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“¿De quién es este preso?”. Con esa pregunta han iniciado sus gestiones en los últimos años los abogados Alfredo Romero y Gonzalo Himiob, al frente de la ONG Foro Penal. La organización ha defendido a más de 14.000 perseguidos, presos políticos y familiares de los asesinados en las primeras protestas contra el chavismo, las del 11 de abril de 2002. En su despacho se guarda parte de la memoria de dos décadas de violencia política y deriva autoritaria, que la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, intenta dejar atrás, presionada por la intervención militar del 3 de enero en la que su antiguo jefe, Nicolás Maduro, fue sacado del poder.






El ministro de Defensa de Colombia duerme poco. Muy poco. Se levanta a las 4.30 de la mañana y su agenda se alarga hasta bien entrada la noche. Cuando Pedro Sánchez recibe a EL PAÍS en su despacho este lunes, se le escapa algún bostezo, pero está de buen humor. Se ríe cuando escapa de las preguntas y bromea para que le saquen bien en las fotos. “Pose casual”, le invita medio en broma, medio en serio, su uniformada jefa de prensa. Aún le queda una entrevista más —la tercera de la tarde— antes de salir corriendo a un Consejo de Ministros en el que el presidente Gustavo Petro acusará a Ecuador de bombardear territorio colombiano en su lucha contra el narco. Un día más que se acostará tarde.



Irán ha comenzado a permitir el paso a discreción de ciertos buques por el estratégico estrecho de Ormuz, consciente de que es su principal baza en la guerra contra Estados Unidos e Israel al estrangular la vía por la que circula un 20% de los hidrocarburos que salen a los mercados internacionales. Se trata en su mayoría de petroleros y buques cisterna que se dirigen a países asiáticos como China, India y Pakistán, y cargueros con destino o que habían recalado en países ribereños del golfo Pérsico.
El cierre del estrecho de Ormuz amenaza con provocar una tormenta perfecta con impacto en el bolsillo de los consumidores, pero también en las cosechas, el envasado de los productos que consumimos diariamente o el uso de ChatGPT, Gemini o Copilot. Por cada día que se extienda la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán se restringe el comercio mundial de productos que van más allá del petróleo y el gas natural, y cuyo impacto en la economía global es casi tanto, o más relevante, aunque mucho más silencioso. “La verdadera vulnerabilidad son los derivados, no el crudo”, sostiene en un informe Felipe Elink Schuurman, cofundador de la firma de compraventa (trading) de materias primas Sparta, que advierte de que están próximos los efectos de segunda ronda que impactan ya en las cadenas de suministro y que “esta crisis va mucho más allá del barril de petróleo”.
Tan pronto como Irán comenzó a golpear a sus vecinos árabes del Golfo Pérsico en respuesta a la ofensiva de Estados Unidos e Israel contra la República Islámica, el pasado 28 de febrero, fotos y vídeos de los ataques empezaron a circular ampliamente en las redes sociales. Algunas de las grabaciones mostraban escenas dramáticas de impactos de misiles y drones, incendios en hoteles y zonas residenciales provocados por interceptaciones aéreas, y densas columnas de humo elevándose sobre infraestructuras críticas como puertos, refinerías y aeropuertos.
La organización libanesa Hezbolá se prepara para iniciar una guerra de guerrilla contra el ejército israelí, que amplia entre bombardeos su ocupación terrestre del sur de Líbano. El Gobierno de Benjamín Netanyahu, que hace dos semanas inició junto a Estados Unidos una guerra contra Irán, ha asegurado que la ofensiva contra el grupo proiraní será la definitiva tras dejar el trabajo sin resolver durante ofensivas anteriores. El brazo armado de Hezbolá, el mayor actor político y militar de Líbano desde hace lustros, se adentra en una guerra agónica sin más aspiración que su supervivencia y la de la República Islámica que lo sostiene.
Las encuestas cumplieron su función en Castilla y León: el resultado fue lo que decían que era probable, una victoria del Partido Popular sin mayoría absoluta. Los sondeos tuvieron una precisión normal. Cometieron un error por partido de 1,7 puntos, un poco mejor de los 2 puntos que son su acierto histórico en España. Nuestro promedio redujo ese error a 1,6 puntos y las mejores estimaciones fueron las de Sigma Dos (0,8) y GAD3 (1,1).
PP y Vox ya hablan el mismo lenguaje sobre sus pactos de estabilidad y duraderos para gobernar juntos en Extremadura, Aragón y Castilla y León y empiezan a tomarse la medida también en el Congreso. Ahora, tras la última cita electoral y antes de que arranque la campaña en Andalucía, parecen mostrar más prisa por entenderse y no manifiestan claras diferencias de fondo. La portavoz parlamentaria del PP, Ester Muñoz, no tuvo problemas en reconocer este martes que los posibles acuerdos en el Congreso deberían de servir de “gran guía de lo que podemos hacer en las comunidades autónomas”. Su homóloga de Vox, Pepa Millán, ratificó que habrá pactos autonómicos pero matizó que no deberían ser directamente extrapolables a la Cámara baja aunque luego se apoyaron en varias iniciativas de la agenda de las derechas parlamentarias, como ampliar la prisión permanente revisable, sobre inmigración o una defensa de los cristianos perseguidos por el mundo y sobre todo en Nigeria.
Vox se convierte en el único partido que crece en las tres elecciones celebradas desde diciembre y rompe su techo. Vox modera su ascenso y queda por debajo del 20%. Las dos frases son ciertas y las dos demuestran que el resultado del domingo en Castilla y León permite al partido de Santiago Abascal ver el vaso medio lleno o medio vacío. ¿Fue el 15-M una noche de éxito o de fracaso para Vox? ¿Qué factores determinan actualmente su rendimiento? EL PAÍS busca respuestas con cinco especialistas en ciencia política, sociología, demoscopia y extrema derecha.
De qué hablamos cuando decimos que alguien “canta bien”. Qué es cantar bien. Espinosa cuestión, y más hoy, cuando el recelo entre generaciones no parece admitir ni sosiego ni posiciones intermedias. Existe unanimidad en afirmar que a Maria Callas se le daba bien eso de abrir la boca y emitir sonidos. Igual que a Frank Sinatra, Mercedes Sosa o Beyoncé, esta última para disfrutar en la actualidad. Pero ese susurro rugoso y penetrante de Leonard Cohen, ¿lo podemos considerar bajo ese prisma de la excelencia? Aquí es cuando comienza el verdadero debate. El caso es que existe una corriente ruidosa, abundante y, digámoslo también, de gustos clasicotes que considera que Bad Bunny, la estrella más grande del pop actual (lo sentimos, Taylor Swift), no anda ducho en esto de la afinación, la entonación y la proyección vocal. Solo hay que sumergirse en los comentarios de los artículos que este periódico publica sobre el puertorriqueño para comprobar el encendido intercambio de opiniones que suscita el tema. Algo ha cambiado después de sus ya célebres 13 minutos en la Super Bowl, pero no lo básico. Recogemos el sentir de muchos comentarios en este: “Qué gran espectáculo, qué bofetón a Donald Trump, qué valentía… Pero sigue cantando mal”.