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El comienzo de 2026 ha dejado ya algunas pistas que apuntan que este será otro año lleno de récords ligados al calentamiento global, según advierten científicos y organizaciones meteorológicas. Esas señales van desde los incendios por todo el planeta a las altas temperaturas de la superficie del océano y los mínimos en la presencia del hielo marino en el Ártico. Y lo que esperan los científicos es una segunda mitad del año con temperaturas todavía más por encima de lo normal debido a la aparición de El Niño, un patrón climático natural que aumenta el calor en la superficie del agua en las áreas tropicales del Pacífico, lo que acaba teniendo efectos en todo el globo. Varios expertos apuntan ya a una alta probabilidad de que 2026 se cierre como el segundo año —o incluso el primero— más cálido registrado en el planeta. No hay que volver mucho la mirada atrás para encontrar el vigente récord: 2024.
YouTube, TikTok o Instagram afrontan una avalancha de contenido generado por IA y dirigido a público infantil. Es fácil de crear y rápido. Se multiplica de manera industrial. Pero tiene los fallos propios de la generación de vídeo con IA: inconsistencias visuales, incoherencias narrativas y de verosimilitud. Aún es pronto para que haya estudios al respecto, pero ya han surgido voces de especialistas que hablan del impacto de este tipo de vídeos en el aprendizaje cognitivo de los más pequeños.

Eva Baltasar (Barcelona, 1978) recibe en su casa de Cardedeu, a unos 40 kilómetros de Barcelona, en esa frontera difusa donde el área metropolitana se convierte en bosque. Acaba de publicar Peces (Random House, en castellano; Club Editor, en catalán), una novela sobre una relación tóxica entre una escritora y una vendedora ambulante de pescado. Desde el éxito inesperado de Permafrost, monólogo interior de una mujer aislada y suicida que ahora se representa en versión teatral en el Espai Texas de Barcelona, Baltasar se ha convertido en una de las voces más influyentes y leídas de la literatura catalana. Habla despacio, piensa mientras responde y corrige sus frases sobre la marcha. “Soy muy voluble”, dice. “Lo que pensaba en enero quizá ahora ya no lo pienso”, decía a finales de abril. A saber qué opinará a mediados de mayo.

