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Cuando los Rolling Stones entraron en los estudios Pathé Marconi, en las afuera de París, para grabar su decimoctavo álbum en abril de 1985, las tensiones entre sus componentes habían llegado a su momento más sensible. Tanto que se podría decir que, en aquel momento, no existían virtualmente como banda.
La oscuridad tapa la vergüenza y democratiza los cuerpos que se mueven por el Búnker, la discoteca más grande de este Berlín imaginario. Pero podría ser cualquier club de cualquier otra localidad del mundo. Ya lo decía Nik Cohn en los setenta, en el artículo que inspiró Fiebre del sábado noche (1977), da igual si eres carpintero, si sabes vestirte o bailar bien encajas de lujo en la pista, no importa tu contexto. En estos circuitos se encuentra Nilab —estilado Nila, sin la b, para ocultar sus orígenes—, una post-adolescente que aún en la época actual, encuentra su mimesis en la vida y metamorfosis de Kafka, porque “¿quién iba a entender mejor las vicisitudes de un hombre atrapado en el cuarto de la infancia, bajo una apariencia deshumanizada, que una niña afgana intentando salir adelante?”.

Dieciocho metros cuadrados. Una cama individual, una cocina mínima, una mesa, un armario pequeño, una nevera (también pequeña), una lavadora y hasta un piano. Todo en un único espacio. Para muchas personas ese escenario sería sinónimo de estrechez, renuncia o precariedad. Pero para la comunicadora y experta en finanzas personales Cristina Dayz (Barcelona, 1993), que acaba de publicar el libro Aprende a gastar (Aguilar, 2026), supuso justo lo contrario, una liberación. La experiencia de Dayz, que vivió dos años en ese espacio, podría parecer anecdótica, pero condensa una idea cada vez más presente en el debate contemporáneo sobre el consumo y el bienestar: la posibilidad de que la felicidad no esté en acumular, sino en simplificar.

Hay un tipo de local que todo el mundo dice amar, pero casi nadie sabe gestionar. El sitio donde el mismo grupo de jubilados toma cada día el café de las nueve, los vecinos bajan a por un bocata de tortilla francesa a media mañana, puedes tomar un vermut y unos berberechos en la terraza al sol, para comer tienen buenos guisos o un plato del día con pan, bebida y helado y por la noche te puedes tomar un vino rico por 15 euros la botella (o pegarte un homenaje con un champagne francés tres veces más caro si es lo que te apetece). Bodega Josefa, en el barrio del Farró de Barcelona, reabrió hace dos semanas la persiana que había cerrado hace ocho meses exactamente con ese espíritu.

Los sistemas de inteligencia artificial (IA) le dicen al usuario lo que quiere oír. Se ha documentado que suele ser así cuando se le hacen preguntas sobre hechos. También se ha demostrado que eso entraña serios problemas para personas vulnerables a la manipulación o el engaño, llegando en algunos casos hasta el extremo del suicidio. Pero hasta ahora no se había investigado cómo reaccionan estos programas ante preguntas de corte puramente social. Un estudio publicado en la revista Science elaborado por un equipo de informáticos de la Universidad de Stanford confirma que los grandes modelos de lenguaje (LLM, por sus siglas inglesas), como ChatGPT o Gemini, tienden a ser complacientes o serviles en sus respuestas cuando se les consulta por dilemas personales. Y que dan la razón incluso si lo que se les pregunta implica comportamientos dañinos o ilegales, lo que a su vez tiene repercusiones en la forma en que el usuario percibe la realidad.