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Comprar una vivienda es una misión cada vez más complicada para muchas personas en España. La escasez de inmuebles, el aumento de los precios y la dificultad para ahorrar impiden a muchas familias acceder a una hipoteca. La norma general que aplican los bancos es que no financian más del 80% del precio de compra, por lo que el comprador debe aportar ese 20% restante, además de los impuestos y otros costes, que suelen rondar otro 10% adicional. En la práctica, para una vivienda de 300.000 euros, eso supone disponer de antemano de unos 90.000, una cifra inasumible para muchas personas que quieren adquirir una casa. En este contexto han proliferado anuncios de intermediarios y plataformas que prometen conseguir hipotecas al 100% de financiación. Pero, ¿realmente es posible?

España ha propuesto al Eurogrupo lanzar nuevas emisiones de eurobonos. Roza con dos recelos: el hiperrigorismo, alérgico a aumentar deuda o compartir riesgo; la incomodidad de los grandes emisores de bonos nacionales, ante una competencia comunitaria atractiva.
La guerra contra Ucrania se ha cobrado centenares de miles de vidas en Rusia, pero las bajas de la contienda desatada por Vladímir Putin no se reparten de modo uniforme por la geografía del país, sino que proporcionalmente son más numerosas en los territorios pobres y deprimidos y afectan en especial a las vulnerables minorías nacionales no rusas.
Bajo el cielo límpido del verano, las olas rompen en la pedregosa cala de Anzac con una solemnidad rítmica y silenciosa, casi con respeto, como si no quisieran importunar a los muertos. Desde el agua, los acantilados terrosos de Ariburnu, cubiertos de pinos y sabinas, aparecen inexpugnables; y uno se pregunta quién en su sano juicio decidiría lanzar, precisamente por aquí, una invasión.
Cuando empezó el Mundial de fútbol de EE UU, México y Canadá, y parece que ha pasado mucho tiempo, los focos estaban puestos en las estrellas más renombradas. En una primera fase ampliada a 48 equipos, necesariamente desigual aunque no tanto como se esperaba, los galácticos se hincharon a marcar goles: seis Messi, cuatro Mbappé, Dembélé, Haaland y Vinicius. Sumemos a esa élite a Olise, que no marcó pero deslumbró a base de asistencias, y a la estrella española Lamine Yamal, que llegaba al torneo renqueante de una lesión. Francia, con tres de esas siete figuras en sus filas, era clara favorita ante España, y también para ganar el torneo de acuerdo a las casas de apuestas (aunque Kiko Llaneras, con su propio modelo, acertó más). La Roja (de blanco ese día) venció con autoridad a Les Bleus, y se medirá en la final a una correosa Argentina, porque el fútbol es un deporte de equipo. Y España ha sido durante todo el torneo mucho más equipo que nadie. Ante Francia se apropió del balón, lo movió con inteligencia y con paciencia, se protegió lejos de su portería, e hizo a sus rivales desesperarse corriendo detrás de la pelota. Las estrellas desequilibran, claro que sí, y pueden decidir eliminatorias con una genialidad. Pero al final ha importado más la cohesión del grupo.

A Vicente del Bosque (Salamanca, 1950) nunca le ha dado un ataque de importancia, ni siquiera después de ser el seleccionador con el que España ganó el Mundial 2010 en Sudáfrica. Tampoco ahora, cuando la Roja disputará el domingo su segunda final de la Copa del Mundo contra Argentina, siente la necesidad de reivindicar su obra. Ha seguido el torneo con dedicación, sin llegar a ver todos los partidos, y ha tenido tiempo de cuidar de su campus de verano en Salamanca y en algunos pueblos cercanos. Su figura discreta, serena y amable encaja precisamente con la de los técnicos de las dos selecciones finalistas, Luis De la Fuente y Lionel Scaloni. Del Bosque atiende a EL PAÍS por vía telefónica.

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En la reunión celebrada en el salón de té de la mansión/hotel de Donald Trump de Mar-a-Lago en la que se decidió el 11 de noviembre de 2024 que Pete Hegseth sería el siguiente secretario de Defensa de Estados Unidos, el entonces presidente electo ofreció dos argumentos, para él, de peso. “Nadie ha dado mejor en cámara que ese tipo” fue uno de ellos. “Se ha portado siempre muy bien conmigo”, el otro.
El año nuevo arranca con el estreno de Tiempos modernos, la última cinta de Chaplin que refleja la mentalidad, la vida cotidiana y la precariedad de la sociedad industrial norteamericana. La magia del cine permite olvidar, dejar atrás la crisis y proyectar una nueva verdad al mundo. Minutos antes de comenzar la película, que gira por todo el país, los espectadores asisten al noticiero, un resumen de la actualidad del mundo en imágenes. El pase del 15 de julio de 1936 está dedicado a los sanfermines de Pamplona, ciudad en la que se termina de fraguar el golpe cívico-militar, en palabras del general Mola, su director, que desemboca en una larga guerra civil. Apenas 10 días más tarde, el público de las salas de cine estadounidenses asiste al cierre de la frontera francesa y puede ver cómo su propio embajador anuncia el envío de buques para socorrer a sus compatriotas. La cámara vuelve a las calles de la capital navarra, la fiesta es ahora un desfile militar y de organizaciones femeninas, fundidas en perfecta armonía con la música de fondo. El ojo americano, como el resto del mundo, se posa sobre España, un país en armas, convertido en el reñidero de Europa.

“Yo tenía 10 años”, relata Nicolás Sánchez-Albornoz, “y estaba enfermo, en la cama. Vivíamos en la calle Ferraz, justo en la esquina de la plaza de España, y una parte daba al Cuartel de la Montaña. Cuando lo asaltaron, las barridas de las ametralladoras llegaron a las habitaciones de mis hermanas, que, afortunadamente, no estaban. Mi abuela Teresa me cubrió con su cuerpo...”. La guerra entró por la ventana y se quedó casi 40 años. Todos los que habían vivido en esa casa tuvieron que abandonarla y, a partir de ese momento, 18 de julio de 1936, aquella familia, como otras decenas de miles en España, empezó a dispersarse por distintos países para evitar que mataran a uno, que metieran a otro en la cárcel, que pudieran volver a juntarse. Muchas no lo consiguieron. En el 90 aniversario del inicio de la Guerra Civil, EL PAÍS visita en su refugio de Ávila a aquel niño de la calle Ferraz que ahora tiene 100 años y puede contar, en primera persona, todo lo que arrasó un golpe de Estado disfrazado de cruzada religiosa cuyas consecuencias perduran hasta hoy en forma de fosas comunes aún sin abrir y en discursos revisionistas y negacionistas que se pronuncian incluso en la sede de la soberanía nacional y, por tanto, de la democracia: el Parlamento.



