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Una charla con cualquier persona con dermatitis atópica o psoriasis conduce casi siempre a la misma conclusión en los especialistas en dermatología: sus síntomas se perciben en la piel, pero su impacto es mucho más profundo. Dejan huella en la autoestima, generan ansiedad, alteran el sueño, están vinculadas a la enfermedad mental más prevalente -la depresión- y condicionan todos los ámbitos de la vida de las personas que las sufren, desde el laboral al afectivo.
Investigadores de la Universidad de Stanford (California, Estados Unidos) han hecho una analogía entre las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) y la basura. Ambas son subproductos de actividades humanas. Ambas están generando serios problemas al planeta. Ambas provocan daños que se pueden cuantificar en dólares. Ambas hay que gestionarlas, pero en ambas hay algunos que no pagan la factura y muchos otros que la sufren. Sobre esta comparación, desarrollada en Nature, la principal referencia de la ciencia, han construido un marco que permite estimar el coste del CO₂ casi a nivel individual. El trabajo también desvela el carácter acumulativo de su impacto: a los daños ya producidos por las emisiones del pasado, habrá que sumar los futuros, que se multiplicarán por 10.
Hace 15.800 años, en una meseta volcánica del centro de Anatolia (Turquía), una perra dio a luz una camada de cachorros. Murieron siendo aún muy jóvenes, quizá con apenas unos meses de vida. Los humanos que vivían en el yacimiento de Pınarbaşı los enterraron deliberadamente, en la misma zona donde depositaban a sus propios muertos. Les daban de comer pescado, el mismo que consumían ellos. Y uno de esos cachorros es, desde hoy, el perro doméstico más antiguo identificado genéticamente, y su historia —reconstruida a partir de fragmentos de hueso del tamaño de granos de café— acaba de publicarse en la revista Nature, en dos estudios simultáneos que reescriben la historia de cómo ese cachorro pasó a convertirse en el mejor amigo de los humanos.
Un incendio forestal puede durar unas horas o días, pero sus estragos tardan años en superarse. Y en Europa cada vez es mayor el riesgo de estos fuegos con el cambio climático: solo en 2025, ardieron un millón de hectáreas de bosques en todo el continente, tres veces más que la media de los últimos 20 años y el equivalente a un tercio de Bélgica o todo Chipre. Consciente de que se trata de un problema que causa problemas económicos, medioambientales y hasta sociales a largo plazo, la Comisión Europea ha presentado este miércoles una “estrategia” para prevenir mejor y afrontar de manera más coordinada estas catástrofes que hace tiempo dejaron de ser algo excepcional.
Los representantes de 16 países miembros de la Secretaría General Iberoamericana, reunidos en una conferencia sobre clima y medio ambiente que se celebra en la ciudad española de Málaga, han cerrado filas este miércoles con la agenda verde internacional y el desarrollo de los grandes tratados medioambientales. Por un lado, los Gobiernos han aprobado la denominada Agenda Medioambiental Iberoamericana, un documento que contiene una batería de medidas que buscan aumentar la colaboración entre estos países en asuntos como las alertas tempranas ante desastres naturales, eventos que en muchas ocasiones el cambio climático está haciendo que sean más duros y frecuentes. Por otro, han adoptado una declaración política de apoyo a los tratados ambientales más importantes en un momento de fuerte presión sobre este tipo de políticas.