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—Las mujeres en la Iglesia jugamos con la jerarquía al escondite inglés.

1 de mayo de 2011. Un día cualquiera en la agenda del multimillonario Jeffrey Epstein, menos de dos años después de abandonar una cárcel de Florida tras ser sentenciado por prostitución de menores. Este es el programa de aquella jornada, tal y como se desprende de los papeles desclasificados por las autoridades de Estados Unidos: a las 9.30, un desayuno con el diplomático Terje Rod-Larsen. A las 11.00, una reunión con Nick Ribis, antiguo ejecutivo de los hoteles de Donald Trump. A las 13.00, un encuentro con el periodista Michael Wolff. A las 17.00, una cita con Howard Lutnick, actual secretario de Comercio de Estados Unidos. A las 18.30, una cena con el cineasta Woody Allen y su esposa, Soon-Yi Previn, junto a otros invitados como el neurocientífico Steve Kosslyn y el financiero Glenn Dubin. A las 20.30, una cena en casa de la diseñadora Vera Wang.
A la hora de seleccionar las personas más relevantes que aparecen en los documentos del Departamento de Justicia, EL PAÍS ha decidido dar mucha importancia al tipo de vínculo que los protagonistas tuvieron con Epstein. Por ello no hemos incluido a personas que aparecen mencionadas en los papeles pero sin mayor prueba de contactos con el pederasta o su entorno: así, por ejemplo, no hacemos referencia a Juan Carlos I, cuyo nombre aparece en los millones del archivos publicados por haber sido mencionado por una actriz, ni a José María Aznar, cuyo nombre aparece en dos recibos de envíos hechos por el pederasta, pero no hay otro vínculo entre ambos según los documentos desclasificados. Tampoco incluimos a Alberto Cortina, por cuyos negocios se interesó Epstein a través de terceros, pero sin llegar a tener un contacto directo.

Las líneas amarillas indican lo que gana esa persona en un día. Las líneas rojas indican el precio total de la consulta.
Un cuento de Woody Allen recrea un célebre pasaje de la Biblia, cuando Dios se le aparece a Abraham y le ordena matar a su hijo Isaac. Así que Abraham se levanta y le dice: “Isaac, ponte los pantalones”. Cuando le explica que tiene que matarlo porque se lo ha dicho Dios, el chaval no se cree que su padre le haga caso, así como así, sin decir nada. Su mujer también le echa la bronca por creerse lo primero que le cuenta uno que pasa por ahí a las dos de la madrugada. Pero cuando Abraham se dispone a sacrificar a su hijo, el Señor interviene para pararlo, le dice que era una broma y le asombra que se lo haya creído. “Nunca sé cuándo hablas en serio”, lamenta el patriarca.
¿Provocará la guerra de Irán una recesión económica mundial? ¿Estamos abocados a aceptar el mundo sin normas que intenta imponernos Donald Trump? La respuesta inicial a estas preguntas sólo puede ser “depende”. Si leen o escuchan respuestas más categóricas, desconfíen. En economía no hay verdades generales, más allá de la banalidad de decir que “los incentivos importan”.
La primera vez que vio el cartel de Zeta, su nueva película, a Mario Casas (A Coruña, 39 años) se le escapó una sonrisa. “Me vi ahí con un arma, con una explosión detrás, como el héroe de acción de una película americana. Me hizo muchísima gracia”. Posiblemente se acordó de todas las horas que había pasado viendo películas como aquella. “Soy de una generación que tiene idealizado el cine. Mi infancia fueron las películas, los videoclubs. Llegabas a casa y el plan del sábado por la noche era alquilar una peli. Yo con 13 o 14 años, mientras mis colegas jugaban al fútbol, cogía el autobús del centro comercial para ir al cine solo”.