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En la desembocadura de una tradición asentada sobre las ruinas de la Antigüedad clásica, las vanguardias de principios del siglo XX dieron un vuelco a los cánones milenarios al dignificar y buscar inspiración, por primera vez en la historia del arte occidental, en la creación emanada del continente africano. En la estela de aquel cortocircuito provocado por pintores como Matisse o Picasso, el mecenas Alfred C. Barnes levantó en Filadelfia su imponente colección de arte impresionista y modernista con la escultura africana como eje central, en un momento en el que florecía en la Nueva York de los años veinte el Renacimiento de Harlem, el movimiento cultural que definiría la nueva negritud en EE UU a partir de las ideas del filósofo Alain Locke.

El título de esta receta debería haber sido “migas de mi abuela”, en primer lugar, porque es de veras su receta y, en segundo lugar, para que nadie se me ponga chulo y me quiera convencer de que las migas no se hacen así y que se hacen asá. Basta de dogmatismos migueros. Mi abuela María, que había nacido en Filipinas, que quedó huérfana y se crió en un internado de Aranjuez, y que vivió en Madrid hasta que murió a los 92 años, cortaba el pan sentado en cubitos menudos, no lo desmigaba en pedacillos amorfos como es quizá más común, y yo las preparo como ella porque me da la real gana.
Una veintena de multinacionales —entre las que figuran Google, Microsoft, Ikea, Coca-Cola, Amazon, Volvo y las españolas Iberdrola y Acciona— lanzan este lunes una declaración conjunta en la que respaldan el Régimen de Comercio de Emisiones de la Unión Europea (conocido por sus siglas en inglés ETS) y defienden el “mantenimiento de la integridad” de esta herramienta, la más importante en la lucha contra el cambio climático que tiene la UE. Este posicionamiento claro llega en un momento en el que algunos gobiernos de los Veintisiete, con Italia a la cabeza, han pedido la suspensión del ETS. Al otro lado, en una posición similar a la de este grupo de empresas, están otros ocho países europeos, entre los que destaca España, que defienden este sistema al considerarlo “la piedra angular de la política climática de la UE”.
Sergio es nutricionista, trabaja en Madrid y tiene 35 años. Su empleo consiste en revisar documentación, contestar correos electrónicos y atender llamadas telefónicas, en las que da pautas de alimentación y vida saludable a clientes. “La mayor parte del tiempo estoy sentado delante del ordenador, como podría estar en mi casa”. Él querría teletrabajar, “al menos de vez en cuando”, pero sus empleadores no se lo permiten. “Me dicen que no, que imposible, que es política de empresa. Es una empresa antigua y casposa. No lo entiendo, podríamos hacerlo todo desde casa. Con teletrabajo mejoraría mi calidad de vida”, lamenta este empleado, que pide ocultar su apellido para evitar problemas en la empresa.
El promedio europeo de teletrabajadores ha seguido una tendencia parecida a la española, pero siempre con mucha ventaja: el último dato que detalla Eurostat es del 22,6% de media para los Veintisiete. Los países europeos con una mayor porción de teletrabajadores son Países Bajos (52%), Suecia (45,6%) y Luxemburgo (42,8%). En la posición contraria se encuentran Grecia (7,8%), Rumania (3,5%) y Bulgaria (3%). El patrón salta a la vista: los países con economías más avanzadas, más tecnológicas y de mayor valor añadido, teletrabajan más que los que se caracterizan por justo lo contrario. Esta dinámica se repite en la desagregación por comunidades autónomas. En la Comunidad de Madrid se teletrabaja en 2024 más del triple que en Canarias.