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Desde hace algo más de dos años separo siempre los restos de comida del resto de la basura: en la localidad donde vivo existe un programa municipal de procesamiento de residuos orgánicos para crear compost, que se reparte entre todas las personas que colaboran en su elaboración.
El 1 de abril de 1956, el próximo miércoles hace 70 años, un grupo de universitarios hizo un llamamiento a la oposición al franquismo. No era un manifiesto normal de “los abajo firmantes”. En él aparece por primera vez un sujeto colectivo que se autoidentifica como “nosotros, hijos de los vencedores y de los vencidos”. Esa fue la novedad y la sustancia del documento que, entre otras cosas, decía, tal y como refleja el historiador Santos Juliá en Nosotros, los abajo firmantes (Galaxia Gutenberg, 2014): “En este día, aniversario de una victoria militar que, sin embargo, no ha resuelto ninguno de los problemas que obstaculizaban el desarrollo material y cultural de nuestra patria, los universitarios madrileños nos dirigimos nuevamente a nuestros compañeros de toda España y a la opinión pública. Y lo hacemos precisamente en esta fecha —nosotros, hijos de los vencedores y de los vencidos— porque es el día fundacional de un régimen que no ha sido capaz de integrarnos en una tradición auténtica, de proyectarnos a un porvenir común, de reconciliarnos con España y con nosotros mismos”.
Sería absurdo, además de falso, considerar que los detenidos por los sucesos de febrero de 1956 y los autores y primeros firmantes del Manifiesto del 1 de abril eran demócratas partidarios de una monarquía constitucional como la que ahora vivimos, y que por ella lucharon y sufrieron persecución, cárcel o torturas. El mismo mito ha formado parte de algunas de las historias escritas u orales sobre los protagonistas de la Transición. La realidad es que la mayoría de los estudiantes organizados redujeron poco a poco sus aspiraciones y convirtieron sus programas de máximos en programas de mínimos: ingresar en la comunidad europea, lo que significaba el desarrollo de todas las libertades y de un Estado de bienestar universal desconocido en otras partes del mundo. Esa ha sido su última utopía factible.
Lo resume Pradera de este modo tan directo: nuestro modelo era la democracia, pero no la representativa sino la revolucionaria; nuestro panteón no lo formaba la revolución americana, sino la francesa, las europeas de 1948, la Comuna de París, la revolución rusa de 1905 o la de Octubre de 1917. Nuestras lecturas no eran Locke o Montesquieu, Jefferson o Madison, Aron o Tocqueville, sino Rousseau, los jacobinos, Marx, Engels, Lenin, Rosa Luxemburgo, Sartre o Fanon; nos movilizaban la descolonización, la guerrilla urbana, Argelia, Cuba, Vietnam, el movimiento de los derechos civiles y de los panteras negras. Nuestros temas de conversación no eran la separación de poderes, el imperio de la ley, los sistemas electorales, la independencia del poder judicial, la alternancia en el poder o la protección de las minorías, sino el derrumbamiento del capitalismo, la vía parlamentaria de acceso al socialismo de Salvador Allende, los debates de la II y III Internacional, la conversión del valor de uso en valor de cambio, etcétera.
De este abigarrado mobiliario ideológico, cualquier proyecto político que no diese por supuesto el restablecimiento de la República, un breve proceso de transición hacia una economía planificada y las instituciones de una democracia popular carecía de hueco.
La Transición fue un milagro.
Pocos son los inquilinos que no han tenido que pasar en algún momento de su vida por el filtro de un estudio de solvencia económica de una empresa de alquiler garantizado o por el escrutinio de un seguro de impago. Estas dos herramientas se han convertido en las mejores aliadas para los propietarios que arriendan sus viviendas.
“Desde Eva ninguna manzana había representado una tentación tan grande”. La célebre frase atribuida a un periodista de The Wall Street Journal con motivo de la salida a Bolsa de Apple Computers en 1980 sigue vigente hoy en día, cuando la compañía fundada por Steve Jobs y Steve Wozniak el 1 de abril de 1976 en el garaje de sus padres en California está a punto de cumplir 50 años en perfecto estado de salud financiero, pero con múltiples retos por delante que auguran un futuro complejo.

Me interesa la gramática del sujeto político”, dice el filósofo Antonio Gómez Villar (Coín, Málaga, 40 años) cuando, en la cafetería Nubel del museo Reina Sofía de Madrid, se le pide un hilo conductor en su obra. Profesor de Filosofía en la Universidad de Barcelona y codirector del festival de filosofía Barcelona Pensa, empezó con una tesis sobre el posoperaísmo italiano (con autores como Toni Negri o Franco Bifo Berardi): le interesaba su forma de conceptualizar la precariedad en el presente. Eso le llevó a seguir con estudios sobre el significado de la precariedad. Coincidiendo con su participación en Podemos y Barcelona en Comú se acercó al concepto de populismo, de donde sale Ernesto Laclau y Chantal Mouffe: populismo y hegemonía (Gedisa, 2021).