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España y Francia jugarán una semifinal que muchos consideran una final anticipada. Es también lo que piensa el modelo estadístico con el que llevamos semanas haciendo predicciones en EL PAÍS: son los dos mejores equipos del torneo, un pasito por delante de Argentina y un escalón por encima de Inglaterra.
Auxiliar a los 630 inmigrantes del Aquarius, el barco a la deriva que España iba a recibir, era una cuestión “humanitaria”, solemnizó el presidente gallego, Alberto Núñez Feijóo, que incluso ofreció su tierra para acoger náufragos. Era junio de 2018. Casi nadie sabía qué es un “mena”. La “prioridad nacional” era una idea marginal. La ultraderecha xenófoba aún no había irrumpido en las instituciones. La inmigración era el duodécimo problema del país, citado entre los tres más graves por un 3,5%.


Los parroquianos del bar La Campana comentaban antes de la partida de dominó que tenía que hacer ya un año de lo que le pasó a Domingo. Domingo Tomás fue protagonista involuntario de unos sucesos por los que su pueblo, Torre Pacheco, abrió telediarios nacionales y portadas de prensa extranjera. La razón es que recibió una paliza por parte de tres hombres de origen magrebí a las afueras del municipio cuando salió el 9 de julio de 2025 a su caminata matutina. Su cara ensangrentada se convirtió en la bandera de la ultraderecha para promover una cacería contra el migrante. Aunque los violentos sucesos desencadenados llegaron a prometer más sangre que la vertida finalmente, sí dejaron heridas que todavía no han cerrado en este municipio de unos 40.000 habitantes del Campo de Cartagena, levantado con la fuerza lumbar y el sudor de miles de magrebíes que vinieron en los 90 a cosechar estas tierras.



En persona, Javier Negre tiene dos versiones. O no te mira a los ojos y responde con monosílabos o te dedica toda su atención y energía. Si le interesas, puede hablarte durante horas como si hubieran pulsado un botón en su nuca y por su boca brotara un torrente de palabras. Este reportaje le interesa. A sus 41 años, este malagueño, antiguo periodista de El Mundo y hoy responsable de una constelación de medios acusados de difundir bulos y demagogia de ultraderecha, es tachado por muchos de farsante. Él quiere demostrar lo contrario. Quiere probar que, en el Washington de Donald Trump, lo toman en serio.





Fue el sueño de una noche de verano. Del verano de Malí, si se puede llamar así al pico de su estación seca, a finales de abril; de una velada en la que el calor apretó hasta arañar los 42 grados. Aquella noche fue la segunda del Festival Internacional Hola Bamako, una fiesta musical convertida en símbolo de resistencia que ahora llegaba a su clímax. Todo un gesto político y cultural: una reivindicación de la paz y de la unidad en un país fracturado desde hace décadas por la violencia. Pero el sueño terminó con las primeras luces de la mañana en forma de una atroz cadena de atentados que cercenó ese deseo colectivo.
No hace falta ser melómano empedernido para saber lo que se cuece cada verano en la ciudad alemana de Bayreuth. Y no tiene que ver con el calor: desde 1876, se celebra un festival de ópera que se sacó de la manga Richard Wagner, construyendo un teatro a su gusto en una verde colina (Grüne Hütte) a las afueras del casco urbano de entonces. Un teatro singular, carísimo —pero pagaba el rey de Baviera, Luis II, admirador enfermizo de Wagner—, en el cual la orquesta queda oculta bajo el escenario para que brillen más las voces. Aquel año, Wagner estrenó allí su tetralogía El anillo del Nibelungo, ciclo que comprende cuatro óperas: El oro del Rin, Sigfrido, Las Walkirias y El ocaso de los dioses. Y este 2026, el Festival Wagner de Bayreuth cumple 150 años, por lo que la ciudad bávara se dispone a vivir un verano muy especial
El 10 de noviembre de 2019, la presidenta electa de la Comisión, Ursula von der Leyen, viajó de Bruselas a Berlín para entregarme el Premio Axel Springer por La era del capitalismo de la vigilancia. Parecía consciente de la importancia histórica de aquel momento en el que Europa era la única fuerza geopolítica capaz de frenar la caída precipitada hacia la distopía digital.
Ormuz no llevaba ni tres semanas cerrado cuando, a mediados de marzo, la Agencia Internacional de la Energía (AIE) encendía todas las alarmas con un informe demoledor: la guerra, decía, ya había provocado “la mayor disrupción de oferta de la historia del mercado petrolero”. Unos 15 millones de barriles de crudo y otros cinco de productos refinados se habían volatilizado, un escenario de terror. La crisis energética estaba servida. En abril, con el estrecho aún clausurado, la alerta tomaba un cariz aún más dramático: Europa, advertía el brazo sectorial de la OCDE, solo tenía queroseno para seis semanas.