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Román Socias (Mendoza, Argentina, 25 años) soñaba con conocer España, al fin y al cabo es parte de su historia. Su abuelita, Dolores González (Albacete, 81 años), es una de los cerca de 10.000 españoles que migraron a Argentina tras el fin de la Guerra Civil. En 2021, Román decidió mudarse a Valencia, y después de dos años de trabajar como camarero se aventuró a renunciar a su trabajo y a dedicarse únicamente a las redes sociales. Su propósito: recorrer las 50 provincias españolas y las dos ciudades autónomas del país en el que nació su abuela.

La soledad fue el precio glosa la vida de Carmen Díez de Rivera en un libro escrito por la filóloga y escritora catalana Carmen Domingo. Su lectura genera una evocación agridulce en quienes conocimos de cerca a la mujer que, tras la Reina, más alto cargo político ocupara durante la Transición de la dictadura a la democracia, como consejera áulica del Rey y jefa de Gabinete de Adolfo Suárez.

Cuatro décadas de trayectoria avalan a Suzanne Vega (Nueva York, Estados Unidos, 66 años), aunque sorprende ver que solo ha publicado 10 álbumes en estos 40 años. “De joven tuve una familia, dediqué mucho tiempo a criar a mi hija, y durante los últimos 10 años trabajé en el teatro, con un espectáculo basado en la vida de la escritora Carson McCullers. A finales de 2019 pensé que era hora de grabar un nuevo disco, y entonces llegó la covid”, afirma desde la habitación de un hotel en Francia. En la pantalla se la ve afable, con una camiseta de listas horizontales, su inconfundible flequillo rubio y unas gafas de pasta. El coronavirus es el tema que más sacará durante la charla: para explicar que su ciudad, Nueva York, ha cambiado a peor desde entonces; que llevó fatal los conciertos online durante el confinamiento y que ahora ya no firma discos después de cada actuación porque fue así como se contagió del virus dos veces. “Ahora lo hago antes”, afirma una artista a la que sigue encantando actuar en vivo. “Siempre he querido estar en un escenario desde niña, y siento que mi razón de existir es tocar para un público, pequeño o grande, da igual”.

Ya hace tiempo que en los palacios del poder se sabe que la fiscal superior de Madrid no traga al fiscal general del Estado, así que esa mañana temprano, cuando Álvaro García Ortiz la llama por teléfono hasta seis veces seguidas y le envía un torrente de mensajes de texto, Almudena Lastra no le responde, sino que termina de arreglarse y a eso de las 8.30 sale de su domicilio y se dirige en coche al despacho. La noche anterior, cuando su jefe de prensa le advierte, muy nervioso, de que García Ortiz anda removiendo Roma con Santiago para tratar de desmentir una noticia falsa que ha puesto en circulación el diario El Mundo, Lastra le responde: “Tranquilo, Íñigo, apaga el teléfono y vete a dormir”.