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No hay exámenes; tampoco apuntes ni clases al uso. Son las nueve de la mañana y en una sala de trabajo de TeamLabs, en Madrid, un grupo de veinteañeros discute sobre presupuestos, clientes y plazos de entrega. Uno revisa una hoja de cálculo; otra prepara una presentación para una empresa con la que llevan semanas trabajando. Al fondo, alguien plantea una duda: no sobre un temario, sino sobre cómo justificar una decisión de negocio que puede salir mal.
A un lado están las patronistas. Al otro, las costureras. Al fondo se sientan las técnicas. En femenino, porque de sus 70 empleados 63 son mujeres. Las paredes las recorren estanterías llenas de carpetas con figurines y rollos de tejidos. En las mesas se agolpan máquinas de coser, alfileteros, patrones cortados en papel y prototipos diseccionados en un estudio de costuras minucioso. En los talleres de Castor srl en Castellucchio, a 15 kilómetros de Mantua —uno de los vértices, junto con Verona y Brescia, del triángulo de la producción de moda del norte de Italia—, las creaciones de los diseñadores dejan el terreno de las ideas para materializarse en una realidad. “Me gusta decir que somos sus manos”, dice Angela Picozzi (Mantua, 51 años). “Interpretamos lo que tienen en la cabeza”.
Gorillaz empezó como un pasatiempo del líder de Blur, Damon Albarn (Londres, 57 años), y el ilustrador Jamie Hewlett (autor de la célebre serie de cómics Tank Girl, nacido en Gales tan solo 11 días después de Albarn). Fue en 1998, en pleno declive del britpop. Ambos compartían piso en Londres, establecieron una amistad entre artística y fiestera y decidieron crear un grupo de mentira cuyos integrantes fuesen unos personajes de dibujos animados.

El mundo necesita explicaciones: ¿por qué los servicios de internet de los que dependemos son cada vez peores, por qué están empeorando ahora y qué podemos hacer al respecto? La palabra mierdificación no solo responde a estas preguntas, sino que también nos sirve para denunciar de qué forma ha contribuido la UE, a pesar de que cuenta con los medios, los motivos y la oportunidad de dar la vuelta a la situación.

Lo confieso: antes de escribir la primera frase de este artículo, he revisado los mensajes electrónicos tres veces, he consultado otras tantas el pronóstico del tiempo, he leído las noticias… He procrastinado, como se dice técnicamente cuando no paramos de aplazar algo. Como consuelo, sé que no soy la única. Todos podemos procrastinar actividades puntuales que, aunque podamos disfrutarlas, también requieren cierto esfuerzo, como hacer deporte, mantener una conversación difícil, terminar un informe complicado o, sencillamente, ordenar un armario siempre olvidado. Solo el 20% de los adultos presenta este comportamiento de forma sistemática ante cualquier tarea que implique un mínimo esfuerzo, según el psicólogo Joseph Ferrari, una de las mayores autoridades en la materia. Lo verdaderamente creativo son las excusas con las que justificamos la decisión: mañana tendré más ganas, todavía no sé lo suficiente para ponerme con ello y funciono mejor bajo presión, entre otras. Sin embargo, la procrastinación esconde mucho más de lo que aparenta.
El 28 de febrero, Israel y Estados Unidos atacaron Irán. Unas horas después, Irán cortó internet en todo el país, hasta hoy. Pero ese día ocurrió también algo poco común: una estación de números empezó a emitir en farsi una serie de cifras. Eso es toda la emisión, que comienza con un aviso: “¡Atención!”. Y luego “dos, seis, nueve, cero, cuatro...”. Se repite varias veces al día en horarios fijos y se puede escuchar a miles de kilómetros. El origen de esa emisión en farsi, el idioma que se habla en Irán, parece ser el centro de Europa y el destino podría ser algún lugar dentro del país donde agentes u operativos tendrán un libro especial de códigos para convertir esos números en texto. Pero nadie confirma nada ni hay comunicados públicos sobre quién es o no es el emisor de este mensaje, adelantado por el Financial Times. A esta estación que emite la enigmática señal de número en farsi se la ha llamado V32.