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Tres décadas antes de que la prensa especializara se deshiciera en elogios cada vez que Zoë Kravitz y Harry Styles hacen acto de presencia, era el padre de la actriz, Lenny Kravitz, y su pareja de entonces, la también cantante y actriz Vanessa Paradis, quienes copaban los titulares por las mismas razones. Su capacidad para coordinar estilismos sin pretenderlo, su forma de representar lo cool sin buscarlo y una relación tan discreta que convertía cada una aparición conjunta en todo un acontecimiento hicieron de ellos una de las parejas más enigmáticas de la década de los años noventa. Ahora que la única hija del músico se ha comprometido con el cantante de Watermelon Sugar y que cada foto juntos es digna de autopsia estilística, resulta pertinente acercarse un poco más a la intimidad de una pareja relativamente fugaz —estuvieron juntos cinco años, desde 1992 a 1997— que, sin embargo, merece la pena recordar por motivos obvios: ambos eran famosos, guapos y ricos, pero su historia no logró sobrevivir a las exigencias de dos trayectorias, vitales y profesionales, que avanzaban a toda velocidad.
Viéndola recorrer el mundo para reunirse con líderes en Europa, con empresarios en California u ofrecer entrevistas en YouTube, muchos concluyen que María Corina Machado (Caracas, 58 años) es una bala perdida: una líder en suspenso, atrapada en un limbo que le impide regresar a Venezuela. Allá la espera la misión que se autoimpuso: llevar hasta el final la tarea de sacar del poder al régimen chavista. Según esa visión, cada día que pasa afuera es una ganancia para los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez, presidenta y presidente de la Asamblea Nacional, respectivamente, y el hombre fuerte Diosdado Cabello, y una deuda creciente con los millones de venezolanos que la esperan. Pero esa no es la impresión que ella transmite en persona.
No sabe dónde nació. No sabe en qué fecha nació. No sabe cuánto tiempo su madre la tuvo con ella. No sabe qué nombre querían darle. No sabe dónde pasó su madre el último año y medio de vida. No sabe dónde pasó su padre el último año y medio de vida. No sabe si al final sufrieron, no sabe si les dolió, no sabe si fue rápido. Sí sabe en qué situación estaban ambos cuando ella misma empezó a desaparecer. Eso es todo. No hay final. Ni triste ni feliz: no hay final.
“Para mi apropiadora tener una hija era como tener una muñeca. Ponerte zapatitos que me rompían los pies”
A los 10 años, llevaba una existencia clandestina. Pasaba las horas en el departamento de dos de sus vecinas
“Maru tenía un nivel de inteligencia superior. Estaba muy sola, se cuidaba a sí misma”, cuenta una amiga
Todos sus amigos viven lejos. Con todos implementó, en algún momento, periodos de mutismo sin explicaciones
“Nos presentaron. Ella es tu abuela, tu hermano, tus tías, cerraron la puerta y nos dejaron ahí”
“De mis padres sé cosas, pero no muchísimas. Igual lo que importa es lo que uno piensa, más allá de lo que te digan”
“Mis apropiadores no eran personas especialmente diabólicas. Lo hicieron mal y no trataron de enmendarlo”
“Siempre digo que tuvimos la suerte de conocernos, pero por ahí no somos tan compatibles”, confiesa Gustavo, su hermano
“Cuando terminó el juicio quedé agotada. Llegué con el último esfuerzo. Quise cortar con Buenos Aires”
“No conoció el amor, todo fue piña y piña, y hacha y hacha. Tiene una coraza así de gruesa. Pero está viva”, dice un amigo
El 14 de junio se cumple un siglo de una fecha que marcó la vida de Salvador Dalí (Figueres, Girona; 1904-1989): su segunda expulsión, a perpetuidad, de la Escuela Especial de Dibujo, Escultura y Grabado de la prestigiosa Real Academia de las Bellas Artes de San Fernando de Madrid. En un ambiente tan reglamentado se sentía incómodo y, quizás por ello, esta formación académica ha quedado opacada en la literatura científica. Dominan sus correrías esos años en Madrid ―los más felices de su vida, según él mismo contó― junto a Federico García Lorca, Maruja Mallo o Luis Buñuel, sus compañeros en la Residencia de Estudiantes y fuente recíproca de inspiración artística.
Ruth Benito
Fernando Anido
Inés Arcones
Brenda Valverde Rubio
Salvador Dalí y sus compañeros de estudio de la Escuela especial de pintura, escultura y grabado (Academia de San Fernando). 1922-1923. FUNDACIÓN GALA-SALVADOR DALÍ
Cuando en 2023 la revista Slate se preguntó si la estrella de Solo asesinatos en el edificio era un genio de la comedia o el actor más irritante del planeta, la respuesta no se hizo esperar. “Martin Short es un genio de la comedia. Fin de la historia”, publicó Ben Stiller en X. “Es difícil creer que la gente esté debatiendo si Martin Short es gracioso o no. Noticia de última hora: ¡Es HILARANTE!”, sentenció Mark Hamill. No fueron las únicas celebridades que se unieron a los seguidores del actor para responder a un artículo titulado “¿Por qué seguimos aguantando a Martin Short?”, en el que el crítico Dan Kois lo definía como “agotador y poco gracioso”.

En los tiempos del procés, se instaló el concepto de paradiplomacia o diplomacia paralela para explicar la estrategia de la Generalitat de Cataluña que, a través de organismos culturales o económicos, promocionaba internacionalmente el plan de independencia de Cataluña. Es de suponer que Isabel Díaz Ayuso no quiere romper España porque eso equivaldría a romper Madrid (“Madrid es España dentro de España”, dejó dicho), pero la presidenta juega a dinamitar la política exterior del Estado. Lo suyo es la diplomacia de la provocación, al más puro estilo Trump.

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Al ritmo en que ha crecido la población en los últimos años, la España de los 50 millones de habitantes puede ser una realidad en breve. El Instituto Nacional de Estadística (INE) desvelará cuándo cree que se alcanzará esa meta en sus proyecciones de población 2026-2076 el próximo mes de junio. Según el censo de 2025, España superó el año pasado los 49,1 millones de habitantes, pero los datos de la Estadística Continua de Población –que combina trimestralmente datos censales con estimaciones— sostienen que en abril España ya contaba con 49.687.120 habitantes. Ese aumento de población se ha producido en su totalidad gracias a la inmigración porque la tasa de natalidad se encuentra en mínimos históricos —la segunda más baja de toda Europa— y desde 2015 las defunciones superan con creces los nacimientos de madres residentes, lo que en la jerga se conoce como crecimiento vegetativo negativo. Si el ritmo de crecimiento de la población de los últimos años se mantiene —con un aumento anual en torno al medio millón de personas desde 2022—, la barrera de los 50 millones de habitantes se puede alcanzar a finales de este año o principios de 2027.