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Un banco, algún taca taca, y la palabra. Todos los días, y a la misma hora, un grupo de siete mujeres de entre 63 y 94 años se reúne para tertuliar en el mismo lugar: cuatro en el banco, una en la silla de ruedas y las otras dos apoyadas en su taca taca. Como un Café Gijón, pero en la plaza Santa Maria de la Cabeza de Madrid: “Venimos aquí porque esto son dos pastillas menos al día”. Este martes, como no podía ser de otra manera, la semifinal del Mundial entre Francia y España se ha comido parte de la charla. Las más jóvenes, Begoña y Rosalinda, ambas por debajo de los 70, están entusiasmadas: “Ganamos seguro si saca a Borja Iglesias y a Mikel Merino desde el inicio”, dice Begoña. “Que no, que a Merino hay que guardarlo para el final”, responde su amiga. Las más mayores observan como quien no quiere la cosa. “Mira, yo he tenido un marido que desayunaba, comía, cenaba con el fútbol. Si había partido, las mujeres a preparar los bocatas. Estaba agonizando y a encender la televisión para el fútbol. Muerto el perro, se acabó la rabia”, explica una de las mujeres, abulense de 90 años.
Queda aún más de una hora para el encuentro y Lula M. y Nora A. hacen juntas una larga cola, ambas con la camiseta de su selección, para entrar en el centro de la juventud de Barbes, uno de los barrios más multiculturales de París, donde se va a proyectar gratis el partido entre Francia y España. Saben que será complicado lograr la victoria. Los padres de Nora nacieron en Senegal y Lula vive en un distrito acomodado “algo lejos de aquí”. Ambas se conocieron en una beca Erasmus en Madrid y vienen a defender a su selección, “la de esa Francia en la que no hay franceses”, ironiza entre risas Nora, en referencia a la polémica desatada tras el artículo del expresidente Mariano Rajoy.
Y sí, España volvió a una final de la Copa del Mundo 16 años después. La de Dallas, ante Francia, fue una actuación coral del equipo, como todas las de esta edición de la Copa del Mundo, pero con mucho más colmillo. El combinado dirigido por Luis de la Fuente no depende de una individualidad, aunque sí se sostiene por dos figuras clave: Rodri Hernández y Aymeric Laporte. El centrocampista del Manchester City y el central del Athletic Club sujetaron al equipo cuando alguna debilidad asomaba e iluminaron el camino de España hasta la segunda final de su historia. Rodri es el termómetro de esta selección. Batuta en mano, pone el tiempo y frena y acelera el juego cuando él lo demanda. Y Laporte parece haberse sacudido una temporada irregular con su club y está al nivel imperial de la Eurocopa 2024.
España llega embalada a la final de la Copa del Mundo después de negar al mejor surtido de delanteros solistas de Francia, finalista de las dos últimas ediciones y campeona en 2018, abatida sin discusión después de pasear como una reina por los estadios del Mundial 2026. El partido fue un acto de afirmación universal del fútbol coral y armónico del equipo español, especialmente sensible, delicado incluso en los goles e impermeable en defensa, imposible para el desquiciado Mbappé. Ninguna selección ama tanto a la pelota como España. Tanto que se la quedó para desespero de Francia. Nadie trata mejor al balón, desde el portero hasta el extremo izquierdo, de principio a fin, de área a área, cada vez más entonada y afirmada a partir de aquel sorprendente estreno ante Cabo Verde.