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En la localidad israelí de Zarit, a apenas 650 metros de Líbano, salir de casa implica ponerse en peligro. Los cohetes, drones y proyectiles antitanque que Hezbolá dispara a diario desde que, hace casi dos semanas, se sumó a la guerra en apoyo de Irán llegan en cuestión de segundos. A menudo, el aviso de alerta máxima aparece en el móvil a la vez que ululan las sirenas antiaéreas y la estela del proyectil de Hezbolá se dibuja en el cielo. Hasta cinco veces en una hora, seguidas de escasos momentos de calma relativa. Por eso, aquí, en Zarit; en Metula (otra localidad que roza con Líbano); en la más grande Kiriat Shmona (y, en general, en toda la franja de oeste a este a pocos kilómetros de la frontera), apenas se ven civiles en las calles y carreteras, pese a que la población no ha sido evacuada, a diferencia de octubre de 2023, cuando Israel desplazó a más de 60.000 personas a hoteles y apartamentos a partes más seguras del país.




Édouard Philippe es la esperanza de una gran parte del centroderecha en Francia para batir en una segunda vuelta a la ultraderecha en las presidenciales de 2027. El poderío del ex primer ministro, disparado en los sondeos hace un año, ha ido menguando en los últimos tiempos con declaraciones extemporáneas y un cierto languidecimiento de su propuesta. Pero Philippe tiene una ventaja. O un problema enorme. Es también el alcalde saliente de Le Havre (165.830 habitantes) y aspira a la reelección en los comicios que se disputarán este domingo y el próximo día 22 de marzo. Los sondeos aprietan. La izquierda llega casi empatada en los sondeos a la primera votación. Y si no revalidase la alcaldía, sus aspiraciones al Palacio del Elíseo quedarían tocadas de muerte.
Era un evento sencillo. El senador y aspirante presidencial Miguel Uribe Turbay subió el pasado 7 de junio a una tarima improvisada en el parque de El Golfito, en el barrio bogotano de Modelia, y tomó el micrófono para presentar sus propuestas de salud y para mejorar la situación de las personas con discapacidad. Dos disparos a la cabeza y uno más en la rodilla izquierda interrumpieron en seco el discurso. Tras permanecer dos meses en estado crítico, Uribe Turbay falleció el 11 de agosto. No habían comenzado todavía formalmente las campañas en Colombia, pero fue un aviso de lo que estaba por venir.
Una escena poco habitual se vio este 11 de marzo en Chile, el día que el ultraconservador José Antonio Kast asumió la presidencia. Un camión de mudanza llegó al mediodía a La Moneda con camas, sillones y muebles del nuevo mandatario y su esposa, la abogada Pía Adriasola. Y es que por primera vez desde mediados del siglo pasado, un jefe de Estado decidió trasladarse a vivir al palacio presidencial durante su mandato. “Desde esta noche, junto a la Pía, nuestra primera dama, el palacio de La Moneda será nuestro hogar”, afirmó Kast en su primer discurso presidencial a la ciudadanía desde el balcón del Salón Toesca. Lo que busca, según ha dicho, es dar una señal de austeridad en tiempos de déficit fiscal. También de un trabajo intenso para implementar su Gobierno de emergencia, centrado en la seguridad, migración irregular y economía.
Rousseau eligió el lago Lemán, en Suiza, para contar en uno de sus libros que su sociedad ideal era Esparta: pequeña, severa, autosuficiente, patriótica e insolentemente no cosmopolita y no comercial. Mary Shelley se encerró en una villa junto a ese lago para idear en una noche mítica Frankenstein, sobre las consecuencias de la falta de límites en la ciencia. Nabokov pasaba largas temporadas en un hotelito en esta zona, discreto y elegante, y aquí escribió Ada o el ardor, deslumbrante novela sobre la pasión. A orillas del Lemán está también la sede de la Organización Mundial de Comercio (OMC), una de las instituciones multilaterales más castigadas por una sacudida del orden global que es una mezcla de Rousseau, Shelley y Nabokok: un mundo en el que crece el populismo ultra y prima la ley de la selva, en el que tecnologías como la inteligencia artificial son tanto una oportunidad como una amenaza, y en el que las pasiones neoimperialistas de Estados Unidos son capaces de empezar una guerra que envuelve en una espesa niebla de incertidumbre los escenarios de futuro. La nigeriana Ngozi Okonjo-Iweala (Ogwashi-Ukwu, 71 años), directora general de la OMC, recibe en Ginebra a EL PAÍS y otros diarios europeos agrupados en la alianza LENA, y hace un repaso por esta era que ella prefiere denominar “de la disrupción” más que del desorden. En casi una hora de conversación, Okonjo-Iweala se las ingenia para no pronunciar la palabra “Trump” en una habitación bañada por una luz afónica, con las montañas suizas aún nevadas y el famoso lago tras los ventanales.
