
Una unidad de narcóticos de Miami se fractura por dentro tras descubrir el escondite de un cártel con un jugoso botín de 22 millones de dólares, lo que hace que los agentes se cuestionen en quién pueden confiar. Esta es la premisa de El botín, la película protagonizada y producida por Matt Damon y Ben Affleck que se estrenó el pasado mes de enero en Netflix. La trama se inspira en un caso real de corrupción policial y narcotráfico ocurrido en Miami en 2016, pero, como ocurre a menudo con las historias basadas en hechos reales, sus verdaderos protagonistas no están de acuerdo con la forma en la que han sido representados. Jason Smith y Jonathan Santana, los agentes que inspiraron a los personajes de Damon y Affleck —aunque no son mencionados por su nombre en el filme—, presentaron el pasado 5 de mayo una demanda ante el tribunal federal de Florida alegando que el thriller policial los retrata erróneamente como corruptos.