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La doctora en Filosofía Kate Manne (Australia, 1983), cuyo trabajo se centra en filosofía moral, social y feminista, ha querido desde niña ser más delgada. Confiesa que llegó un momento en el que entendió que lo que odiaba no era tanto su cuerpo, sino la forma en la que le hacía sentir vulnerable: ser menospreciada, ridiculizada y denigrada. “Sabía mejor que nadie que la respuesta al acoso y al abuso no es cambiar a las víctimas, sino dirigirse a quienes tengan la culpa y, en última instancia, cambiar el sistema”, escribe en Irreductibles. Cómo hacer frente a la gordofobia (Capitán Swing, 2026).
Cuatro décadas de trayectoria avalan a Suzanne Vega (Nueva York, Estados Unidos, 66 años), aunque sorprende ver que solo ha publicado 10 álbumes en estos 40 años. “De joven tuve una familia, dediqué mucho tiempo a criar a mi hija, y durante los últimos 10 años trabajé en el teatro, con un espectáculo basado en la vida de la escritora Carson McCullers. A finales de 2019 pensé que era hora de grabar un nuevo disco, y entonces llegó la covid”, afirma desde la habitación de un hotel en Francia. En la pantalla se la ve afable, con una camiseta de listas horizontales, su inconfundible flequillo rubio y unas gafas de pasta. El coronavirus es el tema que más sacará durante la charla: para explicar que su ciudad, Nueva York, ha cambiado a peor desde entonces; que llevó fatal los conciertos online durante el confinamiento y que ahora ya no firma discos después de cada actuación porque fue así como se contagió del virus dos veces. “Ahora lo hago antes”, afirma una artista a la que sigue encantando actuar en vivo. “Siempre he querido estar en un escenario desde niña, y siento que mi razón de existir es tocar para un público, pequeño o grande, da igual”.
La cita para esta entrevista, al principio, estaba fijada a mediados de febrero en un hotel de Berlín. La escritora Arundhati Roy (Shillong, India, 64 años) estaba invitada a la Berlinale, el festival de cine, con ocasión del estreno de la versión restaurada de In Which Annie Gives It Those Ones (en el que Annie la monta, sin traducir al español), un popular telefilme de 1989 cuyo guion ella escribió y en el que actuó. A última hora, y estando en París a punto de subirse al avión hacia Berlín, vio que, en una rueda de prensa el cineasta alemán Wim Wenders, presidente del jurado, y otros miembros del cónclave eludían las preguntas sobre Israel y Gaza. “Me sorprendió que personas tan inteligentes tuviesen miedo de decir cualquier cosa sobre Gaza”, recuerda Roy. Y anuló el viaje y la entrevista.
El fondo soberano de Noruega es el mayor referente mundial en inversión responsable. Un comité ético independiente —formado por cinco personas— estudia qué empresas cotizadas no cumplen con los estándares medioambientales o de respeto a los derechos humanos, fijados por el Parlamento para que el fondo pueda invertir en ellas. En la lista actual de exclusiones hay 206 compañías. Entre ellas, la española Prosegur. La decisión del comité de recomendar la desinversión en 11 empresas israelíes y una de EE UU, por su papel en la invasión de Gaza, provocó una pequeña crisis diplomática en septiembre, con algunos senadores norteamericanos pidiendo la retirada de visados para los trabajadores del fondo en Nueva York.
Alta es una ciudad noruega de 20.000 habitantes situada en una esquina del mundo. A 1.800 kilómetros por carretera al norte de Oslo. Es enero y en la calle hace 17 grados bajo cero. Mina Steen (20 años) es profesora de una clase de niños de 12 años y jugadora de balonmano. Hoy les va a hablar del fondo soberano de Noruega. El más poderoso del mundo. El artífice de convertir el petróleo del Mar del Norte en un tesoro con maldición propia. Un complejo engranaje institucional cuyas decisiones se escrutan desde Washington a Tel Aviv. Sofisticación financiera e inteligencia artificial al servicio del pueblo. Si los viejos sabios medievales querían transmutar el plomo en oro, los modernos noruegos han logrado transformar en riqueza los átomos de carbono e hidrógeno enterrados bajo el mar. Pura alquimia del siglo XXI.
