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Precious cierra los ojos y aprieta los puños mientras la aguja de la jeringuilla penetra en su muslo derecho e introduce lentamente un líquido amarillo verdoso. La misma operación se repite en el muslo izquierdo. “¡Ya estás protegida para seis meses!”, celebra la enfermera. Esa mañana soleada de marzo, en este pequeño centro de salud de Lobamba, un área rural de Esuatini, esta trabajadora sexual de 32 años acaba de convertirse en una de las primeras personas del mundo en recibir el lenacapavir, un fármaco que, administrado dos veces al año, ofrece una protección cercana al 100% frente al VIH.



Un Mercedes de gama alta se detiene en la puerta del hotel Hilton de Bangkok, a orillas del río Chao Phraya. Una pareja de ejecutivos vestida, tanto él y ella, con trajes de marca y maletines de diseño italiano desciende del vehículo. A su alrededor se elevan otras torres de rascacielos que albergan más hoteles de lujo (Shangri-La, Lebua, Mandarin Oriental, Sukhothai), oficinas acristaladas y sedes de compañías multinacionales. Junto al Hilton, bajo la fachada que da al río, hay un embarcadero del que salen pequeñas lanchas que se dirigen a la otra orilla, a Thonburi, el barrio histórico de la capital de Tailandia. Allí no hay calles, solo canales de aguas estancadas; las casas son palafitos de madera y chapa, la gente vive en cuclillas sobre esteras vegetales y se comercia aún desde piraguas atestadas de todo tipo de productos que manejan mujeres protegidas por un gorro de paja de arroz. Un siglo de distancia entre una orilla y otra del mismo cauce. Así es Bangkok, la reina de los contrastes.

En toda Europa y más allá, la democracia se percibe frágil. Las instituciones siguen en pie. Se celebran elecciones. Los tribunales funcionan. Sin embargo, algo más profundo se está erosionando.
Resulta que Jessica Foster, una Tomb Raider en la guerra de Irán con camiseta de camuflaje ajustada, rubia y de ojos azules, era de mentira. Es una militar que apareció en Instagram, poniendo caritas y pidiendo un “me gusta” a “cada chico hetero a quien le guste una chica del ejército americano”. En cuatro meses tuvo un millón de seguidores, a quienes esta exhibición erótico-bélica debía de darles un subidón patriótico. La soldado Foster colgó fotos con Trump, con Zelenski, con un caza, en el desierto, en una nave (era raro que llevara tacones, pero bueno). Hasta que The Washington Post descubrió el pastel el otro día y dijo que esta señora no existía, era de inteligencia artificial. Dio igual, al rato ella puso una foto en un buque de guerra en el mismísimo estrecho de Ormuz. Como insistiendo, ya ven. Me recordó a otra Jessica, Jessica Rabbit, cuando dijo que no era culpa suya si la habían dibujado así.

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Larry Fink es la persona más poderosa del mercado financiero. Ese estatus se lo otorga BlackRock. Como presidente y consejero delegado de la mayor gestora de fondos del mundo administra 14 billones de dólares. Su tarjeta de visita abre cualquier puerta. Líderes políticos, banqueros centrales, supervisores o empresarios quieren escuchar a quien el escritor William D. Cohan comparó con el mago de Oz: “El hombre detrás de la cortina”. Su influencia es la más deseada: no se ve, pero está en todas partes. Fink (Van Nuys, California, 74 años) estuvo el pasado miércoles en Madrid dentro de una gira por Europa. Tras reunirse con clientes en el Hotel Santo Mauro, EL PAÍS le entrevistó en exclusiva en el club privado Monteverdi.
Los vecinos de Campos del Paraíso (Cuenca) no quieren plantas de biometano en un territorio casi virgen y en el que el único desecho agrícola que generan sus agricultores es la paja de cereal, el cultivo omnipresente en un municipio con apenas 600 habitantes censados y diseminados en cinco pueblos: Carrascosa del Campo, Loranca del Campo, Olmedilla del Campo, Valparaíso de Arriba y Valparaíso de Abajo. Su lucha para frenar la tramitación de tres plantas de biogás ha recibido este sábado el respaldo de 40 asociaciones y de muchos otros vecinos de los pueblos aledaños en una manifestación que ha recorrido las calles de Carrascosa del Campo y que, según sus organizadores, ha reunido a 1.800 personas que no quieren que esta comarca se convierta en el sumidero de miles de toneladas de purines. Los olores, pero también el transporte de estos desechos y el uso del digestato, el residuo que queda tras el proceso de transformación en biogás, amenazan con vaciar estos pueblos y con contaminar sus suelos y acuíferos, según denuncian los afectados.