Home Investigacion en Intelligencia Artificial y Desarrollo de Algoritmos Desarrollo de Energia Nuclear y Avances en Fisica Nuclear Innovacion en Tecnología de Vanguardia
Ocurrió el pasado viernes. Durante el concierto de Santiago Auserón (Zaragoza, 71 años) en el Real Teatro de San Fernando (Cádiz), los espectadores observaron que el artista parecía sentirse mal: perdía el hilo de sus comentarios y no remataba los temas. Decidió continuar pero el resultado fue insatisfactorio, tanto para el público como para el protagonista, que se presentaba en solitario.
De un cuento de hadas a la peor de las pesadillas. Así fueron los últimos 30 kilómetros de la etapa para Remco Evenepoel, que, después de que Bora, su equipo, partiera al pelotón en dos tras un abanico, arrancó frenético para enseñar la matrícula al pelotón. Tenía una cita con la gloria. O, al menos, eso pensaba porque su gozo, poco a poco, fue ennegreciéndose. Más que nada porque Vingegaard saltó tras él y le hizo de sombra, único en aguantar esas pedaladas de fuego, conforme con quedarse a rebufo porque sabe que su terreno es cuesta arriba por más que se defienda en las contrarrelojes, que si llegaban bien y si no también, que a él ya le valía con no perder tiempo, que su momento ya llegaría. De nada sirvieron los aspavientos de Remco, molesto porque no compartían objetivo y porque se complicaba su victoria de etapa. Y bien que se le enredó porque con 500 metros para la bandera a cuadros, en la última de las rotondas, parecieron chocar las ruedas de ambos y Evenepoel se dio de bruces con el suelo. “No sabe ni él lo que ha pasado”, concedió Patxi Vila, director deportivo de Bora. Sangre y rechistes, reniegos y torcida de gesto. Adiós a una victoria de galones. Por delante, Vingegaard se dejó ir —“no quería aprovecharme de una situación así”, confesó el danés en meta—, por lo que Dorian Godon, francés de Ineos, ganador de la primera etapa, volvió a demostrar que es el más rápido del pelotón, dos de tres posibles, toda una gesta.
En la iglesia de San Pedro y San Pablo, en la ciudad de Maastricht, se ha descubierto un esqueleto del que un laboratorio alemán está analizando el ADN de la dentadura para saber si se trata de Charles de Batz de Castelmore, conde de D’Artagnan. Era el famoso jefe de mosqueteros al servicio del rey Luis XIII y Luis XIV, que cayó en combate el 25 de junio de 1673 durante el asedio y toma de Maastricht por el ejército de Francia durante la guerra franco-neerlandesa. Convertido en un personaje de leyenda a partir del siglo XIX gracias a la novela Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas, nunca se ha aclarado qué ocurrió con su cuerpo. El hundimiento de una parte del suelo del templo ha facilitado ahora el hallazgo de los restos, junto a los que había una moneda francesa y una bala de mosquete en la zona del pecho. D’Artagnan murió de un disparo similar en la garganta.

Una charla con cualquier persona con dermatitis atópica o psoriasis conduce casi siempre a la misma conclusión en los especialistas en dermatología: sus síntomas se perciben en la piel, pero su impacto es mucho más profundo. Dejan huella en la autoestima, generan ansiedad, alteran el sueño, están vinculadas a la enfermedad mental más prevalente -la depresión- y condicionan todos los ámbitos de la vida de las personas que las sufren, desde el laboral al afectivo.
Investigadores de la Universidad de Stanford (California, Estados Unidos) han hecho una analogía entre las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) y la basura. Ambas son subproductos de actividades humanas. Ambas están generando serios problemas al planeta. Ambas provocan daños que se pueden cuantificar en dólares. Ambas hay que gestionarlas, pero en ambas hay algunos que no pagan la factura y muchos otros que la sufren. Sobre esta comparación, desarrollada en Nature, la principal referencia de la ciencia, han construido un marco que permite estimar el coste del CO₂ casi a nivel individual. El trabajo también desvela el carácter acumulativo de su impacto: a los daños ya producidos por las emisiones del pasado, habrá que sumar los futuros, que se multiplicarán por 10.
Hace 15.800 años, en una meseta volcánica del centro de Anatolia (Turquía), una perra dio a luz una camada de cachorros. Murieron siendo aún muy jóvenes, quizá con apenas unos meses de vida. Los humanos que vivían en el yacimiento de Pınarbaşı los enterraron deliberadamente, en la misma zona donde depositaban a sus propios muertos. Les daban de comer pescado, el mismo que consumían ellos. Y uno de esos cachorros es, desde hoy, el perro doméstico más antiguo identificado genéticamente, y su historia —reconstruida a partir de fragmentos de hueso del tamaño de granos de café— acaba de publicarse en la revista Nature, en dos estudios simultáneos que reescriben la historia de cómo ese cachorro pasó a convertirse en el mejor amigo de los humanos.
La forma exacta en la que el cuerpo humano percibe el frío es, en buena medida, todavía un misterio. La ciencia sabe que cuando alguien coge un puñado de nieve con la mano o roza un cubito de hielo con la lengua, se activa en las células nerviosas una proteína, de nombre TRPM8, que abre una especie de compuerta molecular para mandar esa señal gélida al cerebro. Ese es su modus operandi, así se supone que opera, pero no se había logrado ver esa proteína en acción ni se conocía con todo detalle su comportamiento. Hasta ahora.