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“¡Eppur si muove!”, decía Galileo Galilei: y, sin embargo, se mueve. Primero fue la invasión rusa de Ucrania, en 2022, que disparó el precio del gas, el petróleo y la electricidad cuando el mundo apenas levantaba aún la cabeza tras la pandemia. Pocos creyeron que sería posible esquivar la recesión mundial, pero se logró. Después llegó el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca y su apuesta por imponer aranceles a diestro y siniestro. Los temores se dispararon de nuevo, pero el desplome económico no llegó. En esas, el propio Trump —de la mano de su amigo y homólogo israelí Benjamín Netanyahu— declaró la guerra a Irán y el desaguisado terminó con el estrecho de Ormuz cerrado. No había precedentes de algo así: la quinta parte del petróleo y el gas licuado que engulle un mundo aún adicto quedaba automáticamente fuera de juego. Y, sin embargo, los tambores de recesión volvieron a quedar en lejana melodía.
El FMI rebajó el miércoles marginalmente su previsión de crecimiento para la economía mundial para este año (del 3%, una décima menos de lo anticipado en abril, en plena ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán), pero elevó en cambio hasta el 3,4% (dos décimas más que hace tres meses) la de 2027. Ese efecto fuelle responde a dos variables contrapuestas. Por un lado, como ha quedado patente esta misma semana, pese a que el flujo de petróleo y de gas a través del estrecho de Ormuz ya se sitúa prácticamente a mitad de camino de donde estaba antes de la guerra, el conflicto sigue haciendo mella. Por otro, la pujanza inversora en sectores de nueva hornada –“el impulso acelerado del ciclo tecnológico mundial, gracias a los avances de la inteligencia artificial (IA)”, en palabras de los técnicos del Fondo- compensa esa ralentización e invita a pensar en un mayor dinamismo a medio y largo plazo.
La foto fija, sin embargo, difiere mucho entre geografías y grupos de países. Les va mejor a los exportadores de energía y a las economías “más integradas en las cadenas globales de valor de la tecnología”, y peor a los “importadores de materias primas peor posicionados para beneficiarse de la actividad relacionada con la IA”. Concuerda con esta visión Juan Carlos Moreno Brid, profesor de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y ex director adjunto de la Cepal, el brazo de la ONU para asuntos económicos en América Latina: “Es cierto que hay resiliencia si miramos a los promedios mundiales, pero también diferencias regionales muy grandes y al interior de los países: incluso el impulso en Europa por el rearme está obligando a una reasignación, a mi juicio desastrosa, de gasto social e inversión pública a gasto militar y subsidios a los combustibles fósiles. Y América Latina, aunque crezca un poco más, lo sigue haciendo muy por debajo de lo que realmente necesitamos”.
Hace 10 años, la periodista y escritora turca Ece Temelkuran (Esmirna, 53 años) le dijo a su madre la fatídica frase que ningún inmigrante quiere pronunciar: “Mamá, no voy a volver a casa”. Llamaba desde Zagreb y desde ese mismo momento sintió que se había convertido en una persona sin hogar. En 2016 abandonó Turquía, un país cada vez más autoritario, para poder vivir, escribir y pensar en paz. Durante todo este tiempo se ha visto abocada a moverse por distintos países europeos con la constante sensación de no pertenecer, de tener las raíces expuestas al aire frío de lo ajeno. Después de publicar Cómo perder un país y Juntos, Temelkuran ha escrito La nación de los extraños (los tres, editados por Anagrama), su libro más personal y en el que repasa el sentimiento de exilio, pero también advierte: esto también te puede pasar a ti, tú también puedes perder tu casa de un día para otro.
He estado embarazada cuatro veces pero solo he gestado un concebido no nacido. Mi primer embarazo se interrumpió con un aborto espontáneo y, según la ley de Ayuso, nunca llegó a ser un concebido no nacido, así que nunca hubiera generado derechos extraordinarios para mi familia. Después tuve dos embarazos a término, que tampoco hubieran gozado del nuevo pedigrí de embriones del PP. Mis hijas tuvieron además la mala suerte de nacer en el Madrid del PP, donde no hay escuelas infantiles públicas para todos y las privadas cuestan unos 600 euros al mes. Finalmente, tres embarazos y dos hijas después, engendré a mi primer embrión con derechos añadidos, lo que hoy sería un concebido no nacido. Este embarazo decidí interrumpirlo. Y como vivo en Madrid, donde la sanidad pública ha sido desmantelada por el Gobierno de Ayuso, tuve que pagar de mi bolsillo la intervención, a pesar de ser un derecho que todas las mujeres deberíamos poder ejercer libre y gratuitamente en las primeras 14 semanas de gestación.
En el CEIP Ramiro Solans de Zaragoza resulta difícil saber dónde termina la escuela y dónde empieza la comunidad. Mientras los niños entran en clase, varias madres magrebíes cruzan el patio para asistir a las clases de español. En otra sala, un grupo de profesoras jubiladas prepara el material con el que enseñan a leer y escribir a mujeres que nunca tuvieron esa oportunidad, ni siquiera en su país ni en su propio idioma. Y unas puertas más allá, las integrantes de Hilvana, el taller de costura alojado en el centro, empiezan la jornada alrededor de sus máquinas de coser. Todo sucede al mismo tiempo y nada parece ajeno a la vida del colegio.
¿Qué coste tiene la comida que llega cada día a nuestra mesa? Esa es la pregunta que guía Hasta que la tierra aguante, el proyecto del fotógrafo Santi Donaire, fruto de una investigación sobre los impactos ambientales, económicos y humanos del actual modelo de producción de alimentos en España.

No hay nada más desesperante que limpiar una tostadora. O, al menos, esos son los pensamientos que recorren mi mente cada vez que intento dejar la mía como nueva. Vacío la bandeja recogemigas, le doy unos golpecitos para que caigan los restos, paso un paño por fuera… Y, aun así, siempre quedan migas escondidas en el interior, como si hubieran encontrado en las resistencias un nuevo y atractivo hogar.














Para la Generación Z, Robbie Williams (Stoke-on-Trent, Inglaterra, 50 años) será siempre el hombre que se arranca la piel y los músculos en el controvertido vídeo de Rock DJ, un tema que llegó tres años después de que lanzara Angels, el single que consolidó su carrera en solitario. Para los mileniales, Williams va a ser siempre el miembro de Take That que dejó una de las boy bands más populares de la historia en su mejor momento. Él asegura que le “invitaron” a irse. En cualquier caso, su energía rock and roll y su adicción a las drogas y a la bebida no combinaban bien con una banda que triunfaba con canciones melosas, miradas tiernas y coreografías destinadas a desatar suspiros.

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La has visto en la playa, en la piscina y, cómo no, en TikTok. La gelatina bronceadora de Babaria es uno de esos productos que, cada verano, reaparecen en todas partes: en los vídeos de “imprescindibles para conseguir un moreno bonito”, en las bolsas de playa de amigas y en los neceseres de quienes quieren que su piel tenga ese brillo dorado desde el primer día.