Cuando sonó la sirena en la calle frente a la sastrería del señor Kofi en Ikeja, Lagos, eso solo podía significar una cosa: la red eléctrica había vuelto. Su equipo había estado a oscuras casi todo el día porque se había acabado el combustible del generador. Kofi bromea diciendo que la NEPA —abreviatura local de la Autoridad Nacional de Energía Eléctrica, desaparecida hace tiempo, que en su día gestionaba la red eléctrica nacional— debía de saber que iba a recibir una visita, y que por eso “habían devuelto la luz”. Lleva 25 años al frente de su sastrería. La tienda se encuentra en la Banda A, la zona eléctrica de máxima prioridad de Nigeria, a la que se prometieron 20 horas de suministro eléctrico al día en virtud de la reforma tarifaria introducida en abril de 2024. El combustible para cubrir las carencias cuesta ahora alrededor de 1.300 nairas por litro (80 céntimos), frente a una media nacional de 1.034 nairas (60 céntimos) en enero, según la Oficina de Estadística de Nigeria.
No es común ver por la calle, en cualquier barrio y en cualquier momento, accesorios de un diseñador nacional. De hecho, es algo casi impensable. Pero esas mochilas de tela de colores con un aspa como logo son de Daniel Chong. Es ecuatoriano, pero desde que acabó la carrera en Argentina vive en España y provee a nada menos que 200 puntos de venta en todo el mundo desde su taller de Lavapiés, en el que trabajan doce personas. Lo suyo es una especie de milagro porque, además, como él mismo remarca, “si hubiera empezado la marca con una inyección económica no habría llegado a hacer el producto que hago”. La historia, obviamente, es mucho más larga, pero puedo resumirse así: la madre de Chong emigró a Pamplona y comenzó a regentar un taller de arreglos; él, que durante su carrera de Comunicación en Argentina hacía bolsos con retales y una máquina de coser “casi de juguete” para sacar algo para sus gastos, se vino a vivir con su madre cuando se licenció, y la cosa fue a más. “Utilizaba las máquinas de mi madre y sus retales e iba por las tiendas de Pamplona colocando las mochilas, empezaron a agotarse y vi un filón”. Se mudó a Madrid, se trajo a su madre, la cosa fue todavía a más y lo que eran retales terminaron siendo metros y metros de tela de varios proveedores. “Antes las mochilas eran únicas, y salían más caras. Ahora puedo hacer decenas del mismo modelo”, explica, Después encontró una fábrica en Elche, “Maricruz y Ramón iban a cerrar porque ya se han llevado todo a China. Estuve con ellos formándolos para la confección de los bolsos. Eran tres o cuatro y ahora son 16”.
Primera novela del mago Pynchon desde Al límite (2013) y, a juzgar por su edad provecta, presumamos que la última. Y sí, era de prever que el calado de esta entrega fuese menor que el de sus míticas obras maestras, La subasta del lote 49 (1966), El arco iris de gravedad (1973) o Mason & Dixon (1997), amparadas casi todas ellas por la más ortodoxa estética de la posmodernidad, y no cabía a estas alturas esperar nuevos trucos. A oscuras, sin embargo, es una extraordinaria criatura pynchoniana, promiscua y miscelánea como sus antecesoras, una fiesta concurrida y pasada de vueltas que actúa de caja de resonancia de su obra entera, a la que no alude de forma explícita o desde la tentación de la autoparodia sino con la traviesa intención de despedirse de ella involucrando a su lector, que pronto entiende que le ha sido encargada una labor detectivesca, la de seguir las pistas que en el texto han ido dejando las novelas anteriores.

Son muchas las vidas que ha tenido Safo desde la Antigüedad hasta nuestros días. Si según Christine de Pizan, en La ciudad de las damas, a la muerte de Platón encontraron bajo su almohada unos poemas de Safo, seguro que Lawrence Alma-Tadema se inspiró en la lírica de Alceo cuando pintó a la bella Safo con cabellos ceñidos de violetas y dulce sonrisa. Aristóteles alabó su don de palabra y Ovidio nos recuerda que ella misma se lamentaba de no ser bella, de baja estatura y de piel morena. Muchos han visto en ella a la verdadera reveladora del amor en Occidente, “esa pequeña bestia dulce y amarga”; otros se han valido de su figura en la reivindicación de la igualdad de género. Quizás es ahí donde hallamos más usos y abusos de la poetisa de Lesbos, para unos una tríbada impúdica amante de mujeres que debería arder toda la eternidad en el infierno, para otros la sacerdotisa de un culto que propagaba la revolucionaria y justa idea de que ni se nacía mujer ni se llegaba a serlo si una no quería. Ambos extremos nada tienen que ver con la realidad.

En 1934, Florián Rey rodó una segunda versión del filme La hermana San Sulpicio. Basada en la novela de Armando Palacio Valdés, esta historia ya había sido llevada al cine por el mismo realizador en 1927. La primera versión, claro, era muda, así que Rey puso en marcha la segunda para el lucimiento vocal de Imperio Argentina. La cantante y bailarina bonaerense interpreta a una monja bella, chispeante y de gran voz que pasa unos días en el balneario de Marmolejo. Ese emplazamiento, naturalmente, es ficticio. La película se rodó, en realidad, en el balneario de Cofrentes, que fue inaugurado en 1908 y rápidamente se convirtió en el lugar de moda para la burguesía valenciana. Cofrentes es un pueblo de mil habitantes a cien kilómetros de Valencia, en la comarca del Valle de Ayora.