Vuelve el peligro alemán. ¿El de los años treinta? Quizá uno parecido al de la Gran Recesión, el designio que denostó el añorado Ulrich Beck en “Una Europa alemana” (Paidós, Barcelona, 2012). ¿Se acuerdan? Se refería a cuando “las crisis invitan a la acumulación de poder”: en aquel momento económico-financiero, aunque “en ciertas circunstancias pueden provocar su caída”.
Al anochecer de un miércoles reciente, mientras una fría lluvia caía afuera, los pasillos de un centro recreativo parroquial en Queens comenzaron a llenarse lentamente. Uno a uno, estudiantes de todas las edades fueron llegando. Caminaban de un lado a otro por el pasillo de baldosas verdes, estrechando la mano de cada persona ya sentada, mientras desde las aulas vecinas se filtraban los sonidos de violines afinándose y el rasgueo rítmico de guitarras. Una niña corrió hacia su ensayo, con un estuche de violín tan grande como ella misma. Los padres que bordeaban el pasillo –muchos de los cuales son estudiantes también– se acomodaron para esperar sus propias clases.
El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, anunció este viernes que su Gobierno comenzó a conversar con representantes de la administración de Donald Trump. El anuncio llegó pocas horas después de la liberación de 51 presos ―de los que la organización Prisioners Defenders asegura que al menos cinco son políticos― y tras días de cacerolazos y asambleas estudiantiles, en señal de hartazgo frente a una crisis energética que ha puesto en jaque el transporte, la educación y el día a día de los cubanos. “Hace más de tres meses que no entra un barco de combustible en el país. Estamos trabajando en unas condiciones muy adversas, con un impacto inconmensurable en la vida de todo nuestro pueblo”, sostuvo en su alocución.
El humor bien entendido empieza por uno mismo: quien no es capaz de reírse de sí mismo no tiene derecho a reírse de nada. Por eso hay pocas cosas tan saludables como la autoironía, una bendición cada vez más difícil de encontrar en un mundo donde, gracias a las redes sociales, tantos parecen consagrados a practicar a tiempo completo el arte del “mecachis-qué-guapo-soy”; y lo asombroso no es solo que a sus practicantes no les avergüence esa exhibición asidua de supuestas bondades propias, ese alarde impúdico de los propios logros o los éxitos supuestos o reales: lo asombroso es que no hunda en el descrédito a quien lo practica. Porque, además de impúdica, esa perpetua alabanza de uno mismo es envilecedora, degradante. La virtud es como los fantasmas: en cuanto sale a la luz, se disuelve; la virtud es secreta o no es: si yo les cuento que esta mañana le he dado 300 euros a un mendigo, ese acto de generosidad deja de ser al instante un acto de generosidad y se convierte en una cuña publicitaria: “Admiren ustedes mi bondad”. A menudo es difícil sustraerse a la impresión de que esa es la pesadilla que estamos construyendo con las redes sociales: un mundo infestado de hombres-anuncio, de mercachifles de sí mismos, de narcisistas insaciables. También en este sentido Trump es un emblema de nuestro tiempo: el ególatra entregado al autobombo y alérgico al humor y la ironía (no digamos a la autoironía, que es lo opuesto al autobombo), la personificación de l’esprit du sérieux que La Rochefoucauld definió con estas palabras insuperables: “La seriedad es la máscara que se pone el cuerpo para ocultar la putrefacción del espíritu”.
Es martes por la mañana en el madrileño polígono de Suanzes donde se encuentra la redacción de EL PAÍS. Danny Ocean está en el aparcamiento junto a una furgoneta negra. A su alrededor, un séquito de hombres que le seguirá allá donde vaya. El cantante estuvo la noche anterior cenando jamón con su novia, la modelo dominicana Mar Bonnelly, y hoy tiene el gesto, el habla y el andar laxo. Dice que el peor día de jet lag es siempre el tercero. Tiene poca energía para responder preguntas, elegir ropa, hacerse fotos. Es un artista internacional. Ocean se quita las gafas de sol y aparecen unos ojos oscuros, de un marrón prácticamente negro, como si el iris y la pupila estuviesen fusionados, como si fueran los ojos de un extraterrestre. “Primero, la entrevista; luego, las fotos”, dice con firmeza.