Home Investigacion en Intelligencia Artificial y Desarrollo de Algoritmos Desarrollo de Energia Nuclear y Avances en Fisica Nuclear Innovacion en Tecnología de Vanguardia
La traducción al inglés de Así en la tierra como debajo de la tierra, de la brasileña Ana Paula Maia (Nueva Iguazú, 1977) ha hecho que compita por el International Booker Prize de este año. Ello ha llevado que aterrice en España también por estas fechas saltándose la obligación de la novedad cronológica, ya que se trata de una novela escrita y publicada originalmente en 2017. La obra de esta escritora y guionista se ha vertido en nuestro idioma gracias a editoriales como Jus y Siruela, hasta que se ha hecho hueco de forma regular en el siempre excitante catálogo de Eterna Cadencia.


El historiador y filósofo israelí Yuval Noah Harari, de 50 años, experto en analizar la humanidad como un todo, sus constantes y, sobre todo, sus peligros, espera a EL PAÍS a mediodía en un coqueto y silencioso hotel escondido en el bonito barrio lisboeta de Lapa. El famoso autor de Sapiens, Homo Deus o Nexus, todos publicados por Debate en España, que ha vendido más de 50 millones de ejemplares, acaba de pedir un té, viste una camisa estampada y alegre y está sentado en una galería luminosa que da al majestuoso estuario del Tajo. Al fondo, el azul restallante del río que es casi ya el mar. La atmósfera es bellísima y en calma. Nada parece amenazar la quietud de esta mañana. Y sin embargo…



Manuela Hernández trabaja limpiando edificios, una tarea que desarrolla cada día “con mucho dolor”. Entre otras dolencias, sufre tendinitis y rizartrosis, el desgaste de un cartílago de la mano. “Me duele mucho con casi todos los movimientos de mi trabajo, hasta para coger la fregona. También tengo problemas en el hombro. He llegado a ir con el brazo en cabestrillo y quitármelo para trabajar”, cuenta esta vallisoletana, que atiende a EL PAÍS junto a su marido, trabajador de la construcción. “Tiene 63 años, vértigos, problemas de cadera y le están pidiendo que suba al andamio”. Cuando se pregunta a Manuela por qué no está de baja para recuperarse, contesta: “Tengo 60 años. Imagínate que me echan a la calle, ¿qué hago? Me enfada y me frustra trabajar con dolor, pero me da miedo el despido“.


Ormuz no llevaba ni tres semanas cerrado cuando, a mediados de marzo, la Agencia Internacional de la Energía (AIE) encendía todas las alarmas con un informe demoledor: la guerra, decía, ya había provocado “la mayor disrupción de oferta de la historia del mercado petrolero”. Unos 15 millones de barriles de crudo y otros cinco de productos refinados se habían volatilizado, un escenario de terror. La crisis energética estaba servida. En abril, con el estrecho aún clausurado, la alerta tomaba un cariz aún más dramático: Europa, advertía el brazo sectorial de la OCDE, solo tenía queroseno para seis semanas.
“¡Eppur si muove!”, decía Galileo Galilei: y, sin embargo, se mueve. Primero fue la invasión rusa de Ucrania, en 2022, que disparó el precio del gas, el petróleo y la electricidad cuando el mundo apenas levantaba aún la cabeza tras la pandemia. Pocos creyeron que sería posible esquivar la recesión mundial, pero se logró. Después llegó el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca y su apuesta por imponer aranceles a diestro y siniestro. Los temores se dispararon de nuevo, pero el desplome económico no llegó. En esas, el propio Trump —de la mano de su amigo y homólogo israelí Benjamín Netanyahu— declaró la guerra a Irán y el desaguisado terminó con el estrecho de Ormuz cerrado. No había precedentes de algo así: la quinta parte del petróleo y el gas licuado que engulle un mundo aún adicto quedaba automáticamente fuera de juego. Y, sin embargo, los tambores de recesión volvieron a quedar en lejana melodía.
El FMI rebajó el miércoles marginalmente su previsión de crecimiento para la economía mundial para este año (del 3%, una décima menos de lo anticipado en abril, en plena ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán), pero elevó en cambio hasta el 3,4% (dos décimas más que hace tres meses) la de 2027. Ese efecto fuelle responde a dos variables contrapuestas. Por un lado, como ha quedado patente esta misma semana, pese a que el flujo de petróleo y de gas a través del estrecho de Ormuz ya se sitúa prácticamente a mitad de camino de donde estaba antes de la guerra, el conflicto sigue haciendo mella. Por otro, la pujanza inversora en sectores de nueva hornada –“el impulso acelerado del ciclo tecnológico mundial, gracias a los avances de la inteligencia artificial (IA)”, en palabras de los técnicos del Fondo- compensa esa ralentización e invita a pensar en un mayor dinamismo a medio y largo plazo.
La foto fija, sin embargo, difiere mucho entre geografías y grupos de países. Les va mejor a los exportadores de energía y a las economías “más integradas en las cadenas globales de valor de la tecnología”, y peor a los “importadores de materias primas peor posicionados para beneficiarse de la actividad relacionada con la IA”. Concuerda con esta visión Juan Carlos Moreno Brid, profesor de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y ex director adjunto de la Cepal, el brazo de la ONU para asuntos económicos en América Latina: “Es cierto que hay resiliencia si miramos a los promedios mundiales, pero también diferencias regionales muy grandes y al interior de los países: incluso el impulso en Europa por el rearme está obligando a una reasignación, a mi juicio desastrosa, de gasto social e inversión pública a gasto militar y subsidios a los combustibles fósiles. Y América Latina, aunque crezca un poco más, lo sigue haciendo muy por debajo de lo que realmente necesitamos”.
Los bebés de diseño, modificados genéticamente para que presenten características deseables en materia de salud, aspecto físico e inteligencia, hoy están al alcance de la mano gracias a las tecnologías existentes, una perspectiva que plantea cuestiones sociales y éticas de gran alcance, muy similares a las asociadas a los avances de la IA. La diferencia es que es que las instituciones necesarias para abrir una vía ética a la edición genética resultan, en teoría, más fáciles de imaginar que las que harían falta en el ámbito de la inteligencia artificial.
Dice Brigitte Vasallo (Barcelona, 58 años) que la violencia familiar y la violencia política operan de formas más similares de lo que creemos. “Y el silencio no llega después, forma parte de la violencia en sí”, advierte. De lo que no se habla es de lo que investiga en La fosa abierta. Anarchivo emocional de un milagro económico (Anagrama), donde trenza la construcción cultural del campesinado durante del mal llamado milagro económico franquista con la falta de archivo familiar en una casa marcada por la violencia de género y la migración. Su madre se fue de una aldea gallega para trabajar como interna en una casa señorial del distrito XVI de París. Su teoría sostiene que, en el desarrollismo, los que salieron de sus pueblos a las capitales no solo se vieron condenados a demostrar ejemplaridad y utilidad al régimen, también fueron disciplinados en el autodesprecio, viéndose como eternos sujetos subalternos frente al ideal de progreso de la urbe.

Una de las pocas cosas que tengo claras en esta vida es que no soy lo que se dice una morning person. Es más, puestos a identificarme con algo, me siento más representada por un koala. ¿Sabías que duermen entre dieciocho y veintidós horas al día? Y, a diferencia de mí cuando suena la alarma del móvil, no parece que estas encantadoras y dormilonas criaturillas empiecen el día sobresaltadas. Todo lo contrario. Pasan buena parte de su vida adormecidas entre las ramas de los árboles, mecidas por los sonidos de la naturaleza y el ritmo de la luz solar.


