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Como en Sudán, o casi. En su café delimitado por telas de colores y con suelo de tierra batida, Nafissa Boubaker prepara el café como en su país, con especias. Sin embargo, esta madre de 39 años está muy lejos de su tierra natal: le llevó un mes y 20.000 libras sudanesas (28,63 euros), una “fortuna” para ella, llegar hasta Kufra, la primera ciudad libia accesible desde las fronteras del sur de Egipto, Sudán y Chad.




La imagen de un fusil en manos de un cantautor es extraña, pero no cuando el que la empuña es Silvio Rodríguez (San Antonio de los Baños, 79 años). El cantautor cubano lleva toda la vida cantándole directa o indirectamente a la Revolución, a sus cabecillas y sus ideales; a los mártires y la guerrilla. “En mis canciones hay politización, pero no propaganda”, dice el músico, que recibe a EL PAÍS este miércoles en los estudios de Ojalá, en La Habana. Habla de la “ortodoxa y cerrada” visión del Gobierno en el ámbito económico y de su apuesta por un socialismo menos “cuadriculado”. “El socialismo de libreta es muy idealista”, zanja. De la opinión que le merece el Gobierno de Estados Unidos no se mueve un milímetro: “El mundo está dirigido por un régimen autoritario, belicista y ladrón. Y no es Cuba”.

Hay dos tipos de cocineros: los que piensan que las verduras son un simple acompañamiento, y los que hemos llorado mirando una bandeja de brócoli apagado lamentándonos (otra vez) “¿por qué no ha quedado verde brillante?”. Si eres del segundo grupo, respira: no estás solo, no es brujería, es ciencia culinaria, y aquí te traigo los “porqués”, los “nunca más” y un montón de estrategias científicamente probadas para que tus verduras queden siempre bonitas.

Cuando cocinas verduras, ocurren reacciones químicas y físicas que alteran sus pigmentos y estructuras. El verde de las verduras (especialmente brócoli, guisantes y acelgas) viene de la clorofila. Esta molécula no es inmortal: al cocinarse en condiciones ácidas o con calor excesivo y prolongado, la clorofila se transforma en –atención: palabras científicas– feofitina porque pierde el átomo central de magnesio (Mg2+) que tenía y que da el color verde brillante transformándolo en gris (esa sensación tristona que a todos se nos ha escapado en algún plato). La feofitina absorbe la luz de manera diferente a la clorofila, lo que el ojo humano percibe como un cambio de un verde brillante a un verde oliva opaco, gris o marrón.
En el caso de la pérdida de textura, es porque las verduras tienen paredes celulares llenas de pectina, un tipo de fibra soluble que mantiene unidas unas células vegetales con otras, como un “cemento”. La cocción rompe esas paredes y hace que el agua entre y salga sin control entre las células: cocinar demasiado tiempo hace que pierdan firmeza y se vuelvan mustias.

Soy bastante aficionada a la lombarda, una pariente del repollo que, al menos en algunas zonas, parece que limitamos a la Navidad. Hervida sin más la encuentro poco atractiva, pero en esta fórmula braseada, la cocción lenta en sus propios vapores la deja tierna, jugosa y con mucho sabor; esta técnica resalta todas las cualidades de esta crucífera.
La Asamblea General de Naciones Unidas ha aprobado este miércoles, por amplia mayoría, la resolución impulsada por Ghana y respaldada por la Unión Africana que declara “la trata de africanos esclavizados y la esclavitud racializada de africanos” como “el crimen más grave contra la humanidad”. A pesar de no ser un texto vinculante, tiene un enorme peso político y se considera un hito histórico en la lucha por el reconocimiento y las reparaciones por los delitos de los que fueron víctimas al menos 12,5 millones de personas a lo largo de 300 años.