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Carmen Linares llega a la cita con una ronquera importante. Se disculpa. Le decimos que por menos de eso Morrissey suspendería la entrevista y media gira. Se ríe. “No, yo esto no me lo podía perder”, dice con una voz áspera que en unos días, ya recuperada, brillará con hondura. La ocasión merece el esfuerzo de la cantaora: por primera vez, la andaluza posa y concede una entrevista con toda su artística familia. La propuesta vino de este periódico y ellos aceptaron sin pensarlo mucho. Este 2026 se celebran 30 años de un disco proverbial en la historia del flamenco, Antología. La mujer en el cante, donde la cantaora pone luz donde solo había tinieblas: recrea los cantes protagonizados por mujeres corajudas situadas en un segundo plano en un contexto patriarcal. La cantaora inicia una gira para conmemorar las tres décadas del álbum: el sábado 21 de marzo actúa en el circo Price de Madrid.

A mitad de la segunda temporada de Jury Duty, a su protagonista, alucinado por los inesperados giros de los acontecimientos, solo se le ocurre decir que “la situación es tan sincera que nadie podría haberla escrito en una serie de televisión”. Es verdad que su diálogo no estaba guionizado, pero lo que Anthony Norman no sabía es que todo lo que le rodeaba sí estaba cuidadosamente planeado. Todos a su alrededor eran actores, e incluso sus decisiones personales estaban previstas. Él pensaba que era un empleado temporal de una empresa de salsa picante, pero estaba viviendo una ficción.
Que Ted Sarandos fuese objeto de las bromas de Conan O’Brien durante los Oscar refleja el impacto cultural de su plataforma. Fue hilarante el gag que versionaba Casablanca para los que ven películas mirando el móvil, aunque asusta más que la tía Gladys. Auguran que Netflix acabará con el cine; lo curioso es que cuando nació se decía que llegaba para salvar la televisión. En sus inicios, antes de que se dedicase a producir telefilmes de sobremesa de ocho capítulos (a favor de los telefilmes, pero si duran noventa minutos), nos ofreció series deslumbrantes como House of Cards y Orange Is the New Black. La primera era pura sofisticación y algunos se creyeron que la política era así: un ballet de asesores intrigantes y gobernantes taimados que siempre van dos pasos por delante, ¡ja! También se creían que era como Borgen, ¡ja ja! La segunda reflejaba las consecuencias de la política.

Lo confieso: antes de escribir la primera frase de este artículo, he revisado los mensajes electrónicos tres veces, he consultado otras tantas el pronóstico del tiempo, he leído las noticias… He procrastinado, como se dice técnicamente cuando no paramos de aplazar algo. Como consuelo, sé que no soy la única. Todos podemos procrastinar actividades puntuales que, aunque podamos disfrutarlas, también requieren cierto esfuerzo, como hacer deporte, mantener una conversación difícil, terminar un informe complicado o, sencillamente, ordenar un armario siempre olvidado. Solo el 20% de los adultos presenta este comportamiento de forma sistemática ante cualquier tarea que implique un mínimo esfuerzo, según el psicólogo Joseph Ferrari, una de las mayores autoridades en la materia. Lo verdaderamente creativo son las excusas con las que justificamos la decisión: mañana tendré más ganas, todavía no sé lo suficiente para ponerme con ello y funciono mejor bajo presión, entre otras. Sin embargo, la procrastinación esconde mucho más de lo que aparenta.
En 1955, un joven de 17 años publicó un libro que incomodó a todo un país, Wij Zijn 17 (Tenemos 17). Su autor, el holandés Johan van der Keuken, a punto de terminar sus estudios en el Liceo Montessori de Ámsterdam, retrataba a su entorno más cercano a sus amigos, de entre 14 y 17 años. No había risas, ni juegos, ni promesas de un futuro luminoso, fumaban sin parar. Aquellos adolescentes no eran réplicas de generaciones anteriores. Reflejaban una actitud que contravenía el relato dominante que se esperaba de la juventud de una nación. Lo que escandalizó no fue solo la mirada del autor, sino el hecho de que por una vez, no estaban siendo representados desde fuera.
El 28 de febrero, Israel y Estados Unidos atacaron Irán. Unas horas después, Irán cortó internet en todo el país, hasta hoy. Pero ese día ocurrió también algo poco común: una estación de números empezó a emitir en farsi una serie de cifras. Eso es toda la emisión, que comienza con un aviso: “¡Atención!”. Y luego “dos, seis, nueve, cero, cuatro...”. Se repite varias veces al día en horarios fijos y se puede escuchar a miles de kilómetros. El origen de esa emisión en farsi, el idioma que se habla en Irán, parece ser el centro de Europa y el destino podría ser algún lugar dentro del país donde agentes u operativos tendrán un libro especial de códigos para convertir esos números en texto. Pero nadie confirma nada ni hay comunicados públicos sobre quién es o no es el emisor de este mensaje, adelantado por el Financial Times. A esta estación que emite la enigmática señal de número en farsi se la ha llamado V32.
China es el gran promotor de cibercrimen mundial, según referencian todos los informes. Pero hay un pequeño país asiático que no deja de ganar importancia en esta industria. Se trata de Corea del Norte, un estado asfixiado por los embargos comerciales que ha encontrado en las actividades delictivas online su principal fuente de entrada de divisas. Los analistas coinciden en que la estructura de los grupos de hackers supuestamente financiados por Pyongyang está creciendo en complejidad: se están creando grupos especializados en distintos tipos de ciberataques que se coordinan entre sí. También destacan que sus técnicas son cada vez más sofisticadas. Los incidentes vinculados a este país aumentaron un 130% en 2025 respecto al año anterior, según un reciente informe de CrowdStrike. Entre ellos se cuenta el robo de criptomonedas por valor de 1.460 millones de dólares al portal Bybit, considerado el mayor golpe cibernético de la historia.
Hay muchas fórmulas para democratizar ese privilegio que supone tener un jardín en casa: la naturalización de patios de luces y azoteas, los huertos de balcón o los llamados jardines de bolsillo que cubren de verdor medianeras, terrazas-pasillo, alféizares, callejones entre edificios y otros espacios diminutos donde, en principio, cuesta imaginar vida verde.

La alcachofa reina en el logo de El Comidista desde su nacimiento, allá por 2010, así que a nadie le extrañará que nos pongamos eufóricas cada vez que hablamos de esta verdura. Amamos su delicadeza, su versatilidad, su sabor único y hasta su forma de micrófono de televisión, y cada vez que llega su mejor época nos lanzamos a cocinarla como si el mundo se fuera a acabar. Prueba de ello son las tropecientas recetas que hemos publicado con este ingrediente en estos 15 años, de entre las cuales os ofrecemos esta pequeña selección.



La coliflor siempre ha sido una hortaliza complicada para muchas personas. Castigada durante siglos por largas cocciones que sacaban lo peor de ella –el olor a pedo en la cocción, entre otras cosas–, ha sufrido un rechazo hasta cierto punto comprensible. Sin embargo, cuando está cocinada en su punto y acompañada por ingredientes que suavicen sus aromas más difíciles, puede ser una de las verduras de invierno más satisfactorias.