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El empuje que experimentó la vivienda protegida en 2024 se ha desinflado un año después. Según los datos publicados este jueves por el Ministerio de Vivienda y Agenda Urbana, en 2025 solo se completó la construcción de 11.104 nuevas VPO, un 22,7% menos que en el ejercicio anterior. Trasladada esta diferencia a la cifra concreta, representa una reducción de algo más de 3.000 casas. Y aunque en términos absolutos la del pasado ejercicio es la segunda cifra más elevada de la última década, supone un jarro de agua fría para una tipología de vivienda que no acaba de despegar en España. Pese al relativo consenso entre las distintas Administraciones para fomentar la construcción de VPO (y los anuncios políticos que prometen miles de nuevos pisos a precio asequible), su volumen sigue a años luz de lo que se construía en los noventa y hasta el estallido de la Gran Recesión: entre 1991 y 2008 se levantaron en España de media casi 60.000 viviendas protegidas al año.
Al otro lado de las puertas acristaladas, la figura de Eliades Ochoa (Loma de la Avispa, Santiago de Cuba, 79 años) se distingue sobre las demás: un hombre fornido y carismático, vestido todo de negro, con botas y un gran sombrero estilo cowboy a juego, que, de pie, parece atento a cualquier mínimo movimiento. Desprende el aire de un viejo vaquero en mitad de una cantina, con la salvedad importante de que lo que debería ser un tugurio del Lejano Oeste es, en realidad, The Social Hub, uno de los hoteles y espacios más modernos del centro de Madrid, a unos pocos metros de Plaza de España. No hay jinetes ni camareros que masquen tabaco sino turistas de todas las nacionalidades y una amplia oferta de menús de desayuno y brunch. La música que se escucha de fondo no sale de una pianola sino de un hilo musical que facilita el ambiente tranquilo del lujoso local. Y, aún así, el aura de Ochoa es tan fuerte que, bajo los generosos rayos de sol de esta mañana de marzo que se cuelan por el ventanal, remite a una estampa vaquera. “Un gusto”, dice y estrecha la mano con firmeza. “Estoy aquí para cumplir con el cometido”, añade mientras coge su guitarra, que descansa dentro de su funda encima de la mesa como si fuera una escopeta que cargar al hombro.

Kristina Ishmael (Arizona, 42 años), profesora y asesora educativa, pasó del aula a las responsabilidades políticas, primero como directora de tecnología educativa del Estado de Nebraska y luego dirigiendo la oficina de EdTech en el Departamento de Educación de Estados Unidos. Mientras ostentaba este último cargo, vivió el lanzamiento de ChatGPT en 2022. El anuncio causó una revolución y presume de que fue el primer ministerio de Educación en publicar un informe sobre inteligencia artificial. La agresiva política de Donald Trump acabó con el cierre de la oficina; actualmente, Ishmael, ahora convertida en expat, trabaja desde Barcelona como asesora para los ministerios de Educación de distintos países para fijar políticas entorno al uso de IA en las aulas. En febrero inauguró el Congreso Edtech de Barcelona, alabando sus potencialidades, pero con un punto de partida claro: “La IA no va a sustituir a los profesores”.

El pasado 3 de marzo hacíamos una primera valoración de urgencia del acuerdo entre los rectores de las universidades públicas madrileñas y el gobierno de Ayuso en el que ya intuíamos algunas de las cuestiones que ahora, tras la publicación del acuerdo, se confirman.
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Cuando los Rolling Stones entraron en los estudios Pathé Marconi, en las afuera de París, para grabar su decimoctavo álbum en abril de 1985, las tensiones entre sus componentes habían llegado a su momento más sensible. Tanto que se podría decir que, en aquel momento, no existían virtualmente como banda.
La oscuridad tapa la vergüenza y democratiza los cuerpos que se mueven por el Búnker, la discoteca más grande de este Berlín imaginario. Pero podría ser cualquier club de cualquier otra localidad del mundo. Ya lo decía Nik Cohn en los setenta, en el artículo que inspiró Fiebre del sábado noche (1977), da igual si eres carpintero, si sabes vestirte o bailar bien encajas de lujo en la pista, no importa tu contexto. En estos circuitos se encuentra Nilab —estilado Nila, sin la b, para ocultar sus orígenes—, una post-adolescente que aún en la época actual, encuentra su mimesis en la vida y metamorfosis de Kafka, porque “¿quién iba a entender mejor las vicisitudes de un hombre atrapado en el cuarto de la infancia, bajo una apariencia deshumanizada, que una niña afgana intentando salir adelante?”.

Dieciocho metros cuadrados. Una cama individual, una cocina mínima, una mesa, un armario pequeño, una nevera (también pequeña), una lavadora y hasta un piano. Todo en un único espacio. Para muchas personas ese escenario sería sinónimo de estrechez, renuncia o precariedad. Pero para la comunicadora y experta en finanzas personales Cristina Dayz (Barcelona, 1993), que acaba de publicar el libro Aprende a gastar (Aguilar, 2026), supuso justo lo contrario, una liberación. La experiencia de Dayz, que vivió dos años en ese espacio, podría parecer anecdótica, pero condensa una idea cada vez más presente en el debate contemporáneo sobre el consumo y el bienestar: la posibilidad de que la felicidad no esté en acumular, sino en simplificar.

Hay un tipo de local que todo el mundo dice amar, pero casi nadie sabe gestionar. El sitio donde el mismo grupo de jubilados toma cada día el café de las nueve, los vecinos bajan a por un bocata de tortilla francesa a media mañana, puedes tomar un vermut y unos berberechos en la terraza al sol, para comer tienen buenos guisos o un plato del día con pan, bebida y helado y por la noche te puedes tomar un vino rico por 15 euros la botella (o pegarte un homenaje con un champagne francés tres veces más caro si es lo que te apetece). Bodega Josefa, en el barrio del Farró de Barcelona, reabrió hace dos semanas la persiana que había cerrado hace ocho meses exactamente con ese espíritu.
